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El viejo de Navona. (Cuento de Navidad)

Por Javier Gaxiola, LC

Era veintitrés de diciembre y un joven esperaba de pie junto a uno de los elegantes y artísticos faroles de la plaza Navona. La secuencia de sus miradas, que regresaban siempre a su reloj, revelaban su larga espera. Llevaba un abrigo gris algo anticuado para su edad, seguramente heredado o al menos de segunda mano. Cuando Luis vino a Roma por primera vez llegó con una sola maleta y una mochila. No traía abrigo, acostumbrado al templado clima de las Américas. Para él, abrigarse era “de viejas o de viejos”. Tener frío era una debilidad. Pero Europa y el tiempo lo habían cambiado bastante. Ahora se abrigaba antes de salir, entre otras cosas. Su poca experiencia con prendas para el frío le hacía parecer mayor. Poco le importaba. Miró de nuevo el reloj y volteó hacia la banca más cercana, en la cual ya se había sentado dos veces en ese rato.

El escaño de madera estaba ahora ocupado por un viejo, vestido y abrigado parecido a él. Llevaba un sombrero duro como de magistrado, una barba blanca bien arreglada y ojos profundamente azules. Las medidas de sus prendas coincidían a la perfección con su esbelta figura. Su presencia le hizo pensar que seguramente de joven habría sido alguien importante y un excelente partido para las damas europeas de alcurnia. “Un noble venido a menos” pensó el joven, de pie junto al farol, discerniendo si debía sentarse de nuevo para seguir esperando. Con una mano en la bolsa y otra en su celular miró a izquierda y derecha, caminó lentamente hacia la banca, sin prisa y con la ingenua esperanza de que sus amigos llegaran y no fuera necesario compartir suertes con el supuesto miembro de la anticuada nobleza europea. Mientras se acercaba, se dio cuenta de que el viejo hablaba y gesticulaba en perfecto español y pensó que usaría algún dispositivo manos libres para hablar por teléfono; pero entre más se acercaba, confirmó lo que temía: el viejo hablaba sólo. Su castellano era latino, mexicano tal vez. El joven olvido su espera y el semblante caballeresco del viejo mezclado con su acento sudamericano terminaron por atraerlo. Se sentó en el otro extremo de la banca y continuó su tecleo con el celular, fingiendo no haberse percatado de los apartes del viejo.

Fuera quien fuera, tenía estilo. Sus pantalones estaban impecables y perfectamente planchados, y a pesar de ser viejo no parecía haber perdido su sentido de belleza y de la estética. Un minuto después, el viejo sacó su cigarrera plateada y antes de tomar su cigarrillo se la acercó al joven, elevando sus rubias cejas expresivamente y clavándole sus ojos azules.

– No, grazie! – respondió el joven con una sonrisa agradecida.

El viejo tomó su cigarrillo y después de encenderlo y sacar el primer humazo dijo:

–Hablo español… y no estoy loco.

Dio otra calada al cigarrillo y volvió a mirar a Luis, quien sonrió de nuevo por compromiso y no supo qué contestar.

– Lo digo por si me viste hablando sólo antes.

El joven interpretó de nuevo el papel de absoluta ignorancia y fingió demencia.

– No sé de qué me habla señor.

– Sí lo sabes. – increpó el viejo –Eres venezolano. Los sudamericanos son muy listos hijo, eso lo sé yo.

El joven cambió la cara. ¿Cómo sabría que era de Venezuela? Seguro tendría un oído prodigioso y habría vivido un tiempo en Sudamérica, con lo cual reconocía el acento caraqueño apenas con unas breves palabras. De todos modos, el viejo se había brincado la cerca y había penetrado sin permiso los límites de su intimidad. Se decidió a seguirle el juego.

– ¿Y usted cómo lo sabe? ¿Por el acento o es brujo?

– No, no. Porque me lo dijo tu ángel antes de que te sentaras.

Luis supo entonces que el abuelo estaba chalado. Delante de él, se acercaron varias palomas buscando migajas entre el empedrado y aprovechando la distracción pensó en levantarse e irse de ahí, pero decidió en cambio seguirle el cuento al loco. Después de todo no daba señales de ser agresivo, sino todo lo contrario. Además estaba sólo y no tenía nada mejor que hacer, aparte de abrir y cerrar por enésima vez las aplicaciones de su celular y continuar su taciturna espera.

– ¿Con mi ángel? –atacó Luis sonriendo– Y ¿de qué hablaban?

– Entonces me crees.

–No lo sé aún.

– Esta bien, –dijo el viejo frotándose las manos– te contaré la historia sólo porque mañana es Navidad.

El viejo no era un noble venido a menos. Era un ángel reducido al estado encarnado. Le contó con muy grandes saltos su historia desde su creación, la gran batalla y su función dentro del ejército angélico. Él era un serafín cuyo oficio era el de dar gloria a Dios en la corte celestial.

– Siempre me dieron curiosidad los humanos, y le decía a Dios que si porqué no me dejaba encarnarme. Nunca pensé que se lo tomaría enserio – dijo resignado.

La historia continuaba. Estaba ya demasiado avanzada y Luis no había intervenido. Dando por supuesto que el viejo era un ángel, todo lo demás era creíble. La coherencia interna del relato entretuvo al joven. En un momento el viejo se puso serio y continuó:

– No tienes ni idea de lo que significa pasar de ser espíritu puro a ser un prisionero de un cuerpo. Cuando me vi encarnado por primera vez, me di cuenta que no sabía lo que había hecho. Dios me advirtió siempre que una vez encarnado tendría que seguir las reglas del juego con todas sus consecuencias. Perdí mi inmortalidad, mi impasibilidad, mi ciencia infusa, mi bondad original y maldije una y otra vez este cuerpo y naturaleza caídas. Pasó el tiempo y descubrí que podía seguir comunicándome con los ángeles de los hombres, lo cual me resultó un alivio. Aprendí a orar, recibí la comunión y entonces tomé fuerzas para emprender la vida. De todos modos son cosas que no puedes entender. El cielo no tiene comparación. Ustedes los hombres no tienen ni idea.

