La auténtica libertad del “animal polyticus” dentro de la propia vocación responsable a la trascendencia política

I.INTRODUCCION:

Como bien señala De Finance, “el hombre es un ciudadano de dos mundos: el material y el espiritual”. Esta afirmación nos permite entrever el importante papel del hombre concerniente a su inserción participativa en la vida pública. Porque, cuando hablamos de política, se puede caer en el error miope de encasillar la vida política del hombre a la reducción de realidades como votación, candidatos, intereses, partidos, ideologías, sistemas, mejorías económicas, etc. Nunca es tarde para decir al hombre de hoy que su participación política entraña una dimensión trascendente en la participación dinámica y concreta de la vida de la polis.

Pero si todo hombre es político por naturaleza- como afirma el Estagirita- la problemática que este artículo quiere afrontar, no de manera exhaustiva, es la concepción de libertad humana delante de la responsabilidad de su propia vocación natural a la participación en todo lo que concierne la vida en comunidad. La palabra candente de libertad ha sido en la historia de la humanidad, especialmente del último siglo, la espada de doble filo en occidente, que a veces ha servido para la realización de grandes políticas democráticas, y otras para poner la conciencia humana entre la pared, invitándola a repensar el don de su libertad.

Sin caer en un pesimismo existencial, hay que admitir que a cada decisión libre y razonable que un ser humano emprende es solamente el comienzo de la plenitud política de un ser que no fue creado sólo para esta tierra, sino para la realidad del más allá de las conjeturas de este mundo. Como si esperásemos que subiesen al proscenio el significado concreto de ser realmente libre, basta abrir las cortinas de la historia. Cuando se asomen un Mahatma Gandhi, un Abrahán Lincoln, un Marthin Luther King, un Lech Walesa, una Madre Teresa de Calcuta o incluso un san Juan Pablo II, despertará en nuestro interior el sentido de ser libres y la responsabilidad de llevar dicha libertad a buen término.

Ha llegado la hora de abrir nuestros ojos críticos para dejar escapar delante de este escenario el aplauso interminable de quien, entusiasmado por la verdadera libertad, camina hacia la felicidad última entre los cambios sociales y políticos que ofrece esta vida aquí abajo.

II.DESARROLLO:

  1. ¿Qué significa libertad dentro de la vocación política responsable?

Cuando el hombre se empeña en la vida social la gran búsqueda que entra en juego en toda decisión pensada y libre es la cuestión de la verdad. El hombre a cada paso libre que da lo que busca es la verdad. Pues en esto es consciente en lo profundo de su ser que no puede ser mentira que “la verdad os hará libres”. La gran preocupación de Ratzinger, como gran defensor de la verdad de nuestro tiempo, va ligada también al concepto de libertad que desemboca en tantos campos de la vida humana y a tantos no los han dejado indiferentes. Si a la cuestión de la verdad sigue la libertad es algo inteligible que, ante la indiferencia egoísta de Pilato, la pregunta de toda la humanidad saliese a flote en los labios del procurado romano: “¿Qué es la verdad?” (1).

Y como si el análisis de la cuestión no pudiese volcarse sobre otra cosa, la fuerza de la verdad busca el apoyo en algo que es más profundo, hasta que Pilato se siente seguro, con poder para soltar a Cristo o para condenarlo. En definitiva, Pilato no tenía ningún poder sobre Él que no le fuese dado de lo alto. Libertad. La Verdad sabe de dónde viene, para qué viene, y a donde va, por tanto, es libre. La libertad no consiste en hacer lo que nos da la gana, sino actuar a la luz de una verdad duradera. Si Sartre hubiese tomado una cierta distancia del panorama de su propia vida y de su actuar, quizás no hubiese decidido colaborar en al aborto de su propio hijo. Queriendo demonstrar la libertad de la fuerza sobre la fuerza de la verdadera libertad, se atrevió a prescindir de Dios y a ver más allá de esta realidad aquí y ahora. Confió en la absurda nada. Su acto no fue indiferente como tantos no lo son. La postura filosófica de Sartre repercutió fuertemente en occidente. Si el hombre no tiene naturaleza, sino únicamente libertad, ahora tiene que tomar alguna dirección, sabiendo que camina hacia el vacío. ¿Qué tipo de humanismo nos propuso Sartre? Hay que repensarlo a la luz de sus propias consecuencias.

