Franco

Patricio Bringas Iturrioz, L.C.

Hace una semana, Dios me regaló la gracia de conocer a alguien muy parecido a él: su nombre era Franco; su profesión: pastor de ovejas. Estrictamente hablando, nuestro encuentro fue producto de una casualidad, una feliz coincidencia la mañana de un domingo. Él estaba sentado a la sombra, contemplando su rebaño, y sostenía en la mano un bastón. Cuando me acerqué a él para saludarlo, de inmediato sus dos bravi perros me olfatearon y miraron con cara de pocos amigos. Bastó un gesto y un silbido del pastor para que se serenaran los ánimos. Y allí, de pie, comenzó nuestra breve charla.

Lo poco que pude entender de sus palabras (su italiano era ya añejo y el mío apenas recién exprimido), sus ojillos brillantes y llorosos, su sonrisa franca, me sirvió para clarificar la razón por la cual el Señor Jesús y el salmista-hagiógrafo habían elegido esta imagen para mostrar cómo es Dios. Un hombre de 82 años que vive al descampado la mayor parte del día, cuyos interlocutores son los pocos que de vez en cuando, como yo, pasamos por ahí casualmente, me reveló lo más grande del Corazón de Cristo: la humildad y  la sencillez.

¿Qué me dijo? Muy poco. Para ser sincero, recuerdo solamente una frase, una afirmación sorprendentemente válida, verdadera y puntual: “La vita è una cosa bellissima, ma la morte è troppo brutta.” (“La vida es una cosa bellísima, pero la muerte es muy fea.”) Esta frase de labios de un hombre que acaba de perder hacía un año a la mujer con la cual había convivido toda su vida fueron la ventana más clara para asomarme al alma de Franco el pastor y, al mismo tiempo, al corazón de Jesús, el Hijo de Dios. Fue para mí un redescubrir que Dios no puede contener su amor ante almas sencillas, que éstas le arrebatan una sonrisa y hacen reír el corazón que creó los cielos, los árboles, las montañas y a los hombres.

La vida es bella y la muerte fea. No hay que estudiar doctorados para saberlo, es algo obvio. “Una sociedad está en decaimiento, final o transicional, cuando el sentido común se convierte en “incomún”, decía Chesterton. Franco, la mañana de aquel domingo, fue mi mejor maestro de vida, pues me enseñó, sin quererlo, a valorar aquello humilde, llano, ordinario, como lo valoró Dios mismo antes que yo. ¡Bendita franqueza la tuya, Franco!

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