Luis aprovechó la molestia del viejo para provocarlo.

– ¿Ustedes los hombres? Hablas como si no fueras uno.

– Cierto hijo. Cuando recuerdo mi pasado, olvido mi triste presente. Recordar es vivir.

En este momento Luis no se aguantó la risa, y soltó varias carcajadas. Pensó que el viejo era un fanático religioso, tratando de experimentar sus métodos proselitistas con quien se le cruzara. Pero el viejo continuó haciendo caso omiso de la burla y encendió su segundo cigarrillo.

– El cigarro le hace daño, por más ángel que haya sido – dijo el joven como picándole.

– Lo sé. – dijo guardando la cigarrera y el zippo en el bolsillo.

– Y si tanto sabe ¿porqué lo hace?

– Por la misma razón con que tu descuidas tu alma. Yo descuido mi salud porque en realidad no me importa mucho mi cuerpo. Y no está bien, pero esa es la razón chico. Tu descuidas tu alma porque no te importa mucho ya.

Luis venía de una familia católica hasta el tuétano. Habría llegado a Roma para estudiar en el Centro experimental de cine hacía dos años. En Venezuela participó activamente en grupos de oración y brigadas católicas, pero Europa lo había cambiado. El viejo ángel tenía razón, y no podía negarlo. Sin embargo, el viejo seguía siendo un loco desconocido, sin pasaporte en su país interior y sin derecho a traspasar los límites de su vida personal. Esta vez le puso un freno en seco.

– ¿Usted qué sabe? Lo dice como si me conociera. Yo soy muy católico.

El viejo no le puso atención. Se distrajo con los vendedores ambulantes venidos de la India que abarrotan las plazas romanas en temporadas altas. Volviendo de repente en sí, se dio cuenta de que el joven traía una pequeña bolsa navideña que se asomaba del bolsillo del anacrónico abrigo, y le preguntó con educación qué había comprado. Luis, enganchado aún con la impertinencia del viejo, le mostró un nacimiento miniatura que había comprado durante su previa espera en la plaza. El viejo lo tomó y lo acercó a sus ojos.

– No tienen ni idea. – dijo regresándolo con una cara de desprecio e indignación.

– Ahora me dirá que usted estuvo ahí.

– Háblame de “tú” hijo. Entre los amigos de Jesús nos hablamos de tú. Y sí, estuve ahí.

Entonces comenzó la historia de Belén. No era muy distinta a la que tantos relatos han perpetuado a lo largo de los siglos, empezando por la Biblia. Sólo que el viejo recordaba minuciosos detalles, sobre todo los que resaltaban la miseria de la escena. Peste, excremento, frío, suciedad… era muy gráfico al describirlo.

– Como si no fuera poco bajar del cielo para llegar a nacer en una pocilga. – increpó finalmente con enojo.

El viejo contaba que los ángeles presentes aquella noche no sabían qué hacer, y esperaban  alguna teofanía extraordinaria, como en la historia del pueblo israelita: fuego, estruendo, terremoto, relámpagos, viento, luz… no hubo nada de eso. Hubo en cambio soledad, pobreza y silencio.

–Mira… –dijo señalando un nacimiento que habían montado en una de las esquinas de la plaza– Fontanini será muy buen artista, pero no tiene ni idea de lo que fue Belén.

A Luis le vibró el celular. “Estamos a cinco minutos de Navona. Perdón, se retrasó la recogida de maletas. Vamos en taxi.”

– Ya vienen – dijo el joven con sus ojos en el celular, feliz de que su larga espera por fin llegara a su término.

– ¿Ahora me crees?

Luis sonrió de nuevo. No sabía si aquella pregunta esperaba realmente una respuesta.

– Aunque creas que estoy loco, mañana es Navidad chico.

El viejo se levantó de la banca y entonces Luis se dio cuenta de lo alto que era. Tenía una presencia regal imponente y viéndolo así volvía a carecer de cualquier indicio de locura. Volvió a ser el príncipe del inicio.

– No dejes que Europa te cambie hijo. Quédate con lo mejor de los dos mundos.

Sonaron las campanas de la iglesia de Santa Inés, que llamaban a misa. El viejo sacudió su saco, se acomodó su bufanda y extendió su mano hacia Luis.

–Uriel – dijo sonriendo.

– Luis – contestó el joven poniéndose también él de pie, desconcertado por tan extraño encuentro.

– ¡Ah! Y por favor, no hagas con tu alma lo que yo le hago con el cigarro a mi cuerpo. ¿Quieres? – dijo como advirtiéndolo, moviendo el índice como lo hacen los abuelos bonachones.

– Bene, bene! Ciao!

Luis sacó de nuevo el celular y observó de reojo al viejo. Vio que se dirigió a la iglesia y entró quitándose el sombrero. Él joven venezolano caminó hacia el farol donde había quedado de encontrarse con sus amigos y se preguntaba si el viejo de Navona pudiera ser algo más que un anciano elegante y loco.

 

Soy mexicano. Me gusta tocar el piano y comer rico. Me encanta escribir y compartir experiencias con amigos. Me gusta viajar y conocer gente nueva. Estoy enamorado de Cristo y la Iglesia Católica por quien vivo y a quien busco servir con todo mi corazón. Soy Legionario de Cristo en formación.

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