¿Hasta cuándo seguiremos callando el Evangelio?

Pena, consternación, asombro, piedad. No sé qué palabra podría describir mejor lo que sentí al enterarme del juego suicida “la ballena azul”. Un juego popular de retos macabros en las redes sociales que comprenden mutilaciones, ver películas de terror todo el día y auto lesionarse. El último reto culmina en el suicidio aventándose desde un edificio. Mi estupor fue mayor cuando vi que el juego era concurrido en su mayoría por adolescentes y que ya había cobrado varias vidas, entre ellas, la vida de Veronika Volkova de 16 años que había escrito antes de morir en su cuenta de Instagram: “¿no han sentido que gradualmente se están volviendo inútiles?”.

Un escalofrío parecido experimenté cuando leí que en Siberia (Rusia) planean poner en marcha una versión real de los Hunger Game a modo de Reality Show. O cuando me enteré que un juez en Inglaterra dio la orden a un hospital para que desconectaran al bebé de ocho meses, Charlie Gard, sin el consentimiento de sus padres. ¡Cómo es posible! Sorpresa, pena, turbación, estupefacción… No sé cómo expresarlo.

Una parte de mí se resiste a creerlo, pero todos estos síntomas demuestran la existencia de una civilización imbuida en una cultura de la muerte. Una sociedad harta, en donde la desesperación y la falta de respeto por la vida ajena y propia son el pan de cada día. Vivimos en un tiempo en que el absurdo y el sinsentido imperan, -recuerdo las palabras de Veronika: “¿no han sentido que gradualmente se están volviendo inútiles?” — un mundo hedonista que conduce a un individualismo aislado y grosero. Donde los jóvenes ya no tienen amplios horizontes, donde las grandes metas se asemejan a ilusiones tontas. Y en un mundo así, ¿qué es mejor?

La época del “nihilismo” ha llegado.
Pero esto no puede ser así. Me niego a creer que esta vida es un absurdo estéril, que el ser humano es un ser “vomitado” a la existencia, solitario, que debe luchar para sobrevivir en medio de un mundo atroz y vacío. Ni tampoco que “el hombre es -como dijo A. Malraux- un azar y en general se compone de olvido”. Me resisto a creer que seamos el residuo de una evolución ciega, hijos de la casualidad, una especie de simio desnudo más desarrollado. Somos algo más… y esto es lo que proclama el cristianismo.

¿Qué debe hacer el cristianismo frente a esta realidad? Podemos adoptar dos actitudes. La primera es la del que sólo se limita a condenar a este mundo perverso descargando la culpa a una masa anónima y amorfa llamada “sociedad”. Y luego se dedica a salvar su pobre almita. Una actitud, a mi parecer, cómoda. Pero también estéril. Y me pregunto si será cristiana.

La otra es la del que ve en este nihilismo una oportunidad. El mundo necesita hoy más que nunca de la luz del Evangelio. Nuestra sociedad fenece por falta de esperanza. Y el cristianismo debe brindársela.

¿Cómo? Proclamando que nuestra vida tiene un fin y un sentido. Voceando a todo pulmón que cada ser humano es único, valiosísimo, porque es una creatura amada por Dios. Pregonando allá donde hay una persona extenuada y hastiada por la vaciedad del placer, que hay un Dios que le ama. Repitiendo sin césar al desesperado aquellas palabras de Isaías:

“Ahora, así dice Yahveh tu creador, Jacob, tu plasmador, Israel. «No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán. Si andas por el fuego, no te quemarás, ni la llama prenderá en ti. Porque yo soy Yahveh tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador. He puesto por expiación tuya a Egipto, a Kus y Seba en tu lugar dado que eres precioso a mis ojos, eres estimado, y yo te amo. Pondré la humanidad en tu lugar, y los pueblos en pago de tu vida.” (Is 43, 1–3)

Esta no es una ingenua esperanza falsamente optimista. Sería ilusorio pretender predicar un Evangelio sin la presencia de la Cruz. Y más ahora con una multitud ingente que sufre sobremanera. La esperanza cristiana no rehuye del dolor. Lo transforma, lo eleva, lo transfigura. Nos permite vislumbrar que ni la muerte tiene la última palabra ni que el dolor es un sinsentido estéril. Basta con ver al Crucificado. Del dolor más inimaginable, Dios hizo surgir un bien inmensamente mayor: la salvación.

El cristiano está llamado a hacer presente en este mundo al Dios de la Misericordia y del Amor. Me pregunto qué hubiera pasado si Veronika hubiera escuchado este mensaje, si algún cristiano le hubiera mostrado a ese Cristo que “le ama y que entregó su vida por ella” (Gal 2,20). Rezo por su alma. Rezo por su familia. Si tan sólo alguien le hubiera hablado de la Cruz, ¿qué hubiera sido de ella?

Como se ve, el silencio puede convertirse en un cómplice culpable y vil. ¿Hasta cuándo seguiremos callando el Evangelio?

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