Archivos

Excelencia, Amor, Misericordia

Es un hecho. No intentes esconderlo. Te gusta lo bueno, y buscas lo mejor. Te gustan las chicas guapas, los coches caros y la ropa de marca.  Te gustan los selfies en lugares exóticos, cultivas una imagen de persona interesante y eliges con cuidado tus amistades.  Así somos los seres humanos: allá donde la vemos, reconocemos y amamos la belleza, la excelencia, la perfección, ese no-sé-qué que los griegos llamaban areté y kalokagathía y celebraban en sus estatuas y en sus epopeyas.

Sí. Nuestra mirada se complace en las mujeres hermosas, como la de la mujer en los hombres fuertes. Y no deja de haber algo misterioso en ese movimiento del corazón que ve toda esa fuerza, belleza, inteligencia, gracia, decisión, nobleza, masculinidad, feminidad, y dice, “Sí, así es como debe ser un hombre/una mujer”. Como encontrando una conformidad con un arquetipo ideal, con una forma secreta olvidada en la aurora del tiempo, intuida en las brumas del sueño: “Sí, así era Eva bailando en el Edén, así sonaba su risa en el jardín”.

Es un hecho. Buscamos esa “areté”. La veneramos, la honramos, la perseguimos. La celebramos en nuestras Olimpos, sean los de los Juegos, que tenemos hoy como hace veintisiete siglos, o en ese peculiar Parnaso hollywoodiense de semidioses del cine. Celebramos la areté en los concursos Miss Universo y en las revistas del corazón, y multiplicamos los podios, las  medallas, los aplausos: todo eso que llamamos premios.

Y no se trata aquí de negar o de despreciar esa realidad, en un burdo intento de igualitarismo populista que niega la excelencia para no sentirse inferior, que desprecia lo que no alcanza, como la zorra con las uvas. Es la actitud de lo que Ortega bautiza como “democracia morbosa” y que, en última instancia, no soporta que haya un Dios y que no sea yo. Nada de negar la grandeza de esa tensión hacia lo más alto. Es verdad que existen perfecciones, y es mentira que, como dice el tango, “Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor”. El lema del “Aeiev aristeuein”, buscar ser siempre el mejor, que cantaba Homero en la Ilíada, ha sido el santo y seña de la civilización occidental, desde Aquiles hasta Michael Jordan, desde el ciudadano ateniense al self-made man americano.

El problema es que, del mismo modo que buscamos esa excelencia, nos repugna instintivamente lo vulgar, lo despreciable, lo bajo, lo débil. Nos avergüenza, pero es así. Existe esa tendencia en nuestro corazón. Y el problema, oh, diablos, el problema es que los demás también examinan, juzgan y evalúan. Los demás también tienen esa mirada sobre la realidad. Los demás también ponen puntos, jerarquizan y aplauden o desprecian, y allí está la raíz de nuestra posible infelicidad. El miedo. Porque al final queremos, sí, la excelencia, pero con mucha más fuerza queremos ser valorados, reconocidos, apreciados por los demás. Queremos ese honor y ese amor que se tributa a los grandes. Queremos que vean en nosotros algo de valor, que nos digan que nuestra vida merece la pena. Al final, todo lo hacemos porque queremos ser amados. Y nos da miedo no ser lo bastante buenos, nos da miedo no merecer ese amor.

De ahí nace el vértigo: esa necesidad ansiosa de ser más, o, por lo menos, de aparentarlo: si fuera más alto, más guapo, más ingenioso…si tuviera un trabajo mejor y un coche más caro…si lograra ese ascenso, si sacara esa nota, si fuera mejor deportista….entonces sí que me valorarían, entonces sí que merecería existir… pero, ya lo sabes, es una trampa, un callejón sin salida, porque, ¿cuándo es suficiente? Nos lanzamos a una carrera desesperada, como Don Juan coleccionando mujeres, como el hijo que colecciona títulos y medallas, tratando desesperadamente de demostrarle a su padre que valgo la pena, que merezco ser amado. La adicción a la cirugía plástica, el workaholism, el fisioculturismo y la anorexia denotan, antes de que nada, enfermedades del corazón. Y nace así la esclavitud de la mirada ajena, de la “likedependencia”, fuente de toda clase de envidias y complejos, que hacían decir a Sartre que el infierno son los otros. Los otros, y,  quizás aún más, ese terrible tribunal que es la memoria, en el que somos testigo, juez y verdugo de nuestra propia incompetencia.

