Entre Jesús y la turba

El Evangelio de hoy nos describe una situación muy común en nuestra vida. Una mujer, descubierta en su debilidad, colocada entre dos polos: una multitud enorme que desea asesinarla y Jesucristo que parece estar distraído escribiendo en el suelo. Cuantas veces al ver las partes más frágiles de nuestra vida nos encontramos entre esa turba de pensamientos – dudas de fe, sentimientos de culpas, frustración, negaciones de la realidad, miedos, temores – que buscan asesinarnos en nuestro interior… y, de la otra parte… Cristo, manso y silencioso. Cristo nos muestra en su actitud, la necesidad de guardar la calma y la serenidad en la turbación, refugiarnos en el pensamiento según Dios. La turba insiste una y otra vez, quiere una respuesta inmediata, tiene en sus manos las piedras del juicio humano, lista para llevarlo a cabo. Cuántas personas se autodestruyen a sí mismas, flagelándose en sus dolores con pensamientos destructivos que hacen peor su situación sin colocan ningún remedio. Las piedras no transforman la realidad, sino que la asesinan… la Palabra y la paciencia del Señor, nos otorgan el verdadero cambio de perspectiva, que nos prepara a la vida futura. 

Cristo sigue escribiendo... Invita una y otra vez a la paciencia. Cuánto nos ayuda en esos momentos difíciles, refugiarnos en una capilla, en la cercanía de un ser querido… como entrando en el corazón de Cristo del cual sale siempre “la ley del desarme” de nuestros pensamientos negativos: “la misericordia de Dios, el amor que todo es capaz de transformar en dones y gracias”.  

Las peores situaciones pueden ser las mejores ocasiones para las muestras de amor más grandes. Nos lo muestra la Cruz del Señor: una enfermedad, una privación, un juicio sufrido… vivido con Dios… saca lo mejor de nosotros, nos transforma, purifica nuestra entrega de las cosas secundarias… nos centra en lo esencial, en el amor que consiste en olvidarse de sí, perdonar, desprenderse de sí mismos… así lo vivieron los santos.

Cristo mismo se dispone en estos días a darnos su ejemplo, asumiendo en sí todos los males, concretamente… para vencerlos en el amor, que destruyó para siempre la muerte, por la cual Él pasó victorioso primero… y ahora nos espera misteriosamente cuando llegue nuestro día. Entonces, como dice el Salmo, nos parecerá soñar, se llenará nuestra boca de risas y la lengua de cantares, habiendo sembrado entre lágrimas, cosecharemos entre cantares… porque ¿cómo será la risa y el cantar del que se pensó vencido por la enfermedad, el dolor, la muerte… y ahora ve la victoria eterna de Cristo?  

Imagen de Andrew Martin en Pixabay.

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