Gracias, Padre…

“En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».” (Mt 11,25-30 / XIV Domingo Ordinario A)

 

 

A veces vamos por la vida sin darnos cuenta de muchas cosas, detalles… pero detalles muy importantes. ¿Cuántas veces nos hemos despertado pensando en el café o lamentándonos por el bendito despertador, sin darnos cuenta de que seguimos respirando o que ha salido el sol un día más y lo podemos ver y disfrutar? ¿Cuántas veces hemos contemplado la maravilla que son nuestros ojos o nuestro corazón o nuestro cerebro? ¿Cuántas veces nos hemos percatado de esos pequeños gestos de atención que le hacen el día a una persona: una sonrisa, un saludo, un abrazo? Y entre estos detalles encontramos uno muy pequeño pero muy importante a la vez: el agradecimiento.

Me encanta escuchar a Jesús dar gracias. Él es Dios. No tiene necesidad de nada; todo lo puede. Entonces, ¿por qué da gracias? Sólo quien sabe que ha recibido algo inmerecido da gracias; sólo quien aprecia lo que se le da… sólo quien valora a aquél que le ha sido generoso sabe dar gracias. Y por eso, Jesús sabe muy bien dar gracias.

Él sabe que todo lo ha recibido de su Padre (Mt 11,27): ¡Él mismo es la acogida del Amor del Padre que se da así mismo! Y por eso sabe que todo lo suyo es de su Padre, y todo lo del Padre es suyo (Jn 17,10). Él sabe que es Dios, y aun así sabe que el amor no se merece: el amor es verdadero amor sólo cuando no trae etiquetas ni condiciones ni letras chiquitas… cuando es gratuito… y por eso siempre será inmerecido.

Y es esta misma característica del amor, el ser gratuito e inmerecido, lo que engrandece a la persona que ama. Es fácil dar cuando se debe: al menos por miedo a quedar mal. Pero no cualquiera da por dar, porque quiere que el otro tenga más, porque el otro sea más. Mucho más difícil es ver que alguien se dé a sí mismo de esa manera. Pero eso hace el Padre en la generación del Hijo, y el Hijo en su acogida del Padre, y ambos en la efusión del Espíritu Santo, generando un torbellino incandescente de amor que irradia luz, calor, vida. Eso hizo Cristo al hacerse hombre y morir por nosotros en la cruz. Eso ha hecho Dios con nosotros desde la creación del universo y lo seguirá haciendo por toda la eternidad.

Cuando nos damos cuenta de que Dios es amor… Cuando empezamos a vislumbrar cuánto nos ama Dios… Cuando dos vamos dando cuenta de que no merecemos ser amados, y de todas maneras Dios nos ama con la locura de la cruz… podemos postrarnos en su presencia y levantar nuestro espíritu hacia el cielo, repitiendo junto a Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien…»

 

 

Foto: Andrew Leong

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