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El riesgo de seguir una estrella

Por Javier Gaxiola, LC

Abraham había dejado su tierra, su patria y la casa de su padre. No había sido nada fácil. Dios le había prometido que le daría una tierra y una gran descendencia. La promesa aún no realizada era la única razón por la que él se había arriesgado a emprender la travesía. Del capítulo 12 al capítulo 14 del Génesis, Abraham nunca contesta ni pone en duda la ejecución de las promesas de Dios. Sólo obedece, confía y espera. Yahveh es quien le habla, promete y sigue añadiendo nuevas clausulas a su contrato inicial. En el capítulo 15, Abraham se descubre viejo y sin descendencia. No entiende cómo es que será padre de muchos hijos si ni siquiera ha llegado el primero. Es entonces cuando presenta su primera objeción al plan de Yahveh. “Mi Señor Yahveh, ¿qué me vas a dar, si me voy sin hijos? He aquí que no me has dado descendencia, y un criado de mi casa me va a heredar.” (Gn 15, 2-3) Entonces Yahveh le revela que tendrá descendencia propia y sacándolo fuera le dijo: “Mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Así será tu descendencia.” (Gn 15, 4-5)

Las estrellas son incontables. Ni Abraham ni nadie puede pretender contarlas y abarcarlas todas. Son tan numerosas y tan fuera de nuestro alcance, que mientras se cuentan algunas nacen otras, y las ya contadas dejan de existir. El futuro para Abraham, nuestro padre en la fe, estaba fuera de sus expectativas y de su control. Dios prefería su fe a la claridad de sus cálculos.

Los sabios de Oriente a quienes recordamos con la fiesta de la Epifanía del Señor seguían una de estas inescrutables estrellas. Su extraordinaria aparición en el espectáculo estelar llamó fuertemente la atención de estos instruidos magos orientales. Pero el salto de admirar una maravillosa y extraña estrella a seguirla es mucho más fuera de lo común. Estos hombres eran científicos. Se dedicaban a observar y a encontrar las causas de los fenómenos naturales. No eran ingenuos ni fanáticos religiosos. No eran fáciles víctimas de charlatanes manipuladores que vendían a los ignorantes su alquimia y marrullería de pacotilla. Eran gente instruida y seria.

Observaron la irregularidad de una estrella y fueron capaces de deducir que la aparición de aquella brillante intrusa en su estudiado y conocido firmamento los invitaba a seguirla. Los magos sienten el llamado de seguir una estrella: dejan temporalmente su casa, su patria y se dirigen hacia lo desconocido. Dan un salto de fe y creen que algo grande está pasando. Toman el riesgo de seguir una estrella.

Una estrella entre las millones que hay. Incontables, inalcanzables, tan impersonales y tan lejos de ellos. ¿Qué vieron en aquella estrella que se lanzaron tan presurosamente a seguirla? ¿Cómo es posible que personas con semejante rigor mental se hubieran aventurado a un viaje cuyo destino difícilmente podían calcular con sus telescopios, mapas y brújulas?

Como le sucedió a Abraham, estos hombres se encaminaron hacia tierra desconocida. Pero no detrás de una promesa de Dios, sino atraídos por una estrella. Una estrella que nunca les habló. En su peregrinación habrán tenido todo tipo de dificultades y obstáculos, pero nunca fueron más fuertes que su convicción de seguir la estrella. Sabían que quien quiera que fuera el rey presagiado, tenía que ser alguien fuera de este mundo. Alguien capaz de hacer aparecer una estrella sin precedentes ni previsiones científicas como la que seguían. Creador de los astros y capaz de moverlos a su antojo como juguetes propios. No se podían perder el espectáculo y emprenden decididos una aventura, con intenciones de llegar hasta el último confín de la tierra, si fuera necesario.

Los sabios magos de Oriente llegan a la casa de Belén. Adoran, entran, agachan la cabeza y presentan sus obsequios a los pies de un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Podemos imaginar su asombro al contemplar la escena y ver la humildad y pobreza que reinaban en aquel recinto sagrado. Las dudas son parte de nuestro camino de fe, pero no son obstáculos para creer. Y así como superaron sus dudas mientras seguían su estrella sin aparente rumbo y sin garantías de éxito, vuelven a tomar el riesgo, se arrodillan y adoran en silencio. No son quiénes, por más sabios y entendidos que sean, para decirle al Rey de Reyes cómo debe reinar.

El Dios de Belén rompe esquemas. No siempre responde a nuestras expectativas. Que este día de los Reyes magos aprendamos a rendirnos ante ese Niño desprotegido con sencillez de niños. Regalémosle nuestras dudas y esquemas. Tomemos el riesgo de seguir una estrella y aprendamos a ceder el control de nuestras vidas. Entreguémosle las riendas y adoremos en silencio. Ahí, en el silencio y de rodillas, Dios comenzará a hablarnos en ese Niño y se nos manifestará de la manera que mejor le parezca.

Soy mexicano. Me gusta tocar el piano y comer rico. Me encanta escribir y compartir experiencias con amigos. Me gusta viajar y conocer gente nueva. Estoy enamorado de Cristo y la Iglesia Católica por quien vivo y a quien busco servir con todo mi corazón. Soy Legionario de Cristo en formación.

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