Entre el bien y el mal

“Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros». Jesús respondió: «No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y el que os dé a beber un vaso de agua porque sois de Cristo, en verdad os digo que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te induce a pecar, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te induce a pecar, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies a la gehenna. Y, si tu ojo te induce a pecar, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos a la gehenna, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Todos serán salados a fuego.” (Mc 9,38-43.45.47-48 / XXVI Domingo Ordinario B)

 

 

Siempre me ha parecido fuerte este evangelio. ¿Cortarse la mano o el pie, sacarse el ojo? Eso parece bastante extremo. Y poco antes Jesús había dicho que “quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí“. Pero todos nosotros sentimos en nuestro interior algo muy diferente: una ruptura, una guerra de jalar la cuerda que nos sacude de un lado a otro. Las palabras de san Pablo son nuestro pan de cada día: “No hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo” (Rom 7,19).

Estos días, al meditar sobre este evangelio, lo vi de una manera diferente. El sentido de purificación que descubrimos en la segunda parte del evangelio está clarísimo y es necesario para el crecimiento en la vida espiritual. Quizá no tenemos que mutilar nuestro cuerpo, pero sí tenemos que eliminar de nuestra vida todos aquellos aspectos que nos están alejando del Señor. La ascesis, la purificación, jamás será fácil… pero nadie dijo que el cielo sería gratis.

Por otro lado, la primera frase de Jesús quizá tenga más sentido si la modificamos un poco: “quien hace un milagro en mi nombre no debería luego hablar mal de mí“. Jesús es demasiado bueno y misericordioso; le encanta pensar lo mejor de cada persona: sueña cada día con eso. Y no nos quiere dejar con sentido de culpa. Por eso, no lo formula como un reproche, sino como una invitación: si estamos con Él, deberíamos estar con Él al 100%. Siempre vamos a sentir ese jalón del lado del mal, pero tenemos la certeza de que el bien siempre va a triunfar sobre el mal. Incluso ese poquito de bien que encontramos en nosotros nos va a ayudar a vencer y purificar el mal que nos ataca cada día. Pidámosle hoy al Señor que nos llene de su gracia para poderle servir con manos puras, pies nuevos y ojos que brillen con su Gloria.

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