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El camino hacia la libertad

My name is Lester Burnham. This is my neighborhood. This is my street. This is my life. I am 42 years old. In less than a year, I will be dead. Of course, I don’t know that yet, and in a way, I’m dead already. (…) That’s my wife Carolyn. See the way the handle on those pruning shears match her gardening clogs? That’s not an accident. (…) Man, I get exhausted just watching her. She wasn’t always like this. She used to be happy. We used to be happy. My daughter, Jane. Only child. Janie’s a pretty typical teenager – angry, insecure, confused. I wish I could tell her that’s all going to pass, but I don’t want to lie to her…Both my wife and daughter think I’m this gigantic loser. And they’re right. I have lost something. I’m not exactly sure what it is, but I know I didn’t always feel this — sedated. But you know what? It’s never too late to get it back.” American Beauty

(“Me llamo Lester Burnham. Este es mi barrio. Esta es mi calle. Esta es mi vida. Tengo 42 años. En menos de un año habré muerto. Claro que eso no lo sé aún y, en cierto modo, estoy ya muerto. (…) Esta es mi mujer, Carolyn. ¿Te has fijado en que el mango de las tijeras de podar hace juego con sus zuecos? No es casualidad…(…) Dios, me agoto sólo con verla. No ha sido siempre así. Antes era feliz; éramos felices. Mi hija Jane. Hija única. Jane es la típica adolescente malhumorada, insegura, confusa. Me gustaría decirle que se le pasará, pero no quiero mentirle. Tanto mi mujer como mi hija piensan que soy un gran perdedor. Y tienen razón, he perdido algo. No estoy muy seguro de lo que es, pero sé que no siempre me he sentido tan…sedado. Pero, ¿sabes qué? Nunca es tarde para recuperarlo..” American Beauty)

El camino hacia la libertad

La ruta hollywoodiense hacia la iluminación

American Beauty, Hacia rutas salvajes (Into the wild), El club de la lucha (Fight Club)…entre otras muchas películas, son historias que tienen un elemento en común. Nos presentan personajes que se saben esclavos, que sienten que están viviendo vidas inauténticas, existencias vacías. Personas que de golpe se dan cuenta de que se les va la vida, y que no son felices. Y experimentan por ello un gran anhelo de libertad, de belleza, de verdad. Libertad y verdad que sienten que está ahí, a su alcance, que tienen sólo que ser suficientemente fuertes y valientes para alcanzarlas. Como el protagonista de El Show de Truman que, pese a lo que le diga su amigo, intuye que la vida no se acaba en New Haven, intuye que está hecho para Fiji y para las islas vírgenes, y que allí irá en cuanto sea capaz de afrontar sus miedos.

El ejemplo más evidente es American Beauty, en el que prácticamente todos y cada uno de los personajes está llevando vidas inauténticas, falsas, vacías. El padre, que se sabe un perdedor, y que vive una existencia “sedada”, de días grises y aburridos. La madre, que trata en vano de reprimir el llanto y de ocultarse su fracaso matrimonial y profesional a base a mantras de automotivación y de hacerse violencia para ser fuerte. La hija, preocupada por cambiar su aspecto físico, y, sobre todo, su amiga, que juega a hacerse la seductora y a aparentar ser “sexualmente madura” para hacerse la interesante y ganar una seguridad de la que carece. El amante de la mujer, y su lema de que, para ser una persona de éxito, lo primero es aparentarlo…y cómo eso le llevará finalmente a abandonar a Carolyn.

El club de la lucha (Fight club) es otra parábola de la vaciedad de la vida consumista de la sociedad occidental contemporánea, de la que hemos hablado en alguna otra ocasión, y, Hacia rutas salvajes (Into the wild), nos habla de un joven que, asqueado por la sociedad que le rodea y, sobre todo, por la mentira en la que han vivido sus padres, lo deja todo y se dirige a Alaska, a vivir sólo en las montañas.

Pero, ¿por qué este sentimiento de náusea, de asco por su vida? ¿De qué se sienten esclavos? ¿De qué buscan liberarse?

