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Enciende en ellos el fuego de tu amor

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».” (Jn 20,19-23 / Domingo de Pentecostés A)

 

 

Esta Semana Santa tuve una experiencia interesante durante la Vigilia Pascual. Como no había suficientes sacerdotes en la zona, me tocó dirigir la liturgia de la palabra el sábado en la noche. Los misioneros de la comunidad donde estábamos habían preparado una gran fogata, símbolo del Sol Naciente, Jesucristo. Y llegó la hora de encender el cirio pascual… Como buen novato, intenté acercarme con el cirio en las manos. ¡Mala decisión!

Ya estaba sudando, del puro calor que hacía ese día a las 7:00 de la tarde. Aun a como dos metros del fuego, me choqué con una pared de calor insoportable. Di un paso más y me estaba quemando. Menos mal que uno de los misioneros usó un palo para sacar una rama encendida. Con la rama, le dio luz a su vela… y con su vela, pudimos encender el fuego del cirio pascual.

Creo que todos nos hemos quemado alguna vez. Sabemos que las cosas calientes no se tocan; mucho menos el fuego ardiente… Uno no puede salir igual de un encuentro con las llamas. Ése es el Espíritu Santo. El fuego que arde en el Corazón de Dios. No podemos encontrarnos con Él y salir indiferentes. Basta ver a los apóstoles: primero estaban encerrados por el miedo y después salen a predicar a todo el mundo, aunque les pagaran con sufrimientos, torturas, persecuciones y hasta las muertes más atroces. Fue tan radical el cambio que llegaron a pensar que andaban bien bolos*.

Pero así como ese día casi salgo como pollo rostizado, recuerdo también aquellos días de invierno en mi noviciado. Nos encontrábamos en el norte de Italia y hacía frío, mucho frío… al menos para alguien que viene del calorcito sabroso de San Sivar. Créanme que la había calefacción… pero nosotros no la sentíamos. Por la construcción de la casa, había momentos del día en que estaba más caliente afuera que dentro. Pero el salón más caliente, era el comedor. Allí teníamos una chimenea que llenábamos de leña antes de cada tiempo de comida. La comida era riquísima, y comérsela en ese calorcito tan suculento era insuperable.

Por eso el mismo Nuevo Testamento nos dice que el Espíritu Santo eligió “lenguas como de fuego” para hacerse visible al descender sobre los apóstoles aquel día de pentecostés (Hech 2,3). No sólo nos cambia y nos llena de energía: el Espíritu Santo también nos envuelve en su paz: “Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros»”.

Que no pase el día de hoy sin que le hayamos pedido al Señor el don de su Espíritu: ¡Ven, Espíritu Santo! Que Él nos llene de su fuego ardiente para salir a conquistar el mundo entero para Cristo. Y que nos llene también de su paz, para poder sobrellevar todas las pruebas y dificultades del camino.

 

*bolo (El Salvador): borracho, ebrio

 

 

Foto: bunzellisa

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

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