Plantear la cuestión de la libertad hoy es despertar el león que duerme dentro de todo hombre. Es fácil pensar que somos libres cuando tocamos temas agudos como la libertad de expresión, el imponer mis ideas políticas, mi visión parcial de una realidad más amplia, o seguir las corrientes de la moda, del consumismo, del materialismo, de la libertad de elegir el propio sexo, o que esta vida no tiene un sentido en sí y por tanto vivimos y actuamos dentro de aquella famosa expresión “ut si Deus non daretur”. Evidentemente que las deviaciones del concepto de libertad aparecen con facilidad en panorama de todos los pueblos y de tantas políticas actuales. Sin embargo, como no queremos apuntar con nuestro dedo inquisidor los males que acosan la auténtica libertad humana, ¿debemos ponernos una venda en los ojos y fingir que todo va bien? Ya que, quizá, si tocásemos las heridas de tantas ideologías que deforman la belleza de la libertad nos tacharían de anticuados, molestos, aguafiestas, profetas de desastres.

Por ello, ¿desde cual cima este trabajo puede ofrecer al hombre el auténtico concepto de libertad política? Desde la cima de una metafísica que trascienda cada decisión libre y consciente del hombre. La política sirve al bien integral de la persona y no al revés. En este sentido, no se puede ofrecer al hombre una oportunidad para crecer y madurar dentro de la cornisa de su actuación política, si los interlocutores racionales no están dispuestos al diálogo abierto y sincero y si no tienen como prioridad la persona como imago Dei al considerar todas sus dimensiones existenciales. Cuando la persona no es considerada la base de cualquier empeño político, se pierde el horizonte en donde se pueda visualizar el papel de la libertad en el dinamismo de la acción tanto individual como personal (2).

La libertad en un tiempo fue un sueño para tantos hombres, en otros tiempos se convirtió en una quimera. Desde la esclavitud o el racismo que truncaba la participación de los hombres de color en los Estados Unidos hasta las democracias maquilladas de libertad y de esperanzas de futuro de países hodiernos. Sueño y quimera. En el fondo, nuestra preocupación no es que el ser humano sea libre, sino que llegue a la verdad por medio de una auténtica libertad que favorezca su camino existencial.

La preocupación antropológica engloba la historia de todos los pueblos y todas las etapas de su desarrollo. Pues el hombre, sea cristiano, judío o musulmán, sea del norte o del sur, sea joven, anciano, pobre o rico, está llamado a hacerse hombre y a realizarlo con la conciencia y la responsabilidad de quien asimila “que nada de lo humano nos debe parecer ajeno” (Terencio). La indiferencia es una puerta cerrada a un universo de posibilidades de mejoras, capaces de poner en acción la inteligencia y la voluntad de un hombre con amplias potencialidades.

Ser libre implica una vocación en la responsabilidad. Si nada de lo humano en sociedad nos es indiferente, ahora se puede dar el paso de una hermenéutica política más adecuada y basada en voluntad que busca el bien y una razón que busca la verdad. El egoísmo político no tiene cabida en la dimensión humana. El reto es siempre descubrir la profunda verdad que nos hace libres y permite que otros individuos actúen en libertad, que no es actuar en libertinaje, sino a la luz de la razón. Libertad que implica la fuerza del “ser” sobre el “tener” como decía san Juan Pablo II en la Sollicitudo rei socialis.

La felicidad que engloba el proceso de la libertad nunca se base en los bienes materiales que uno pueda sacar del esfuerzo personal o comunitario. La verdadera libertad ve el bien ajeno como algo propio- dirán que esto es cristianismo, ¡qué bien que lo es!- porque aquí se encarna el gran ideal político del corazón humano en búsqueda del bien, capaz de buscar el bien común desde una vista más alta. No aferrándose a los propios intereses políticos egoístas, sino en la convergencia antropológica de la verdad última de la existencia con el camino emprendedor de quien no sólo es libre, sino que debe realizar su libertad.

