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Han visto mis ojos

Oración para la fiesta de la presentación

Ahora, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto… ¡han visto! Simeón había esperado por toda su vida este momento, Señor. El sólo verte a ti, culmen de su anhelo, inundó sus ojos con lágrimas de gozo.

¡Lo he visto! ¡He deleitado mis ojos! ¡Lo he tocado, acariciado! Y he reconocido al que estaba ante mis ojos; he entendido quién era el pequeño estrechado con mis propias manos contra mi pecho. Simeón lo captó. Comprendió de quién se trataba porque había rezado tantos años, creciendo en deseo y esperando contra toda esperanza. Concentró toda su vida en esos pocos minutos, todo su sentido y su ardiente expectativa.

¿Y yo? He recibido tanto más. Cada día te contemplo y te recibo. Pero ¿cómo me preparo? Casi siempre, con indiferencia. No es un evento lejano, dentro de 50 años, para lo cual me debo preparar. ¡Es mañana! Y sigo tranquilamente con lo que estoy haciendo, para nada inmutado por el milagro del día siguiente.

Pero Simeón no te conocía como yo. Sabía que era el Mesías, el Prometido… pero ¿que eras Dios mismo? ¿Dios, venido para morir y así vencer la muerte para siempre? Simeón no entró en lo íntimo de tu Corazón como yo – el mero hecho de ver tu risa y el roce de su mano sobre tu cabeza le fue más que suficiente. Pero tú me llamas a la más pura y penetrante intimidad. Me diste más de lo que jamás me atrevería a pedir, más de lo que alcanzaría a imaginar.

¡Inflama mi frío corazón! Borra mi indiferencia. Abre mis ojos. Quisiera verte como tú me ves, para amarte como tú me amas: con una donación total. Sé que es imposible, pero déjame intentar. Te tomaré entre mis brazos – dame un toque delicado y, a la vez, fuerte para defender. Y cuando te recibo en mi alma, no me dejes. ¡Quédate! ¡Poséeme! Lléname.

Y cuando ese momento eterno haya pasado, como ha de pasar todo momento en este mundo carcomido por el tiempo, que mi única obsesión en todo lo que digo, hago o pienso, sea prepararme para nuestro siguiente rato juntos. Que tú seas el centro, no sólo de mi día, sino de mi vida. Amén.

Agradezco al H. Luis Eduardo Rodríguez, LC por su ayuda con la traducción.

Crédito de foto: Kim Noordijk

As I live out my consecration to God and preparation for the priesthood, I am convinced in the power of the 'way of beauty' mentioned by Pope Francis in Evangelii Gaudium n. 167. To learn to see beauty as an expression of God in all things helps us to fall deeper in love with him. And there is no better way to give the faith than inviting others to experience its beauty.

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