Gente feliz

En estos días he visto mucha gente feliz. El día 12 de diciembre celebramos las ordenaciones sacerdotales de 44 legionarios. Ellos estaban muy contentos. Sus familias estaban felices, sobre todo las mamás, que no dejaban de llorar. También los legionarios estábamos muy felices. Yo me sentía feliz y maravillado de ver tanta felicidad en el ambiente. Al día siguiente, cada sacerdote celebró la Misa por primera vez. Y, de nuevo, todos estaban – estábamos – muy felices.

Al escuchar a los neosacerdotes, me sorprendió una constante: todos decían que su camino había tenido también sus momentos difíciles, pero había valido la pena. Aprendí que se puede ser feliz también cuando se ha sufrido, porque uno no ve tanto el sufrimiento, sino sus frutos. No es que se ignoren las dificultades o se las esconda debajo del tapete. No; las dificultades están. Y sabemos que – al menos mientras vivamos en esta tierra – siempre estarán. Pero hay que aprender a verlas como algo normal, que nos permite crecer, y que a su tiempo, con la gracia de Dios, veremos de modo diverso. No es fácil, lo sé. Pero estos días de tanta alegría me han convencido de que es posible.

Creo que no es casualidad que la liturgia de ese día, el tercer domingo de Adviento, nos llama, precisamente, a la alegría. “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca” (antífona de entrada, Fil. 4). He visto mucha gente feliz. No con una alegría pasajera, sino real y probada. La alegría que se funda en el Señor. En el hecho cierto de que el Señor está cerca, es decir, que Él nos ama y se interesa por nosotros. Dios es fiel. Esta verdad nos da gran alegría.

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