Buscar la verdad en la dinámica de la auténtica libertad implica un humanismo despierto a la sensibilidad no sólo de derechos en sociedad, sino también de deberes. No soy más libre cuando no tengo deberes. Tampoco mis derechos ensanchan el horizonte de mi libertad. Lo que es razonable es que en la vida política responsable descubro que hay una intrínseca relación entre el límite de mis derechos y el horizonte de mis deberes que se van revelando en la acción. Se trata del hombre que soy y del hombre que quiero ser, con los ojos puestos en este foco que alumbra toda la vida: ¿Cuál es mi destino? Ciertamente esta es una pregunta filosófica, pero al mismo tiempo tan humana que es coherente plantearla en el contexto de lo que pueda significar profundamente una auténtica libertad.

  1. ¿Es posible una libertad auténtica trascendente en la política de nuestro tiempo?

Verdad. Libertad. Destino. Estas palabras esenciales enfocadas en el valor antropológico de la vocación humana en sociedad encierran algo que sea, desde luego, factible. No podemos emanciparnos de las ideas como si estas fuesen la solución definitiva de los retos que el empeño político conlleva. La conexión entre el mundo ideal platónico y el mundo concreto hic et nunc debe despertar en el hombre una pregunta muy importante: ¿es posible? El esquema propuesto por los filósofos modernos no sirve para abrazar razonablemente el valor intrínseco de libertad en la verdad como vocación responsable del hombre. Kant, cuando sostiene la primacía de la autonomía de la razón y la precedencia de conceptos categóricos a priori de frente a la realidad concreta, impone que el hombre cumpla el deber por el deber. Cierra el acceso metafísico de la acción y- casi a la Descartes- también el acceso del ser de la cosa. ¿Dónde fundamos entonces la trascendencia de la libertad del individuo político que ansía la verdad?

La filosofía nunca ofrecerá todas las respuestas a las inquietudes trascendentes y últimas del hombre, pero le ofrecerá un abanico de preguntas para que piense por sí sólo y llegue en la verdad al conocimiento pleno de su libertad. La filosofía despierta el pensamiento crítico del hombre que tantas veces el mundo cibernético de hoy no lo hace, sino que ofrece ideas que sobran dentro del cuadro de necesidades esenciales de la existencia. Quizás hoy no sabemos que significa ser libres porque en innúmeras ocasiones en sistemas coactivos como, por ejemplo, el universo de la tecnología que, no se nos proponen preguntas fundamentales, sino se nos ofrecen a menudo un montón de respuestas que no pedimos y no necesitamos.

En esto se entiende le valor personalista de la filosofía de Maritain. Su metafísica de la persona versa en la integración de todos principios tomistas perenes de la filosofía con la realidad concreta del hombre en sociedad. Por ello, su legado alcanza incluso el mundo pedagógico de nuestros días y como si fuese poco el influjo de Maritain llega a tocar las fibras mismas del Concilio Vaticano II, cuando Pablo VI deja en manos de un laico la aportación filosófica a los textos extraídos de las reflexiones conciliares. No es extraño que la misma Iglesia se preocupe del hombre en su integralidad, en lo concerniente al bien común y su destino último en sociedad (véase los textos de la Gaudium et Spes, donde se refleja el pensamiento de Maritain en algunas partes como el bien común). Para Maritain la preocupación es que, delante de un avance veloz de las ciencias y de la técnica, el hombre sea capaz de detenerse en el camino y preguntarse: ¿Quién soy yo? ¿Adónde voy? ¿De dónde vengo? ¿Para que soy libre? ¿Que busco? Contrariamente a la oferta barata de respuestas rápidas del universo cibernético, el humanismo verdadero conlleva el re-pensamiento del ser y del obrar humanos en sociedad.

El desarrollo frenético del mundo de las comunicaciones, el esfuerzo continuo de la Iglesia por favorecer al hombre en toda su estructura material y espiritual, y las preguntas filosóficas que permean la vida de cada hombre en sociedad no son instancias separadas, sino interrelacionadas. El fin del hombre no es la libertad, sino el fin del hombre es el hombre mismo creado a la imagen y semejanza de Dios. Puede parecer instancias muy distintas, cuando en realidad todas ellas miran al crecimiento de cada hombre llamado a la plenitud de su vocación política.

