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El problema de la vida y la respuesta chestertoniana: la alegría de vivir

Por Ignacio María Rubio, LC
Es imposible leer a Chesterton y caer en la melancolía. Más aún, es muy difícil leerlo y no quedar contagiado por su espíritu de optimismo ante la vida, una profunda actitud de “alegría” ante cualquier circunstancia que se presente. Como mínimo, después de leer algo suyo – desde un ensayo hasta una de sus novelas – te quedas con un sentimiento de esperanza.
El motivo de este telón de fondo de optimismo vital que envuelve y permea todos sus escritos, tiene una explicación que brota de su misma experiencia. Su autobiografía recoge en un momento clave de su vida, que es el paso de la juventud a la edad adulta, lo que para este gran hombre fue el cruce del Rubicón: una fuerte crisis que le llevo de la holgazanería, la anarquía moral y el cuasi suicidio espiritual a ver el mundo con ojos nuevos… o renovados. ¿Cómo consiguió salir de ese infierno?
Ante todo hay que entender la concepción lo que propiamente entendemos por vida: “Cuando Adán apareció en el Paraíso, como un árbol nuevo, empezó a existir esto que llamamos “vida” (Adán en el Paraíso, José Ortega y Gasset, Obras Completas, vol. I, p.480) La novedad que supone para Ortega la vida del hombre, o la visión que Chesterton tiene de la vida, está muy por encima de lo que una postura cientificista o materialista reduce a biología. La vida del individuo, la vida de la persona humana, es una aventura, un desafío. Tu vida, mi vida… no son algo abstracto: es lo que nos toca más profunda y continuamente. Una extraña combinación entre lo que somos y lo que hacemos, una tarea de “sostenernos en el universo” a la que estamos condenados – en una visión existencialista atea – o que nos es regalada – en la visión chestertoniana -. Y si nos es regalada, encierra en sí todo el amor, la atención, la alegría y la gratitud que implican un regalo. Dirá Chesterton en su “Autobiografía”: “Mi aceptación del universo no es optimismo; es, más bien, una especie de patriotismo”. La realidad y la vida son vistas como algo propio y familiar, mi casa y mi hábitat natural.

El hombre así, en el “quehacer” (en términos orteguianos) de su vida, no es una “cosa” sino un drama. Todo un problema… Un problema que requiere una solución, una respuesta, un sentido. Basta echar una ojeada a los periódicos: no hay día en que no se encuentren resaltados y enmarcados los rincones más oscuros de la naturaleza humana; noticias de fratricidios, guerras, hambre, suicidio, terrorismo… Clara imagen del hombre sumido en el caos de una vida sin sentido, anhelante y loco buscándolo en los extremos más abstrusos o, lo que es peor, seco y hundido en el letargo de una indiferencia sedante y contagiosa. Es este el mal que aquejaba a Chesterton antes de que su espíritu se rebelase contra el sinsentido: “Cuando ya llevaba cierto tiempo sumido en las profundidades del pesimismo contemporáneo, sentí en mi interior un gran impulso a la rebeldía: desalojar aquel íncubo o librarme de aquella pesadilla”. Al querer salir de este estado, por medio de su propia reflexión y acción llegó a formularse un principio de lo que él consideraba una metafísica bastante rudimentaria: “la mera existencia, reducida a sus límites más primarios, era lo bastante extraordinaria como para ser emocionante. Cualquier cosa era magnífica comparada con la nada y aunque la luz del día fuera un sueño era una ensoñación, no una pesadilla” (G.K. Chesterton, Autobiografía). La desesperación no tiene por sí misma fuerza alguna, si no se da en la vida concreta de un individuo concreto; un individuo, por otra parte capaz de contemplar la realidad en general y la realidad de su vida misma con otra mirada, capaz de sonreír ante cualquier problema, ante cualquier situación… y saludar con la mano a cualquier dolor como si fuera un viejo amigo.
Esta renovación interior que se refleja en su actitud ante la vida no fue del todo una conversión. Fue una renovación del espíritu que siempre mantuvo latente, como una joya custodiada con celo en lo más profundo de su ser desde su infancia: una fuerte conciencia de Dios, de la maravilla de su creación, y del asombro y la gratitud que despierta toda realidad y circunstancia en el hombre que sabe verlas con los ojos adecuados. En su magnífica obra “San Francisco de Asís”, Chesterton presenta al humilde fraile en la etapa final de su santa vida, enfermo de muerte y en trance de perder la vista. La única solución viable a su mal es cauterizarle los ojos: quemarle las niñas de esos ojos, admiradores por excelencia de las maravillas de la creación, con un hierro candente. “Cuando sacaron el tizón del horno, el santo se levantó como por cortesía y dijo dirigiéndose como a una presencia invisible: “Hermano fuego, Dios te hizo bello, poderoso y útil; yo te ruego que seas cortés conmigo”. Si existe realmente lo que se llama el arte de vivir, parece que aquel momento debió de ser una de sus obras maestras”. (G.K. Chesterton, San Francisco de Asís)
Es el anterior un feliz ejemplo de un “modus vivendi” que es respuesta al “problema de la vida”. Podríamos decir que la alegría de vivir defendida por Chesterton y por San Francisco de Asís es una clave positiva y apasionada de entender las cosas, los sucesos, las personas… a nosotros mismos. Esto constituye un reto a la mentalidad moderna y su tendencia a buscar la respuesta en un egotismo placentero o en una indiferencia vacía. Lo que intenta hacer Chesterton al presentar esta «joie de vivre», es despertar al hombre para que aprenda a ver las cosas como realmente son… Para ver el mundo con un asombro apropiado y una apropiada gratitud. Tales como las del Pobrecillo que cantaba al Hermano Sol y al Hermano Fuego o la del gigante de las letras inglesas que saludaba a la lluvia o al vendaval con una estruendosa carcajada.
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