Caemos en esa trampa porque nos aterra no ser amados, y si somos amados, nos aterra perder ese amor. Ese mismo terror que nos lleva a preferir abortar al bebé con problemas, porque es mejor no existir que sentirse, por la razón que sea, inferior.

¿Qué hacemos?  Te advierto que la solución no va estar en salirse con ese mantra del “sé tú mismo y no te preocupes de lo que digan los demás”. Lamento decirte que eres radicalmente insuficiente. Olvida el mito del llanero solitario. No eres una roca ni un diamante. Necesitas a los demás. Necesitas ser amado, y no puedes conquistar ese amor. Ni siquiera con la clásica cursilada Disney de que “lo importante es el interior”. Nada de eso. El corazón humano es un abismo. El que crea de verdad tener un corazón sin granos ni arrugas, sin oscuridades ni zonas enfermas, un corazón en el que todo sea agua clara y cristalina, que tire la primera piedra. No, la salvación no vendrá de sustituir un perfeccionismo por otro. No, la salvación no vendrá de la moral.

Y lo malo de esta enfermedad es que nos da una imagen deformada hasta de Dios. Nos lo presenta como ese otro padre al que hay que impresionar, y cuya mirada nos juzga, recrimina e incomoda. Pero no: la buena noticia no es que si te esfuerzas muchísimo, tal vez convenzas a Dios de que mereces la pena; la buena noticia es que, siendo como eres pecador, pequeño, limitado, imperfecto, insuficiente, Él te miró con amor, te creó y murió para darte una vida plena y desbordante. Un Dios que se ha revelado no como el que no necesita de nada, sino como el Dios que se hace pequeño en un niño tiritando, y que nos pide que nos complazcamos en nuestra pequeñez, que nos sepamos como un hijo en brazos de su madre, y que nos advierte que el que no se haga niño no entrará en el Reino de los cielos.

Y ese Dios que, por motivos incomprensibles, mira con amor lo bajo, lo vil, lo vulgar, lo despreciable….nos da, por medio de su Espíritu, su mirada sobre la realidad, nos da sus ojos: como en ese fresco de Giotto en el que San Francisco tiene los mismos ojos que los del Cristo crucificado que le habla. Ese Dios nos permite ver en todo el brillo de su presencia: en ese mendigo habitual de la esquina, en ese vecino maleducado al que le huele el aliento, en los defectos cotidianos de esa mujer de la que te enamoraste, en la fatiga de cuidar de ese hijo inquieto día tras día, en el mosquito insoportable que sobrevuela tu habitación a las tres de  la mañana.  Y es que ese Dios –ese Dios con ojos de hombre- me da una mirada que encuentra belleza en ese niño del que los demás se ríen, en ese enfermo terminal,  en esa niña fea, en ese moribundo en Calcuta, en ese compañero un poco pesado… e incluso en mí mismo, tan torpe, tan limitado, tan inadecuado…pero sí, tan amable. También yo soy amable, también tú eres amable.

Ese mensaje es el que fluye del costado abierto de Cristo en la Cruz. Ese misterio que contiene todos los secretos de la vida, los que de verdad importan, los que hablan de la existencia humana, del sentido, de la felicidad. Y quizás sea ese misterio, a fin de cuentas, lo que estamos celebrando cuando hablamos del Año de la Misericordia.

Felizmente consagrado a Dios como religioso legionario de Cristo. INFJ, Libra, 0 negativo ;-) 2% práctico. Entre mis aficiones: amar a Dios, servir a los hombres, conquistar el mundo para Cristo.

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario