El síndrome post-examen

Terminamos exámenes. Comienza el verano. ¡Libertad! Al fin, tiempo para descansar. No cabe duda que uno de los tiempos más esperados para cualquier estudiante es el verano, ese tiempo bendito donde podremos descansar por algún tiempo de los estudios. Pues bien, el verano ya llegó y con él, una sensación de bienestar y dicha cuando se ve que, al fin, después de tantos esfuerzos, sacrificios y nervios -algunos más, otros menos- vamos a disfrutar del merecido premio de las vacaciones.

Satisfacción, sin duda. Al menos, es lo primero que llega. Pero, poco a poco, percibimos que se nos empieza a infiltrar, en lo más profundo, una leve impresión de insatisfacción, de mediocridad, cuando no de vacío, al ver que todo por lo que habíamos luchado, por lo que nos habíamos matado, es en realidad muy poco, casi nada. Y, si somos sinceros, encontramos que es más lo que hemos dejado de hacer que lo que hemos logrado. Y empiezan a salir a flote una inmensa multitud de deseos no cumplidos, de proyectos frustrados, de iniciativas que nunca fueron, y paulatinamente empiezan a aplastarnos. Quizá esta sensación sea la razón por la que tantos sufren una necesidad asfixiante de salir para distraerse y disiparla, ¿quién sabe?

Y surge la pregunta fatal: “Después de todo, ¿ahora qué? ¿para qué sirvió tanto esfuerzo”. ¿Para qué sirven los estudios? Para pasar los exámenes, Y ¿para qué los exámenes? Pues, para ponernos a estudiar. Y entramos así en un círculo vicioso del que sólo se vislumbra inutilidad y sinsentido. Y llega entonces la frustración ¿Un poco dramático? Podría ser, pero basta un poco de objetividad y parece que, cuanto más nos adentramos en una materia o un aspecto del saber, más nos percatamos de nuestra inmensa ignorancia. Y descubrimos que hay una enorme cantidad de cosas de las que ni siquiera sabíamos que existían.

Señoras y señores: Henos aquí delante del saber humano, una serie de 300 gruesas enciclopedias de las que sólo nos enteramos de dos, llegamos a leer la mitad de una., estudiamos un cuarto de esa mitad y, en menos de dos meses, olvidamos la mitad de lo que habíamos aprendido. “Sólo sé que no sé nada”, llegó a decir Sócrates, mostrando su gran prudencia, o al menos la perspicacia necesaria para disimular su ignorancia. ¡Oh sabia ignorancia!

Delante de panorama tan desolador, puede uno justificar su mediocridad. Mitigarla un poco. Pero, en nada llega a disiparla. El vació sigue ahí. La sensación de mediocridad y de inutilidad permanece. ¡Es el síndrome post-examen!

Un síndrome dichoso, pese a todo. Porque esta sensación puede hundirnos y abatirnos. O también puede convertirse en el comienzo de algo grande. Y así puede ser uno de los más sublimes sentimientos humanos puesto que nos anima a seguir adelante, a seguir luchando. Nos instiga a no instalarnos. Sobre este sentimiento el gran poeta italiano Giacomo Leopardi escribió:

“El aburrimiento es, en cierto sentido, el más sublime de los sentimientos humanos […]el no poder ser satisfecho por una cosa terrena; ni, por decirlo así, por la tierra entera. Considerar la extensión inestimable del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y encontrar que todo es poco y pequeño a la capacidad de la propia alma[…] y siempre acusar a las cosas de insuficiencia y de nulidad, y padecer carencia y vacío, y siempre aburrimiento, me parece la mayor señal de grandeza y de nobleza, que se aprecia de la naturaleza humana”

“Da gracias al Creador por haberte dado un corazón capaz de atormentarse a sí mismo” llegó a decir Dostoyevski. ¡Dichoso sea entonces el sentimiento de vacío! Porque nos abre a la eternidad, a la trascendencia, a Dios. Y no hay nada que traicione más nuestra condición humana que el hecho de instalarnos, de confundir lo efímero con nuestra morada eterna. El hombre es un ser en camino, perfectible, siempre deseoso de más, ¡Y qué Dios nos libre de creernos llenos! Cuando creamos que ya lo tenemos todo, desde ese momento se realiza un suicidio espiritual en el alma. Dios ya no puede llenarla porque esta se ha llenado ya de sí misma.

En el medioevo calificaban al hombre como “homo viator”, hombre viador, andante, en camino. ¡Ay de aquel que se apoltrone, que se vanaglorie de haber llegado a la meta! Ese hombre padecerá tarde o temprano una vergonzosa artritis espiritual y quedará paralizado sin realizarse. Y un hombre que renuncia a seguir en movimiento, a continuar mejorando, le pasará como al cuerpo que deja de respirar y moverse: simplemente muere.

El ser humano, un hombre en camino, un peregrino terreno. Como bien lo expresó Antonio Machado:

“Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar[…]

“Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.”

Y ahora en este verano, ¿deseas algo más? ¿te sientes satisfecho? ¿buscas algo más?

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