El último profeta

Por Carlos Padilla, LC

La vida parece una mordaz carrera por obtener títulos. Gastamos años luchando por colocar junto a nuestro nombre las siglas de una licenciatura, un doctorado o un puesto de trabajo. Algunos nacen con títulos nobiliarios y otros empeñan su existencia hasta lograr ser: “el gerente”, “el presidente”, “el director”, “el mariscal”.

Dios, con nuestro bautismo, ya nos ha dado el más grande de los  títulos. Me ha nombrado gratuitamente y sin ningún merecimiento: “hijo de Dios”. A esta tremendo título lo acompaña el de: “creatura redimida” y “vertice de la nueva creación”.

Este nombramiento parece ya suficiente como para gloriarnos de tan magnífica elección. Sin embargo aun se puede aspirar a más. Dios ha elegido a una grey, se ha apartado para sí unos cuantos, ha llamado a algunas personas que sin mérito alguno y por puro don reciben el título sin precedentes de: “PROFETA”

Un profeta anuncia, vaticina el futuro, proclama, corrige, guía y sobre todo muestra una realidad que aun no se ve pero que con su palabra y con su vida quedará manifiesta. El profeta es el micrófono de Dios y se convierte en presencia divina en medio del pueblo.

En el Antiguo Testamento ellos anunciaban catástrofes, reprendían a los injustos e impíos, se compadecían de la ignorancia y profetizaban la llegada de un nuevo Reino, de un nuevo modo de vivir, de cielos nuevos y tierras nuevas, ellos además proclamaron la venida del Mesías. Obraban por carisma divino y no por iniciativa humana.

Cuando por fin vino Cristo al mundo y dio cumplimiento a esos anuncios vetero-testamentarios se cerró un ciclo, terminó la época profética, no eran más necesarios estos hombres que  habían ya logrado su cometido…

Justo cuando parecía que había muerto el último de los profetas surgió esa grey de escogidos, ese puñado de almas llamadas por vocación divina a ser profetas…

Así que nos engañamos en pensar que el nombre del último profeta está encerrado para siempre en una Biblia. El último profeta es la persona consagrada.

Me refiero a esos valientes, a esos hombres y mujeres que dejando tierras y posesiones abrazan los bienes celestes y la promesa eterna. Son esos religiosos y religiosas que decidieron entregar su libertad a la obediencia para recuperar una libertad redimida. Estoy hablando de los consagrados y consagradas, monjes, sacerdotes, hermanos y monjas tanto de clausura como de acción que han decidido amar a Dios en cuerpo y alma, renunciando a los caprichos de la carne, para poder amar más intima y profundamente a sus hermanos.

Ellos son el último esfuerzo del corazón de Dios, ellos son su sonrisa, sus brazos, su voz, su rostro, su anuncio.

El papa Francisco lo dejó claro en su discurso a los superiores generales el 29 de noviembre de 2014:

“La prioridad de la vida consagrada es la PROFECIA del Reino que no es negociable. El acento debe ponerse en el ser profeta, no jugar a serlo…asumiendo algunas actitudes pero sin serlo verdaderamente. Los religiosos y religiosas son hombres que iluminan el futuro…”

Pero…¿Qué profetiza el hombre consagrado? ¿Qué está llamado a anunciar el último profeta?

1.- El anuncio de una realidad celeste.

2.- El anuncio de un estilo de vida por el Reino.

3.- El anuncio de una Persona, obrar con la fuerza del Espíritu.

1.- El anuncio de una realidad celeste: ¿En dónde tiene los ojos una persona que vacía su cuenta de banco, para vivir la pobreza? ¿Qué mira aquél que abandona su vida en manos de la obediencia? ¿Qué ha visto y hacia dónde apunta la persona que renuncia a tener hijos biológicos y descendencia según la carne para convertirse en padre o madre que engendra para la vida eterna?

Ante un mundo que grita libertad, vive adorando al placer y se postra ante los dioses del consumismo, los profetas de este tiempo anuncian otros valores: los celestiales.

“Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos” Mc 12:25 Así  se vivirá en el cielo, no habrá marido y mujer, estaremos casados con Dios mismo.

Imaginarlo sería imposible si no tuviésemos cerca a unos testigos de ello. Las almas consagradas profetizan con su vida que esta realidad es vivible, es posible.

Te puedes casar con Dios porque Él primerea, el ha tomado la iniciativa al esposar a su amada, a su esposa Iglesia: “Por eso voy a seducirla; voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón…Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor” hasta aquí el capítulo 2 del profeta Oseas.

Asi viven miles de hombres y mujeres. Ellos responden a esta seducción de Dios realizando toda su sexualidad en el servicio al evangelio. De este modo los consagrados le profetizan al mundo que estamos hechos para vivir en desposorios eternos con Dios mismo, allá arriba Él será toda nuestra riqueza, nuestra mayor libertad y nuestro único amor. En esta tierra tenemos profetas que lo anuncian profesando unos votos de pobreza, obediencia y castidad.

2.- El anuncio de una vida por el Reino: A lo largo del evangelio la palabra Reino se encuentra más de 90 veces en los labios de Cristo. Esta es su revolución: Instaurar un nuevo estilo de vida en donde se gana perdiendo y se es grande humillándose, es la fuerza de la kenosis.

El último profeta continua predicando este Reino que no busca cambiar los signos políticos, las estructuras de poder ni modificar la organización contractual de la sociedad. Su fuerza no está en las tácticas humanas ni en los movimientos políticos. Los profetas consagrados apuestan por la gracia y la acción renovadora que el espíritu va obrando en cada individuo, en cada gramo que es fermento de toda la masa.

Algunos ponen el arado en la tierra del Reino predicando, otros alimentan al pueblo con los sacramentos, la liturgia y la Palabra, otros recorren las zonas de los más pobres y desfavorecidos para sostener sus primeras necesidades. En fin, todos cultivan la tierra del Reino que llegará a su plenitud en la otra vida.

Profetizar nuestra hermandad en Dios como único padre es una de las tareas más fecundas. Este anuncio es tan profundo que no se puede lograr solo con la voz y los brazos. En el centro de la Iglesia late un corazón que bombea la sangre a todo el cuerpo:

Son los profetas silenciosos que trabajan desde dentro y aunque nunca tendrán multitudes frente a ellos ya su predicación está llegando. Si se pasase una vida en el encierro del claustro y en el anonimato de ser raíz obscura para el gran árbol de la Iglesia ya se estaría siendo profeta, se estaría proclamando que la savia del tronco de la salvación se nutre de anunciadores silenciosos.

Esos profetas gritan con su elocuente silencio que su huida del mundo no es un escape cobarde y que no desprecian esta tierra al decidir vivir debajo de ella. Prefieren estar ahí como semilla en un surco fecundo. Gracias a esas almas la vid brinda el vino de la salvación y hace resucitar a sus sarmientos para la vida eterna.

3.- El anuncio de una Persona, obrar con la fuerza del Espíritu: el último profeta no se anuncia a si mismo, apunta al amor de su vida, al amor encarnado, a Jesucristo vivo y presente en el mundo.

Gracias a estos profetas la estancia del Salvador se extiende, se revive y se palpa. Son Jesús en el metro, en las calles, en los orfanatos, en los colegios, en las iglesias, conventos y cárceles. Lo obran con la fuerza del Espíritu, es el Paráclito en ellos quien testifica y renueva la Encarnación. El anuncio del profeta es el es de un Resucitado, profetizan la segunda venida de Cristo, proclaman que sus palabras evangélicas se cumplirán “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”

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