La bendición del Padre

Es ya un lugar común decir que vivimos una crisis de paternidad, que estamos presenciando el crecimiento de una generación sin padres. El H. Xavier Gutiérrez, en uno de los vídeos de “Hablando en Cristiano”, nos describía al papá posmoderno como “ese que fue un día a comprar cigarrillos a la tienda y nunca regresó. Y lo seguimos esperando, desde 1968…”.

Debe haber pocas series que muestren esta carencia de un modo más corrosivo y brutal – y cómico a la vez- que “Bojack Horseman”, que narra la desastrosa vida de un antihéroe poco usual: un actor acabado, una vieja gloria de las sitcoms de los 90’s, que es todavía incapaz de emprender ningún proyecto duradero ni ninguna relación estable; un tipo incapaz de tomar las riendas de su vida. By the way, resulta ser un caballo (sí, el animal). A medida que los episodios y temporadas avanzan, la historia va ahondando en su pasado, y en las raíces familiares de su desestructurada personalidad. En una reveladora conversación telefónica con su madre (click para ver la escena), ésta le dice:

-I know you wanna be happy, but you won’t be, and– – I’m sorry.

– What?

– It’s not just you, you know. Your father and I, we– Well, you come by it honestly, the ugliness inside you. You were born broken, that’s your birthright. And now, you can fill your life with projects, your books, and your movies, and your little girlfriends, but it won’t make you whole. You’re BoJack Horseman. There’s no cure for that.

Aunque sea vía negativa, esto nos dice algo de la importancia de los padres para el niño. Porque el cachorro humano necesita, sí, pan…pero, quizás mucho más, necesita ese amor incondicional que confirma en la propia identidad, que confirma en el propio valor como persona. Necesita la bendición del padre.

Bendición que queda simbolizada y ritualizada en esa tradición por la que los padres daban la bendición a sus hijos antes de mandarlos a dormir, o antes de salir de viaje. Bendición que es desear el bien al otro, pero que es algo más. Porque desear el bien al otro, por simpático que resulte, no deja de ser un sentimiento vago, nebuloso, ineficaz. La bendición paterna tiene algo de eco de la bendición primordial que Dios dio a Adán y a Eva, entregándoles fuerza, fecundidad, y el dominio sobre todo lo creado: confirmándoles en su bondad radical como imagen de Dios. Si Juan Pablo II decía que el matrimonio, antes ya de la época cristiana, era como un “sacramento natural”, portador de una gracia especial de Dios, otro tanto podríamos decir quizá de esa bendición que pasa de padres a hijos, y que va jalonando el Antiguo Testamento: de Abraham a Isaac, de Isaac a Jacob, de Jacob a sus hijos…y más tarde, de los sacerdotes de Israel al pueblo, con esa fórmula que popularizaría más tarde San Francisco de Asís:

“El Señor te bendiga y te guarde; te muestre su faz y tenga misericordia de ti. Vuelva su rostro a ti y te dé la paz”

Pero, ¿en qué consiste esta bendición? Si la bendición de Dios es eficaz, ¿cuál es su efecto?

En primer lugar y de modo central, habría que decir que esa bendición supone recibir el amor infinito de Dios por cada uno de nosotros; experimentar las oleadas de su amor en la playa de nuestra alma. El anhelo más profundo del ser humano, que es amar infinitamente, no puede ser realizado si no se recibe primero ese amor incondicional, infinito, ilimitado. Sin ese amor, como decía Juan Pablo II, el hombre no sabe ni siquiera quién es, permanece para sí mismo un ser incomprensible. Duda de su valía y se atormenta con mil angustias, sin llegar a entender ni experimentar su realidad de hijo amado. Ese amor, por tanto, nos confirma en nuestra identidad.

Pero nuestra identidad, como hemos dicho en otras ocasiones, no es un dato estático, sino un llegar a ser lo que estamos llamados a ser. Y, en este camino, ese amor es una fuerza transformante. “Tú haces que yo quiera ser mejor persona” le decía Jack Nicholson a Helen en “Mejor, imposible”. Cuando estamos enamorados, algo se despierta en nosotros que nos llama a crecernos, a luchar, a levantarnos y a merecer ser dignos del amor de esa persona. En el caso del amor de Dios, esa fuerza no es sólo una motivación extrínseca –que quedaría fuera de nosotros- sino una energía divina en nuestra alma, que nos transforma, permitiéndonos amar con el corazón de Dios, y haciéndonos entrar en su vida: convirtiéndonos en dioses. Un amor y una energía que no son una fuerza anónima, sino una persona: el Espíritu Santo. Lo que los católicos llamamos “vivir en gracia” no equivale simplemente a “estar en regla” (= no haberla liado demasiado / haberse confesado recientemente), sino a la presencia en nosotros de ese Espíritu que nos diviniza.

Bendición divina, pues, que es amor, que nos da identidad, que supone una fuerza transformante, que equivale, a fin de cuentas, al Espíritu Santo, amor de Dios derramado en nuestras almas, por el que Cristo vive en nosotros y grita “¡Padre!”. Por ello, no es raro que el gesto utilizado en la Iglesia para comunicar el Espíritu sea el mismo de la bendición paterna, la imposición de las manos.

Naturalmente, esta bendición paterno-filial es sólo una imagen, un signo de esa bendición primera de Dios. Y como tal, una imagen que puede ser oscurecida y desfigurada…que es, precisamente, de lo que estábamos hablando al principio. Tras la caída de Adán y Eva, esa corriente de bendición divina quedó cortada, y sólo la recibían pocos hombres, parcialmente, de modo incompleto. ¿Por qué la perdimos? Queda el tema para otro día. Baste decir de momento que las manos de Dios siempre han estado allí para bendecir: el problema ha sido del hombre, que, como Esaú, no estaba allí para recibirla; prefirió buscar la felicidad por su cuenta, autorrealizarse, “auto-bendecirse”: vender la bendición por un plato de lentejas. En resumen: no querer depender de otro, no querer recibir la vida de otro. Querer ser fuente de sí mismo. En todo caso, la Encarnación, Muerte y Resurrección de Cristo han hecho posible la reaparición de esa bendición de Dios Padre en el universo, y podemos acceder a ella a través de la oración y de los sacramentos. Y en una sociedad cada vez más herida, es más urgente que nunca invitar a los hombres a volver la mirada hacia el Padre, fuente de toda bendición, dispuesto a sanar, elevar y transfigurar a todos esos hijos pródigos golpeados por la vida. Ya que, como les recordaba San Pedro a todos los cristianos en su primera carta,

“…vuestra vocación mira a eso: a heredar una bendición”

 

 

(“El regreso del Hijo Pródigo”, de Rembrandt. En la portada, “Isaac blessing Jacob”, de Richard McBee)

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