Gracias por escuchar

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?». Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.” (Jn 11,35-45 / V Domingo de Cuaresma B – evangelio completo al final)

 

 

Cuando una tetera está llena de agua hirviendo, empieza a sacar vapor y pita peor que alarma de incendio. Todos hemos sido esa tetera alguna vez… y espero que todos hayamos vivido la experiencia de acompañar y escuchar a alguien más, mientras descargaba toda esa presión acumulada.

El vapor te nubla la vista. El aguar hirviente te enciende el corazón y la boca… Y corren las palabras, los gestos, los gritos, las lágrimas… Parece una explosión de emociones, de hechos, de detalles, de desastres. Cada pensamiento, cada recuerdo, cada imagen que vuela por tu mente grita indignación, ira, resentimiento. Todo parece lógico, clarísimo.

Cuando uno está del otro lado, el vapor también te nubla: no ves ni dónde empieza ni dónde acaba. Te dan ganas de tomar distancia, porque está que quema. Y sigue un diluvio caótico de quejas, lágrimas, gritos… que ni cómo encontrarle sentido. Pero allí se está uno, escuchando y acompañando.

Y al final, cuando el agua ya se enfrió, cuando el aire volvió a su claridad natural, cuando se secaron todas las lágrimas… Te voltean a ver y, con los ojos, te susurran: “Gracias.” ¿Por qué? – piensa uno – …si no dije nada… Pero con sólo haber escuchado, con paciencia y atención, le hicimos el día a alguien… o nos lo hicieron a nosotros: un pequeño rayo de sol que se abre paso entre los nubarrones de una terrible tormenta.

Y pensar que todos siempre tenemos a alguien dispuesto a escucharnos, alguien que siempre nos acompaña, alguien que nos comprende. Con frecuencia, nos quejamos por su silencio, porque no nos habla… pero en esos días, eso es lo que más se agradece: son días en que las palabras salen sobrando. Él tiene un universo entero que atender, pero te dedica el 110% de su atención. No le importa cuál sea el problema, ni con quién estés enojado… sólo le interesa escucharte para hacerte sentir mejor, para que esas lágrimas, esa ira, se conviertan en esa hermosa sonrisa que pintó en tu rostro. Por eso nunca nos podemos casar de agradecerle, como Él jamás se cansa de escucharnos: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre…”

 

 


“Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza porque la luz no está en él». Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo». Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará». Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro». Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él». Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama». Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado». Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?». Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.” (Jn 11,1-45 / V Domingo de Cuaresma B)

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