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Entre Nazaret y Gólgota: la Madre y el Hijo

El año litúrgico a veces tiene el poder de llevarnos de un lado de la historia de la salvación al otro en el espacio de pocos días. Dentro del arco de tres semanas hemos celebrado la solemnidad de la Anunciación, el momento de la Encarnación, cuando Cristo, el Verbo eterno de Dios, bajó del cielo y se hizo carne. Luego pasamos a la Semana Santa, cuando el mismo Jesucristo padeció y murió por nosotros en la cruz. Por fin, llegamos al Domingo de la Resurrección y la celebración del triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte y el pecado. Me preguntaba especialmente sobre los primeros dos, ¿qué tienen que ver estos dos momentos el uno con el otro? ¿Qué tiene que ver la alegría de la Encarnación con la tragedia del Calvario?

Una pista se puede encontrar en una mirada a nuestra Madre, María. Pienso en lo que estaba atrás de su encuentro con Gabriel. Ella se había consagrado a Dios con un voto de castidad, y eso era parte de su confusión al escuchar que sería madre del Mesías. ¿Cómo será eso? No conozco hombre. Lo que María había hecho era una locura para su sociedad; la gloria de una mujer judía era sus hijos. En sus corazones tenían la esperanza incluso de ser madre del Mesías. Sin embargo, ¿qué había hecho María? Había ofrecido esta posibilidad, este honor, esta gloria, a Dios. Su vientre no iba a acoger nueva vida; a los ojos del mundo, se había condenado a muerte. Precisamente eso permitió a María ser madre del Mesías. Ella no lo buscó, y por eso era digna. Lo que fue una locura, una sentencia de muerte, fue fuente de vida, de la Vida, por el poder de Dios.

Y ahora se ve la conexión entre Nazaret y Gólgota. La muerte de Jesús fue, a los ojos del mundo e incluso de sus propios discípulos, una locura, un fracaso. ¿No era el Hijo de Dios? ¡Qué baje ahora de la cruz, qué se haga según nuestro concepto del Salvador, y entonces le creeremos! Pero ¿no nos dijo Jesús, que si el grano de trigo no cae a tierra y muere, permanece un solo grano, pero si muere producirá fruto abundante? Jesús se hizo ese grano de trigo, el cordero pascual que al morir nos trae la vida. ¡Qué misterio! Y qué hermoso ver cómo María lo vivió también en la Anunciación. Madre e Hijo estaban unidos, no solo físicamente, pero también en su amor al Padre hasta el final. Pidamos que ella nos ayude a comprender y vivir según el ejemplo de Jesús, para que nosotros también podamos ser fuente de vida para las personas que encontramos cada día.

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