En definitiva, una libertad auténtica trascendente es posible a medida en que en el orden político prevalezca el esfuerzo coherente por buscar la verdad. Es posible cuando la mirada de todo hombre está centrada en un bien que no es abarcado por ningún otro interés, sino que es ese bien que eleva toda la realidad de aquí abajo a un nivel que no es natural, sino sobrenatural. Es posible cuando reina el diálogo, pero el diálogo tantas veces cuesta porque nos puede preocupar más lo que queremos decir que escuchar con atención lo que el interlocutor racional nos quiere transmitir. También en la dinámica del diálogo se aprende la pedagogía de la libertad, que tantas veces implica renuncia. Pensemos en la dificultad de negociar en la vida social. Toda negociación de paz, de acuerdos, de colaboración, de diálogo, siempre uno tiene que perder algo. Esto lo recordaba el Papa Francisco en un encuentro con el mundo empresarial. Recordaba a un amigo suyo que decía precisamente esto: “si tú vas a la mesa de negociación, prepárate, tendrás que renunciar algo para obtener un bien superior. Lo contrario sería no anhelar un verdadero acuerdo”. A veces la libertad implica también la privación y el sacrificio en vista de un bien mayor.

Una vez más, ser libre es hacer la verdad con la esperanza de obtener un bien que abarque a todos. En el mundo siempre habrá tensiones, diferencias y distancias. Sin embargo, si de repente el conflicto o las diferencias no se integran por un bien mayor en la libertad racional del diálogo, viendo una esperanza más fuerte que las conjeturas que la relación misma prodiga, es imposible que los espíritus libres se atrevan a alzar la voz por la verdad.

Todos sabemos que la Gran Guerra de los albores del siglo pasado fue una catástrofe “cocinada a fuego lento”. Las potencias no se ponían de acuerdo. Hubo algunos que intentaron frenar el desastre. Menciono aquí solamente al diplomata brasileño en Europa, Ruy Caytano Barbosa de Oliveira. Para intentar frenar la furia de las potencias europeas la voz de ese hombrecillo se alzó en Haya con esta frase lapidaria: “para promover la paz ha llegado la hora de hacer prevalecer la fuerza del derecho contra el derecho de la fuerza”. La guerra podía haber estallado en 1907 y gracias a figuras políticas como esta, de alguna manera, la razón encontró espacio en las conciencias de los poderosos. Pero no por mucho tiempo.

Ciertamente el pecado, el ofuscamiento de la razón o la debilidad de la voluntad son las raíces de las que sale la savia que deforma la libertad que, esencialmente, consiste en luchar y vivir por la verdad. La realización de una libertad plena conlleva discernir dentro de cada hombre las dos ciudades de San Agustín para hallar en el fundamento metafísico del ser y del obrar una base sólida que nunca se extinga: el amor. Un amor metafísico que no negocia los valores supremos del ser en sociedad. Valores como la vida, la familia, el bien común, la amistad, la religión, los mismos mandamientos de la ley de Dios, la tan discutida o relegada al olvido, y no dígase la ley natural.

La filosofía política, al reflexionar sobre el papel importante de la libertad como responsabilidad de cada ser humano hacia la plenitud vocacional, imposta la pregunta netamente filosófica a los ojos de la razón: “¿Por qué?”, para encontrar la respuesta delante del ser del mundo y del hombre que camina hacia su destino: “pero, ¿por Quién?”.

  1. Libertad: ¿una comedia de nuestros días?

Y cuando esta vida llega a su término- y de esto nadie se escapa- es cuando resuena dentro de nosotros las palabras que Beethoven susurró en su lecho de muerte: “plaudite, amici, comedia finita est!”. Si pensamos que vivimos para esta tierra ahora nuestra inserción efectiva en el empeño social carece de una visión trascendente. Tan soñadores de libertad vivimos que puede ser que sin la luz de razón todo pueda haber parecido un sueño y cuando la vida se vuelve solamente un sueño, hay que permitir que luzca la poesía, la bella portavoz de la verdad: la vida es sueño y sueños sueños son (Calderón de la Barca).

La reflexión verdaderamente filosófica que todos los hombres deben plantearse sobre la libertad debe ser constituida en una formación consciente de su ser político en vistas de valores trascendentes y no de meras soluciones efímeras a los problemas del mundo. Porque a la luz de una visión sobrenatural de la existencia el hombre nunca puede olvidar que “la vida es como una fábula, no importa cuánto tiempo viviste, sino cuan bien actuaste” (3). Cuantas veces nos toca presenciar, gracias a los medios de comunicación eficientes, el testimonio heroico de hombres y mujeres que no dan el brazo a torcer delante de las ideologías que carcomen las conciencias y las costumbres en tantas partes de mundo.

