El Instagram de Dorian Gray. Caída y Redención del millennial postmoderno

Pese a que los millennials estamos hasta las narices de que se nos eche en cara lo inútiles e inmaduros que somos, se hizo viral hace no mucho un vídeo de un tal Simon Sinek, en el que se pone el dedo en la llaga haciendo un acertado diagnóstico de nuestra entrañable “Y generation” .

(Si eres el único que no lo has visto,  tranquilo, no se lo diremos a nadie. Puedes hacer clic en la foto para acceder al vídeo. Va subtitulado)

Si un vídeo que te suelta una ensalada de verdades crudas a la cara es capaz de ser reposteado y retwiteado hasta las náuseas, probablemente es porque ha tocado algo en el corazón, porque te ha hecho recordar algo que deberías ser y no eres: te ha hecho anhelar vivir de verdad. Ha despertado tu conciencia de estar como Dante, perdido en el bosque, o como Ulises, perdido en el mar, buscando su Beatrice, buscando Ítaca.

Viendo desde otra perspectiva los problemas que menciona el vídeo, yo diría que el principal enemigo del millennial es la tentación de lo que se ha llamado el “hombre líquido” o el “hombre light”. Esta tentación puede ser declinada en tres aspectos, tres obstáculos, tres escollos que el millenial debe sortear en su Odisea si quiere regresar felizmente a Ítaca y encontrarse de verdad consigo mismo. Estos tres cantos de sirena que nos ofrece la postmodernidad líquida a las nuevas generaciones son:

  1. “No creas en nada, porque nada dura: vive al día, al instante”
  2. “Vive de máscaras”
  3. “Si crees en algo, hazlo sin estresarte, y déjalo cuando te moleste”

[Que quede claro, en cualquier caso: el millennial no es el hombre líquido. No lo es, en primer lugar, porque una generalización tan monstruosa, aplicada a un grupo de millones de personas, no puede sino ser repugnante. No lo es, porque probablemente este tipo de hombre no se da “en estado puro”. Porque en realidad, muy poca gente es fiel a una idea, o conjunto de ideas, como principios rectores de su vida. Ni siquiera al principio de no tener principios. La mayoría a menudo no reflexiona a fondo sobre las coordenadas que guían sus actos, y simplemente se dejan llevar por lo que “se hace”, o “se dice”, por los usos y costumbres del ambiente que les rodea. Sin embargo, sí podemos decir que el hombre líquido es su tentación más insidiosa, su Mr. Hyde, su flautista de Hamelín y su encantador de serpientes: su caricatura]

  1. “No creas en nada, porque nada dura: vive al día, al instante”

Bueno, ya sabemos que se etiqueta a los millennials como hombres “líquidos”, se les acusa de inmaduros, de incapaces de edificar nada duradero, incapaces de comprometerse: incapaces de ser esposos, padres, realizadores. Los hombres del pasado nos dejaron pirámides y catedrales, grandes obras que requirieron años de trabajo. ¿Qué nos dejarán los hombres del siglo XXI? ¿Un perfil de Instagram con miles de fotos? Corremos el riesgo de hacer realidad, como dice el chascarrillo, aquello de que “Never before has a generation so diligently recorded themselves accomplishing so little”.

Ahora bien, si se le pregunta por sus grandes obras, el hombre líquido se encoge de hombros y se pregunta quién demonios querría construir hoy una pirámide o una catedral, y dónde la metería. El postmoderno es más bien como ese superhombre nietzscheano que es el Dorian Gray de Wilde: una sucesión infinita de identidades, intereses, ocupaciones, experiencias – sí, sobre todo experiencias, vivencias. Su historia es bien conocida: un hombre sorprendente que se conserva eternamente joven y bello, mientras su retrato es el que envejece y se afea con el paso de los años y las consecuencias de sus actos. Si se le habla de Dante y de Ulises, Dorian Gray se encogerá de hombros y dirá que quizás no existe Ítaca, quizás no existe Beatrice. Todas lo son y ninguna lo es.

Y así, si Chesterton valoraba el juramento como la capacidad de un hombre de hacer una cita consigo mismo en algún lugar y tiempo distante, hoy el hombre duda que exista algo que merezca la pena semejante promesa, y de ahí la alergia al compromiso. Se cree sólo en el bienestar (entendido como confort) y en la libertad (entendida como ausencia de vínculos), y se duda que ningún otro valor pueda suplir la ausencia de esta mágica pareja de ases.

Podríamos decir que el resultado es el de una sociedad débil, que corre el riesgo, como dice Pérez-Reverte, de ser presa fácil de otras civilizaciones con ideas más claras y mejor disposición para arremangarse y mancharse las manos por ellas. Pero me interesa más destacar que esas premisas conducen inevitablemente a la soledad. Soledad como la de aquel hippiermitaño aventurero que murió en Alaska escribiendo aquello de “Hapiness only real when shared”. Pero el postmoderno opta de todos modos por la soledad, sí. Porque amar duele.

Pero, ¿es que acaso el hombre líquido no cree en el amor? Bueno, sí que cree, pero en un amor…líquido. El postmoderno dice “te amo”, pero está queriendo decir “ahora mismo encuentro placer en ti, en este momento me resultas totalmente fascinante” (como el monógamo de las patatas fritas en “The entire history of you”, de Black Mirror). Naturalmente, la consecuencia es que mi amor durará lo que dure este placer-fascinación, y te abandonaré en cuanto dejes de actuar a la altura del show…del mismo modo que Dorian Gray abandona con total frialdad a su amada, la actriz Sybil Vane, en cuanto ésta deja de brillar en el escenario. (Y esto aplica también a las amistades, como indica el video de Sinek)[1]. Todo lo cual hace de nosotros eternos actores buscando complacer a un público caprichoso, adolescentes perpetuamente inseguros, que no creen merecer un amor para siempre. Y por ello, se quiere creer que es posible cambiar de pareja, de vida, de valores, de amistades y de identidad sexual como quien cambia de corbata, buscando en la sucesión lo que no se encuentra de profundidad.

¿Es posible amar de otra manera? El millennial postmoderno cree que no es posible amar para siempre, pero de todos modos le gustaría amar para siempre, y, sobre todo, ser amado para siempre[2]. Y por ello, pese a su escepticismo, permanece abierto a pruebas contrarias y a buenas noticias. Y las escuchará, si hay quien las anuncie. Porque la moda líquida pasará, como pasó el comunismo soviético. Caerá por su propio peso, porque no responde a la verdad del hombre, y, sobre todo, porque no dará vida al hombre. Y es que, al final, por más que se agiten las máscaras, el corazón humano es uno y siempre busca lo mismo. Bastará que haya quien se atreva a escucharlo. Y bastará que haya quien se atreva a denunciarlo, a decir en voz alta, como en el cuento de Andersen, que el emperador está desnudo.

Y esto nos conduce al tema de las máscaras (haz clic para seguir leyendo la segunda parte)

[1] What we are seeing is that they grow older, too many kids don’t know how to form deep, meaningful relationships. “Their words, not mine.” They will admit that many of their relationships are superficial, they will admit that they don’t count on their friends, they don’t rely on their friends. They have fun with their friends, but they also know that their friends will cancel on them when something better comes along. Deep meaningful relationships are not there because they never practiced the skillset.

[2] Como Dorian Gray, que busca – en vano – la redención del corazón.

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