¿Es verdad que Dios nos ama?

Quien haya visto la genial película Inception recordará el siguiente diálogo:

– ¿Cuál es el parásito más resistente? ¿Una bacteria? ¿Un virus? ¿Un gusano intestinal?
– Una idea. Resistente. Altamente contagiosa. Una vez que una idea se ha apoderado del cerebro es casi imposible erradicarla. Una idea completamente formada y entendida, eso se le pega. Ahí, en algún lado.

Al leer atentamente el inicio de la narración del Génesis descubrimos que en el principio… surgió la duda. Una duda resistente, altamente contagiosa, casi imposible de erradicar. Una duda que acompaña la vida del ser humano y que irrumpe enérgicamente en los momentos más difíciles: «¿De verdad Dios me ama?» En el fondo, esa fue la idea que el demonio implantó en el corazón del ser humano, la idea de un Dios envidioso y egoísta. Una duda seria sobre la naturaleza amorosa de Dios.

Era el año 2005 y yo vivía en España. Durante el otoño salí con unos compañeros hacia un pueblo de la provincia salmantina. El párroco nos había pedido visitar las casas e invitar a las personas a una de las celebraciones parroquiales. De repente llegamos a una vivienda y tocamos, nadie nos abrió. Ya nos íbamos cuando salió a la puerta un hombre mayor: don Rodrigo. Nos vio, supo que veníamos «en nombre de Dios», bajó la mirada y se alejó de la puerta hacia el interior de su casa. Enseguida salió una mujer, su esposa. Nos saludó y nos invitó a entrar. Tan pronto lo hicimos, vimos que en un minúsculo cuarto a la izquierda de la sala principal, sentado sobre un sillón y con la cabeza gacha, estaba don Rodrigo. Lloraba. Su esposa se sentó a su lado e iniciamos la conversación.

Al inicio sólo dialogamos con la señora. Su esposo seguía con la cabeza inclinada y evidentemente abrumado por alguna pena. Después de algún tiempo el señor nos miró y nos dirigió una pregunta bastante seria: «¿Cómo es posible que Dios nos ame si se ha llevado a nuestro único hijo?» Y nos contó fugazmente que su hijo, un joven de veintitantos años, se había ido a trabajar a Madrid, limpiaba cristales, y un nefasto día cayó de un andamio y perdió la vida.

La pregunta me cortó la voz. Literalmente me quedé en blanco. Viendo a esas dos personas llorar, me acordé de Job, el personaje bíblico, quien en poco tiempo lo perdió todo: familiares, bienes, amigos, salud. Parecía que Dios tenía hacia él una actitud de abandono, de silencio total. Como yo no tenía respuesta alguna para brindarle a don Rodrigo sentí que debía acercarme a él, abrazarlo y acompañarlo en su dolor y en su duda. Y, en el momento del abrazo, se me ocurrió decirle: «No está solo. Este abrazo es de parte de Dios». Don Rodrigo me abrazó muy fuerte y siguió llorando.

Habiéndose tranquilizado un poco, nos contó que desde la muerte de su hijo, hacía quince años, se había enojado con Dios, había abandonado la relación con Él y ya no frecuentaba la iglesia. Estuvimos escuchándole un largo rato y luego nos fuimos de su casa.

¿Cómo explicar a quienes sufren desgracias, a los indigentes, a los pobres, a los afectados por la guerra, a cada hombre, que Dios sí les ama? ¿Cómo permite el mal Dios, que es omnipotente, omnisciente, absolutamente bueno? Desde luego Él no es la causa del mal, pues, si lo fuera, no sería absolutamente bueno y, por tanto, no sería Dios. La mayoría de los males provienen del incorrecto uso que hace el ser humano de la libertad, y de las leyes propias de la naturaleza. ¿Dónde encontrar, pues, un indicio a la eterna respuesta sobre si Dios nos ama de verdad?

La respuesta a este interrogante tan arraigado en el corazón del ser humano nos la ofreció Dios mismo al enviar a su Hijo al mundo. Jesús es la respuesta que el hombre buscaba en lo más profundo de su ser. Toda la existencia de Jesús es una expresión que nace del corazón mismo de Dios y nos revela que Él nos ama hasta extremos insospechados. Dios «nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1,2). Jesús es el Verbo, la Palabra de Dios que responde a las preguntas fundamentales del ser humano. El Hijo de Dios compartió en todo nuestra suerte, especialmente la del más desfavorecido: nació en un establo, experimentó la muerte de un familiar muy querido, lloró, fue perseguido y condenado injustamente, sufrió la traición de un amigo y murió del modo más cruel y vergonzoso que existía en su época. Dios mismo quiso compartir las mayores dificultades de la vida del hombre y les dio un sentido con su Resurrección. Jesús demostró que la muerte no tiene la última palabra en la vida del hombre y es un tránsito hacia la verdadera vida.

Hace unos días el papa Francisco decía: «Jesús no es uno que se adapta al mundo, tolerando que en él perduren la muerte, la tristeza, el odio, la destrucción moral de las personas… Nuestro Dios no es inerte, sino que nuestro Dios —me permito la palabra— es un soñador: sueña la transformación del mundo, y la ha realizado en el misterio de la Resurrección» (Audiencia del 17 de mayo de 2017).

El camino que debe recorrer todo ser humano es el de descubrir el sentido de los diversos acontecimientos de su vida. El que nos preguntemos si Dios nos ama no pretende desafiar a Dios, ni insinuar en él error alguno, debilidad o indiferencia. «Nuestro grito es, como las palabras de Jesús en la cruz, el modo extremo y más profundo de afirmar nuestra fe en su poder soberano», decía el papa Benedicto XVI (Deus caritas est, 38). El cristiano descubre en la Encarnación de Jesús que Dios es cercano, que se ha hecho prójimo de cada uno de nosotros, que conoce nuestro nombre y nos ama con amor eterno.

El día siguiente al encuentro con don Rodrigo se celebró la Santa Misa en la parroquia del pueblo. Y allí, en medio de los asistentes, estaba él. Se había reconciliado con Dios en su corazón. Había descubierto en su interior que la muerte no tiene la última palabra, pues Cristo la venció definitivamente con su Resurrección. En ese instante también pensé que la respuesta al mal en el mundo también la deberíamos dar cada uno de nosotros, usando correctamente nuestra libertad, acompañando a quienes sufren, alegrando la vida de quienes se sienten tristes, acercándonos a los abandonados. En fin, transmitiendo a los demás el mensaje que Jesús compartió con el ser humano, esa certeza resistente, altamente contagiosa, que, si llega a arraigarse suficientemente en el corazón de cada uno de nosotros, puede cambiar el mundo: Dios es amor y nos ama de verdad.

Previous post
The Prayer Riddle
Next post
Chastity Makes the World Go Round

No Comment

Deja un comentario

Back
SHARE

¿Es verdad que Dios nos ama?