Dentro de esta comedia, donde la concepción tantas veces superficial de libertad ofusca el horizonte metafísico, gritan los intereses de los poderosos ensordeciendo a los que ya no gritan, pues sus derechos han sido olvidados y sus deberes desproveídos de sentido fecundo. Dentro de esta comedia cuando tantos se ríen, pensando que ser libres es cosa de coser y cantar, otros luchan por grandes ideales del espíritu humano y, no siendo aceptados por algunos, arriesgan la propia vida por el bien común. Quién no recuerda a Aldo Moro que terminó secuestrado por las “Brigate Rosse” y asesinado. Tan fecundos fueron sus esfuerzos políticos por el progreso democrático cristiano en Italia, que las lágrimas de Pablo VI, no pudieron detenerse en una oración casi entrecortada en el funeral:

“¡Señor, escúchanos! Haz que nuestro corazón cauterizado por la virtud de tu cruz acierte a perdonar el ultraje injusto y mortal infligido a este hombre tan querido (…) haz que todos nosotros recojamos en el sudario límpido de su noble recuerdo la herencia perdurable de su rectitud de conciencia, de su ejemplo humano y cordial, de su entrega a la redención social y espiritual de la querida nación italiana” (4).

En pocas palabras, este ejemplo y otros tantos esparcidos por el mundo nos dicen que es posible que exista un verdadero sacrificio político en el ámbito social capaz de despertar la sensibilidad de cada hombre a la libertad dentro de la verdad. Ante este panorama, ¿Qué significado tiene la muerte de un hombre que pueda sacudir las conciencias y a qué punto este sacrificio valioso de la propia vida cambie el destino social y político de un pueblo? Desfila en este instante por nuestro recuerdo tantas figuras, desde Sócrates hasta el mencionado cristiano Aldo Moro.

Este es un caso, pero el mundo es escenario de tantos otros. Por ello, hemos fundado al inicio de este trabajo la libertad en la verdad, pues una razón adormilada o cegada por las pasiones o los intereses egoístas puede provocar resultados nada favorables. La libertad que no es guiada por la razón se sofoca a sí misma con maquillajes engañadores de libertinaje.

Al centro de la cuestión está siempre el hombre, objeto primordial de todo esfuerzo político. No encontrar en la lógica del sacrificio político el sentido de una política más humana se convierte en una opción carente de destino y de significado. Construir un mundo perfecto aquí abajo no es la meta de una política coherente o que se considere tal. Ratzinger deja claro que los esfuerzos del Estado y el papel de la Iglesia Católica no es crear un mundo totalmente perfecto en esta tierra, sino poner por obra los grandes ideales que permean la cultura occidental. En este sentido, la auténtica libertad del hombre es la que despierta su inteligencia, su voluntad y todos sus sentimientos hacia estos altos valores que todo ser humano en lo íntimo de su naturaleza es capaz de percibir.

Renunciar a soñar a la luz de la razón y de la verdad es rechazar consciente o inconscientemente esa esperanza de un mundo más justo, más solidario, donde los muros dejan de existir, abriendo espacio a puentes de diálogo y de colaboración. Soñar no es vivir utópicamente, sino es proponer con claridad la verdad en una libertad razonable, capaz de llevar la existencia de un pueblo a su plenitud. Serán imborrables las palabras conclusivas del Papa Francisco en el recibimiento del premio Carlo Magno de Europa de este año. Parecía retumbar nuevamente sobre el palco del mundo la aspiración profunda de un Martin Luther King. Así concluyó:

Sueño una Europa joven, capaz de ser todavía madre: una madre que tenga vida, porque respeta la vida y ofrece esperanza de vida. Sueño una Europa que se hace cargo del niño, que como un hermano socorre al pobre y a los que vienen en busca de acogida, porque ya no tienen nada y piden refugio. Sueño una Europa que escucha y valora a los enfermos y a los ancianos, para que no sean reducidos a objetos improductivos de descarte. Sueño una Europa, donde ser emigrante no sea un delito, sino una invitación a un mayor compromiso con la dignidad de todo ser humano. Sueño una Europa donde los jóvenes respiren el aire limpio de la honestidad, amen la belleza de la cultura y de una vida sencilla, no contaminada por las infinitas necesidades del consumismo; donde casarse y tener hijos sea una responsabilidad y una gran alegría, y no un problema debido a la falta de un trabajo suficientemente estable. Sueño una Europa de las familias, con políticas realmente eficaces, centradas en los rostros más que en los números, en el nacimiento de hijos más que en el aumento de los bienes. Sueño una Europa que promueva y proteja los derechos de cada uno, sin olvidar los deberes para con todos. Sueño una Europa de la cual no se pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última utopía (5).

¡Cuánta libertad auténtica para decir estas palabras a las conciencias europeas de nuestro tiempo! Ciertamente la plena felicidad del hombre no se encuentra aquí abajo, pero qué bueno que con una conciencia política fuerte hay hombres que todavía sueñan y sueñan lo mejor para sus hermanos, los hombres.

Una vida libre es sueño que despierta los grandes ideales adormilados del corazón humano. No es utopía, no es distancia de la realidad, del mal, del sufrimiento, de la corrupción que desafortunadamente carcome a algunos. El sabio no es el que se aísla en el mundo ideal, sino el que se convierte en puente entre las altas aspiraciones del espíritu humano y los retos que esta vida propone. Encontrar la auténtica libertad política es dar en el clavo de la búsqueda de un sentido por el que todo hombre lucha en esta tierra. Pues bien señaló Benedicto XVI que:

La diferencia entre uno que sueña y uno que está despierto consiste ante todo en que, quien sueña, está en un mundo muy particular. Con su yo, está encerrado en este mundo del sueño que, obviamente, es solamente suyo y no lo relaciona con los otros. Despertarse significa salir de dicho mundo particular del yo y entrar en la realidad común, en la verdad, que es la única que nos une a todos (6).

Para vivir la libertad el hombre lo que necesita es una recia raíz dialógica dentro de la comunidad en la que esta insertado. Y comprometiéndose con los que lo circundan, podrá realizar poco a poco sus sueños.

Soñar tocando la concreción de esta humanidad, como lo tiene por punto claro de partida filosófica Maurice Blondel. Es en la acción donde lo universal, abstracto, del ser y del pensar, se encuentran. Tan fuerte es la posición de Blondel contra el puro cogito de Descartes que este llega a cuestionarse, ¿Qué queremos cuando queremos todo lo que nuestra voluntad quiere? Queremos lo que no somos en nuestra individualidad; deseamos algo universal. Se experimenta en la auténtica libertad el deseo de obrar por otro, por algo (la familia, la patria, la sociedad, los valores nobles, la sociedad humana), pero este no es el destino del hombre. El hombre reclama con todo su ser algo Sobrenatural, este “Unicum necessarium” que realmente importa. Es necesario obrar por Otro, por algo más duradero que nuestra contingencia. Hay un destino, y ese destino no somos nosotros, sino ese Único Necesario en nosotros. Hasta el punto que podamos afirmar con von Balthasar, que “yo me conoceré mejor en Dios” (Gloria, Vol. 1: La percepción de la forma), superando el mero “conócete a ti mismo” del sapiente del mundo griego antiguo.

¡Qué comedia es la libertad! Si la literatura puede expresar lo que implica ser libre y no ser consciente de ello, basta notar como termina el joven Dorian Gray de Oscar Wilde. Libre, pero sin fundamento en su propia verdad. Deja pasar el tiempo, engañándose a sí mismo, hasta romper el retrato con su cara arrugada y cargada de dolos. Quería ser libre, joven fuerte, rico, disfrutar de esta existencia sin fin, pero no anduvo en verdad. La catarsis de la obra es la invitación rotunda de despertar en nosotros una libertad en la verdad. Actuar bien, no importa cuánto tiempo, mirar el destino de este mundo y de mi ser, no enraizado en las acciones del momento, sino en la trascendencia del Otro que aspira mi felicidad.

Libertad. Verdad. Destino. Razón. Voluntad. Soñar. Otro. Acción. Único necesario. Son las palabras que han martillado el desarrollo de este trabajo. Están intrínsecamente inter-ligadas y forman en su conjunto el océano interior de todo animal polyticus. Y al paso que camina los avances de la ciencia y de la técnica retumban delante de estas reflexiones tantos falsos humanismos reduccionistas a lo largo de la historia. Camus, Sartre, Feuerbach y tantos otros si hubiesen pensado que al centro del pensamiento filosófico está la “dialogia” eterna de Dios y del hombre, del cielo y de la tierra, de lo sobrenatural y de lo natural, al menos hubiesen saboreado el concepto de libertad en toda su plenitud. En cambio, pensando que eran libres para determinar por sí solos los dictames de la moral y de la historia, propusieron en síntesis la peor esclavitud en la que se puede encadenar al hombre, la esclavitud del sinsentido. Los valores antropológicos que respaldan una falsa libertad de esta línea no se puede llamar un sueño por ser construido, sino una pesadilla de la que el mundo hasta el hoy desea despertarse.

Sueño y pesadilla. La línea de pensamiento marxista del siglo pasado es un reflejo de donde llega la potencialidad humana de tergiversar los valores perennes de una política sana y coherente con la naturaleza misma del ser humano. Hasta el reduccionismo del trabajo a la pura materialidad. Las dos guerras mundiales del siglo pasado, las ideología nazi y luego el comunismo. ¡Cuánto no hicieron repensar los principios fundamentales de verdad y libertad en un Occidente en desacuerdo! Y es que, después de tanta ceniza, sólo el ser humano es capaz de levantar otra vez la bandera de la razón para reconstruir un futuro mejor que las atrocidades consecuentes de sus intereses egoístas e irracionales.

Hoy se habla de una tercera guerra, pero en pedazos. Tantas veces lo apunta el Papa Francisco. Y ante este panorama unos viven despreocupados, otros deciden pensar un poco y llegan a la conclusión de que es hora de poner una gota de agua en el océano de la indiferencia y de lo provisional. Pero como decía la Madre Teresa de Calcuta: “lo que hago es una gota en el mar, pero el mar no sería el mismo sin esa gota”. ¿Tenía la Madre Teresa ambiciones políticas? ¿Una monja pobre, anciana, que se desgató entre los pobres de los pobres de India? Nada de lo humano le fue indiferente y por ello se sentía libre de aportar en la verdad los altos valores del espíritu humano a todos los pueblos: valores de justicia, de solidaridad, de amor, de diálogo, de paz. Pero Madre Teresa era una monja, ¿proselitismo católico? No. Diría que la figura indeleble de Madre Teresa, como una mujer política, es sólo el reflejo en el tiempo, después de siglos y siglos, de aquella iluminadora luz proveniente de la antigua carta anónima a Diogneto: “los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo”.          

  1. Libertad: ¿siempre un punto de partida?

Queda la duda existencial: ¿la libertad hoy en el discurso público es un punto de partida para la acción o es un punto de llegada? En pocas palabras, no es uno ni otro. Es un camino. Y guiado por el pensamiento de Ratzinger, podemos decir que es un camino en la responsabilidad. Ratzinger dice que:

El incremento de la libertad tiene que ser incremento de la responsabilidad y esto supone la aceptación de vinculaciones que están por encima de nosotros mismos, que vienen exigidas por lo que exige la convivencia de la humanidad, por la necesidad de ajustarse a lo que es esencial para el hombre. Por consiguiente, si la responsabilidad es respuesta a la verdad del ser del hombre, entonces podemos afirmar que forma parte de la verdadera historia de la liberación, la purificación constante teniendo en cuenta la verdad. Esa verdadera historia de la libertad consiste en la purificación de los individuos y las instituciones por medio de esa verdad (7).

El error de algunos a la hora de expresar sus ideas en el ámbito público es que se sienten libres para expresar todo lo que piensan, cuando la mejor postura sería sentirse responsables de lo que expresan, si en verdad o no. Porque nada de lo que aportamos es indiferente delante de un público amplio y tan diverso como en nuestro tiempo.