El primer elemento es el trabajo, el ritmo esclavizante que les impone la vida. Lo vemos en Fight club, con Edward Norton, sonámbulo, sacando fotocopias en una inodora, incolora, insípida oficina. Lo vemos en el despechado discurso de Tyler Durden a los miembros del club:

I see in the fight club the strongest and smartest men who’ve ever lived. I see all this potential and I see squandering. God damn it, an entire generation pumping gas, waiting tables, slaves with white collar. Advertising has us chasing cars and clothes, working jobs we hate so we can buy shit we don’t need.

(Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos)

Así, Lester, el prota de American beauty, admira a su joven vecino por la libertad con la que renuncia a su trabajo, y lo acabará imitando, chantajeando al jefe en una jugada que nos recuerda a Edward Norton, que hace lo mismo en Fight Club

El segundo elemento alienante, estrechamente relacionado con el anterior, es la esclavitud de las cosas, del consumismo. Recordamos, por supuesto, a Cristopher Mc Candless donando todo su dinero y dejando su coche tirado en medio de la nada. Recordamos la escena “Ikea” del Club de la lucha

“You buy furniture. You tell yourself, this is the last sofa I will ever need in my life. Buy the sofa, then for a couple years you’re satisfied that no matter what goes wrong, at least you’ve got your sofa issue handled. Then the right set of dishes. Then the perfect bed. The drapes. The rug. Then you’re trapped in your lovely nest, and the things you used to own, now they own you.”

(“Compras muebles. Te dices a ti mismo: «Este es el último sofá que necesitaré en toda mi vida». Compras el sofá y durante un par de años te sientes satisfecho de que, aunque no todo vaya bien, al menos, has sabido solucionar el tema del sofá. Luego, la vajilla adecuada. Luego, la cama perfecta. Las cortinas. La alfombra. Finalmente, te quedas atrapado en tu precioso nido y los objetos que solías poseer ahora te poseen a ti.”)

…y el famoso discurso de Tyler:

“You are not your job, you’re not how much money you have in the bank. You are not the car you drive. You’re not the contents of your wallet. You are not your fucking khakis”

(“No sois vuestro trabajo. No sois vuestra cuenta corriente. No sois el coche que tenéis. No sois el contenido de vuestra cartera. No sois vuestros pantalones”)

Y, en igual dirección, la discusión de Lester con su mujer en American beauty:

CAROLYN: This is a $4,000 sofa, upholstered in Italian silk. This is not just a couch.

LESTER: It’s just a couch! (..) This isn’t life, it’s just stuff. And it’s become more important to you   than living. Well, honey, that’s just nuts.

(“¡Es solo un sofá! No es la vida, es sólo una cosa, y se ha vuelto más importante para ti que la                  vida”)

Por último, la esclavitud de una sociedad hipócrita y de sus estándares sociales, que hace exclamar a Mc Candless, citando a Thoreau, aquello de

Rather than love, than money, than faith, than fame, than fairness… give me truth

Una sociedad en la que Carolyn le recuerda a su marido que debe comportarse en la fiesta como si fuera feliz, ya que la imagen que proyectan es importante para su negocio. “Small wonder” que luego Lester afirme que

“Our marriage is just for show. A commercial for how normal we are when we’re anything but”

(“Nuestro matrimonio es una farsa; propaganda de lo normales que somos cuando somos todo menos eso”)

Una sociedad que nos hace vivir en piloto automático una existencia ya diseñada, tal como denuncia el monólogo inicial de Trainspotting:

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así?”

Y, por supuesto, otras películas como El show de Truman o Matrix plantean directamente la pregunta sobre la verdad de ese mundo que nos han puesto delante de los ojos, de esas verdades que la “sociedad” quiere hacernos creer.

Falsas soluciones: algunos callejones sin salida

Pero, ¿qué propuesta en positivo nos presentan estas películas? ¿Qué plan de liberación nos sugieren?

Parece que muchas tienen en común el ideal de repetir o eternizar la adolescencia. Lester añora los tiempos de juventud en que toda su preocupación era un trabajo de poca monta y vivir de fiesta en fiesta. Liberarse será para él volver a fumar marihuana, comprar el coche deportivo que siempre quiso y no dejar que nadie le diga lo que tiene que hacer. Un rasgo distintivo de esta estrategia es buscar la total ausencia de vínculos, que persigue, en el fondo, McCandless, cuando se va a Alaska en solitario, evitando atarse a la chica de la que se está enamorando, y que persigue Lester al pedir el trabajo con la mínima responsabilidad posible. Otro rasgo sería el de seguir sólo los propios instintos, que en Trainspotting consiste en drogarse (¿quién querría razones o motivos cuando tienes heroína?), y en Fight club consiste en exaltar, como valores “auténticos” frente a la falsedad de la sociedad, la violencia gratuita y el sexo “como deporte”. En realidad esta película va más allá, y propone convertirse en el Übermensch, el super-hombre de Nietzsche, más allá del bien y del mal…

¿Resultados?

Hemos visto las esclavitudes de nuestros protagonistas, y sus tentativos por alcanzar iluminación, liberación, redención. Ahora bien, estos intentos, ¿dan en la diana? ¿logran su objetivo?

No lo tenemos muy claro en el caso de Jack/Tyler, que realiza su camino de liberación (“¡suéltate!”) según el itinerario indicado por Nietzsche: del camello esclavizado (Edward Norton) al león del “yo quiero” (Tyler) hasta alcanzar, con el gesto supremo de renuncia (el pseudo-suicidio final), la libertad creadora del niño, que crea sus propios valores. El extravagante final, de la mano de la chica y contemplando las explosiones, no nos dice cómo siguió su vida al día siguiente, ni parece dejarnos un mensaje muy claro. La secuela de Chuck Palahniuk, en forma de cómic, tampoco parece presentarnos a un personaje realmente pleno y liberado.

De Cristopher Mc Candless sabemos que no logró su objetivo. Los únicos destellos de liberación y redención (la muerte serena, contemplando el cielo, y el mensaje de despedida anunciando que ha sido feliz) provienen precisamente de haber conocido la verdad, aunque fuera demasiado tarde: esto es, que necesitaba a los demás (“Hapiness only real when shared”). Que la vida, la felicidad, la plenitud que anhelaba…no brotan de sí mismo, no se producen por generación espontánea. Rosseau se equivocaba, y Mc Candless ha pagado el precio. El buen salvaje no es automáticamente feliz. Puede que las aguas turbias de la sociedad no te hayan saciado, pero sigue siendo verdad que tienes sed.

American beauty parece sugerir que el dar rienda suelta a los instintos no es la solución. La obsesión del protagonista a lo largo de toda la peli es acostarse con la quinceañera amiga de su hija…y, sin embargo, el culmen de su realización, de su liberación, es sorprendentemente un acto de abstinencia, de castidad: capta en un instante la fragilidad de la adolescente, y reacciona como un padre, en vez de como un seductor. Acalla las hormonas para seguir lo que está llamado a ser: para vivir la verdad de su vida y de su existencia. Pero tampoco en su caso nos queda muy claro qué hubiera pasado, si no fuera por su trágico final. Su actuación final con Angela, en el momento culmen, nos habla de redención y de iluminación, y sus últimas palabras y gestos lo transmiten. Pero no sabemos qué hubiera hecho de ese momento en adelante, ni qué rumbo hubiera dado a su vida. Su voz final en off nos habla de una liberación, sí, pero que ha alcanzado más allá de los círculos de este mundo. Y esto nos lleva a preguntarnos si el hombre puede salvarse a sí mismo; si tratar de romper por uno mismo sus cadenas no es un poco como tratar de sacarse del pantano tirando muy fuerte de los propios pelos hacia arriba.

“Para ser libres os liberó Cristo”: una Teología de la liberación

Es en este contexto en el que creo que tiene sentido repensar lo que afirmamos cuando los cristianos decimos que Cristo es nuestro Salvador, nuestro Redentor, el que nos ha liberado. Mucha gente parece creer que eso sólo significa 1) que Cristo nos llevará al cielo dentro de cuarenta, sesenta u ochenta años, cuando me muera y 2) que Cristo quita de mi cuenta bancaria del cielo una deuda llamada pecado, de la que, si no me hubieran hablado los curas, nunca hubiera sabido que existe….

Sin embargo, si la liberación del Señor es real, si Él de verdad ha sido “ungido para dar libertad a los cautivos”, ésta no puede reservarse sólo para un hipotético más allá. Tiene que ser, en cierto modo, verificable ya, aquí y ahora. No con una evidencia que obligue a creer, sino como un signo que invite a la fe. Ante Juan el Bautista que duda, Cristo no le responde con las pruebas tomistas de la existencia de Dios: le señala todas esas personas que ha curado y liberado de sus males: son los signos vivientes del Reino que está ya entre vosotros. En ese sentido, creo que Cristo quiere traer hoy libertad al hombre, también para las sofisticadas cadenas de la sociedad consumista occidental. También para ti.

¿Cómo nos libera Jesucristo de las prisiones que hemos enunciado?

La Biblia nos habla de un hombre que tiende a caer esclavo de los ídolos: hoy hablaríamos, como hemos ya hecho, del trabajo, del dinero, del poder, del sexo, de su egoísmo narcisista. Decía Don Fabio Rosini que un ídolo es una imagen, una visión que te formas (de tu futuro, de lo que “necesitas” para ser feliz, etc…), a la que adoras y ofreces sacrificios. Esperas que te dé la vida, y en realidad eres tú el que le entregas la vida al ídolo, que acaba por consumirte…como hemos visto en las pelis ya mencionadas.

Y aquí hay que introducir una verdad de Perogrullo: cuando existe un solo Absoluto en tu vida, todo lo demás pasa a ser relativo. No sin valor, no poco importante, pero relativo, puesto debajo del Absoluto en tu escala de valores. Si el Absoluto te basta (y realmente te basta), si Dios realmente te da la Vida, la felicidad, entonces no te someterás a otros ídolos a cambio de un chute de heroína que te haga sentir vivo por un rato. Por eso decían los rabinos judíos que quien acepta el yugo del Reino de los cielos queda libre de los yugos de todos los “señores” y dominadores del mundo, y el filósofo judío Filón indica que el que se aleja del servicio de Dios, que es misericordioso, se convierte necesariamente en esclavo de las creaturas, con lo que se pierde toda esperanza de libertad. Ésa es la libertad de espíritu que nos muestra Jesús de Nazaret en el Evangelio:

Cristo es un hombre libre porque tiene un solo Señor, el Padre, y porque no ha apegado su corazón interesadamente a ninguna creatura (…) No puso su corazón en los bienes de la tierra, pero tampoco los despreció, y llegado el caso, supo usarlos con la misma libertad de espíritu con la que en otras ocasiones prescindía de ellos.

Y ese Bien Absoluto nos garantiza la vida, empezando por la necesidad fundamental: la de ser amados, la de sabernos y sentirnos amados. La mirada de Dios, de Cristo sobre tu vida supone el amor fundante que te asegura tu propio valor. No necesitas bailar al son de la aprobación ajena, porque, antes de hacer nada, antes de merecer nada, eres amado, eres valioso. Tu vida es bella, tu vida merece la pena. Si se experimenta esto, no se desprecia la opinión ajena, pero tampoco se hace de ella el fundamento de la propia autoestima. Me decía otro seminarista, amigo mío, que cada vez que alguien le dice algo hiriente, él le “responde” mentalmente “Tú no eres Jesús”. Esto es: mi valor no depende de lo que tu opines de mí, mi valor depende de la mirada de Dios sobre mí. No sirve decir simplemente “yo me quiero, y eso me basta”. No es cierto, no funciona. Los hombres necesitamos ser validados por otro, estamos hechos así. La propia aprobación es condición necesaria pero no suficiente. Es la certeza del amor infinito de Dios la que produce tíos con la libertad de un San Francisco de Asís o un San Felipe Neri, que se saben amados, saben quiénes son y a dónde van, y que pueden, por ello, ponerse el mundo por montera sin necesidad de mantras de autoayuda.

Naturalmente, todo esto no se da como fruto de un razonamiento intelectual. Leer este artículo no te liberará. El encuentro personal con Jesucristo sí lo hará. Búscale en la Eucaristía, en el silencio de tu corazón, en el Evangelio. Búscale con sinceridad y con insistencia, y te aseguro que no te defraudará, sino que hará tu vida cada día más plena y más libre. Que la Fuerza (del Espíritu Santo) te acompañe en tu camino.

Más sobre este tema en: http://www.lcblog.catholic.net/venga-tu-reino

#AntropologíaExistencial

Felizmente consagrado a Dios como religioso legionario de Cristo. INFJ, Libra, 0 negativo ;-) 2% práctico. Entre mis aficiones: amar a Dios, servir a los hombres, conquistar el mundo para Cristo.

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