Hacer memoria

Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. (Lc 2,16-20 / Santa María, Madre de Dios)

 

 

Cuando estuve en Italia, me tocó conocer varias de sus ciudades. Mientras recorríamos las hermosas calles de Florencia, mi superior me comentó algo que su papá siempre repetía acerca de las vacaciones y el turismo: “Los viajes se disfrutan al regresar a casa”. Cuando andamos de arriba para abajo, en avión o tren o taxi; cuando manejamos o corremos para no llegar tarde al siguiente tour; cuando hemos visto más de 100 cuadros, subido y bajado más de 800 gradas y hemos hecho filas de una hora, todo en una mañana… se llega muertos al final del día. Y cansados, no se disfrutan las cosas.

El presente suele estar lleno de eventos y pendientes que nos abruman. Por eso Dios fue tan sabio y nos dio el poder de recordar, de hacer memoria. ¡Cuánto nos hemos reído al juntarnos con viejos amigos de la escuela y nos hemos acordado de todas las travesuras y trastadas que hicimos juntos! ¡Díganme si no les sucede que a veces un pastel, una victoria deportiva, un primer amor, no se disfrutan más en el cine de la memoria! Como que nuestra mente juega con nuestros sentidos: todo se vuelve más grande, más bonito, más agradable, más apasionante, en el reino de los recuerdos.

Por eso, María conservaba todas esas cosas en su corazón. ¿Qué sentirían ustedes si se les hubiera aparecido un ángel a decirles que iban a tener un hijo, así como si nada? ¿Y si su prima estéril tuviera un hijo ya bien pasados los 50? ¿Y si les naciera el hijo en un establo, porque nadie los acogió? ¿Y si de repente, llegaran una docena de pastores a contarles que se les aparecieron más ángeles para decirles dónde encontrar al niño? Seamos sinceros: a casi todos nos hubiera dado un infarto con sólo ver al ángel.

Pero María no se perdió en el ajetreo del día a día. Ella supo guardar en su corazón cada uno de estos milagros, cada una de estas gracias de Dios. Luego, en el silencio, habiendo recogido su alma, abría su cofre de recuerdos y meditaba sobre las cosas grandes que había hecho en ella su Señor. Y nunca las logró comprender del todo, porque los misterios de Dios nos sobrepasan; pero cada día aprendía algo nuevo. María no podía vivir una vida ordinaria y aburrida, sabiendo que Dios le había regalado tantas caricias de amor.

Y Dios hace lo mismo con nosotros. Él nos regaló la vida. Nos despierta con un beso de sol cada mañana. Nos acompaña en nuestras alegrías y nos consuela en la tristeza. Él está allí, a nuestro lado, cuando tenemos que hablar con alguien, y nos va guiando en la peregrinación hacia su morada eterna. Nuestro problema es que no ejercitamos ese maravilloso don que Él nos concedió: la memoria. Si cada día dedicáramos diez o quince minutos para descubrir las perlitas que ha depositado en nuestro camino, si se las agradeciéramos de corazón, si mantuviéramos siempre lleno nuestro baúl de recuerdos y lo abriéramos constantemente para mantener las memorias frescas en nuestra mente… nos daríamos cuenta de lo amados y bendecidos que somos. Nuestra vida no sería ordinaria y aburrida. Al contrario, sería una aventura grandiosa, digna de toda una epopeya. Sería la vida que siempre hemos deseado, pero no nos hemos dado cuenta que ya tenemos entre manos.

 

Imagen: William-Adolphe Bouguereou, “Song of the Angels” (detalle)

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