De la mano de Leo Strauss podemos afirmar que la justa visión del rol de la libertad en sentido político se trata de una conciencia efectiva de todo lo que sucede con la vida y los valores de la polis. Nada es indiferente. Todo nos afecta. En esto la indiferencia es algo ilógico. Mi obrar nunca caerá en la inmanencia egoísta sostenida por algunos. Al contrario, mi respuesta influye en el todo de la vida en comunidad. Si podemos conferir un carácter teleológico de la vida política de todo hombre, entonces tiene sentido partir del concepto de libertad, no del punto cero, sino de la idea de un camino que otros ya recorrieron, dejando profundas huellas. Ya hemos mencionado algunos a lo largo de estas reflexiones.

Proponer un sentido teleológico de la libertad humana en camino es ofrecer una luz a una pregunta precedente: ¿Cuál es mi destino? Pero no seamos egoístas y alarguemos la pregunta: ¿Cuál es del destino del hombre? se descubre en la dinámica responsable de la libertad a la luz de la verdad. Hemos hablado de comedia, ¿no habrá llegado el momento oportuno de quitarnos las máscaras y emprender la aventura de una libertad en la verdad?

Sí. El destino del hombre no es este mundo. La felicidad aquí es un espejo de la que nos espera, Dios. La comedia deberá terminar. La auténtica libertad no termina en la finitud del esfuerzo noble y personal por crear un mundo perfecto. En este camino, el hombre entiende que es libre quien ha sabido ver más allá de las vicisitudes y los retos que ofrece la contingencia de los seres que sólo tienen razón de ser en el punto Omega de la historia.

III.CONCLUSION:

Recojamos sintéticamente las líneas fundamentales de este artículo.

1) Hemos visto que la libertad humana se fundamenta en la verdad. Sin ser profetas de desastres, apuntamos los peligros de una falsa libertad, para aclarar que nuestra propuesta es contemplar la vida política desde una metafísica que vea la felicidad del hombre no aquí, no soñando con un mundo perfecto, sino con procesos que fortalezcan el deseo del más allá de esta vida. Así todo empeño político, por exiguo que sea, deja la impronta de algo más duradero que la solución de problemas inmediatos. En todo ello, la filosofía no es una bandeja plena de respuestas, sino la provocadora de preguntas existenciales. El gran reto para cuajar la libertad de nuestras futuras generaciones es hacerles pensar en serio, como soñadores de un futuro que tocan el suelo del presente, en el destino de todas las conjeturas de aquí abajo.

2) Hemos mencionado figuras que dejaron y siguen dejando su grano de arena como protagonistas de una libertad consciente que busca crear espacios de diálogo y cooperación. Con la persona al centro, cada acción política versa sobre el bien del hombre en su integralidad, y no servirse de este, para satisfacer los propios intereses egoístas. El papel de una auténtica libertad política de todo ciudadano debe ser una fuerza centrífuga que se resume en una palabra: amor.

3) La gran comedia de la libertad humana terminará porque todo tiene un destino. Cada acción, por corta que sea nuestra existencia, reclama en el fondo trascendencia. Y a la hora de expresar nuestra opinión en público la libertad no puede ser un punto de partida, sino la conciencia de un camino responsable que nos comprometa con una sociedad y una vida mejor. Un camino, no simplemente el punto de partida para opinar lo que nos dé la gana. ¡He aquí la auténtica libertad!

Finalmente, las reflexiones expuestas en este artículo sobre la fuerza racional de la libertad humana, constituida en la verdad, son como una botella arrojada al mar. Puede ser que algún día toque alguna orilla, cosa que a veces suele suceder.

 

Bibliografía:

1) Cf. J. Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia, Ediciones Sígueme-Salamanca, 2013, pág. 206 ss.

2) Cf. San Juan Pablo II, Encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 32-33.

3) Cf. Seneca, Epist 77, 17.

4) Beato Pablo VI, Discurso en memoria de Aldo Moro, Basílica de San Juan de Letrán, 13 de mayo de 1978.

5) Papa Francisco, Discurso en la recepción del Premio Carlo Magno, Sala Regia, 06 de mayo de 2016.

6) Benedicto XVI, Homilía de la Solemnidad de la Natividad del Señor, 24 de diciembre de 2009.

7) J. Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia, Ediciones Sígueme-Salamanca, 2013, La cuestión de la verdad y las religiones, b) Libertad y responsabilidad, pag.209.

 

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