El partido decisivo

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Por Andrés Orellana, LC

“Pick your battles” dice el dicho, y es muy sabio. Sugiere concentrar las fuerzas en un asunto de importancia, en vez de dispersarlas en varios a la vez sin tener ningún resultado. “Pick your battles” es decir, escoge tus batallas, viene de la estrategia militar, y es el principio según el cual cuando las tropas son pocas, tengo que escoger bien cuál batalla luchar. Hay batallas que no se escogen. Los equipos del mundial, por ejemplo, no escogieron en cuál grupo estar, ni tampoco contra quién les toca jugar, ni dónde. Pero sí pueden escoger a qué jugadores meter en cada partido. Así también, hay batallas en la vida que no escogemos; pero sí podemos escoger en cuál de todas enfocarnos. Si no escogemos nuestras batallas puede ser que gane las menos importantes, y después no tenga fuerzas para las verdaderamente importantes; o puede ser que disperse mis fuerzas, perdiendo todas las batallas. Si queremos avanzar en una aspecto de nuestra vida, tenemos que escoger nuestras batallas, es decir, decidir a cuál asunto dedicarle las mejores de nuestras fuerzas, porque nuestras energías son limitadas, y es ahí donde hace falta prudencia y sabiduría. La batalla que escojas debe ser decisiva y una que puedas ganar.

Jesús, en su vida terrena, también tuvo sus partidos y sus batallas, y nos da un ejemplo de cuáles batallas escoger: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto…” (Lc 4,1). Jesús se deja guiar por el Espíritu Santo. Consciente de su misión, escogió una batalla que “ya tenía ganada”: la batalla espiritual. Con el Espíritu Santo como aliado no se puede perder. Sin embargo, Jesús tendría que luchar. Tratemos de entender mejor a Jesús.

Jesús tenía claro que tenía una misión que cumplir, y aquel que se oponía a ella era su enemigo. ¿Y cuál era esa misión de Jesús? “Yo he venido para que tengan Vida y la tengan en abundancia” (Jn 12, 44). En su diálogo con Pilato dijo Jesús: “Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.” Hay una relación estrecha entre la Verdad y la Vida. Parece que hay una vida falsa, la que se vive en la mentira. Es la que se vive de cara a los demás y no de cara a Dios. La Vida verdadera es la que se vive en la Verdad, que es Jesús; y esa Verdad nos hará libres. Pero si Jesús es la Verdad que ha venido a liberarnos, su enemigo principal no puede ser otro que el príncipe de la mentira, el demonio. A él se tenía que enfrentar antes que todo. El Espíritu lleva a Jesús al desierto, Lugar del encuentro con Dios, para luchar la batalla en su terreno. Ahí luchará su batalla y ahí Jesús vencerá.  

El campo donde se juegan los juegos más decisivos, las batallas más importantes, es la oración. “Sí” – me dirán- “pero yo cómo puedo escuchar al Espíritu Santo”, y otros: “Yo le hablo, pero ¿Cómo sé qué me quiere decir el Espíritu Santo?” Para escuchar al Espíritu Santo, te propongo dos pasos: 1. Buscarlo y 2. Dejarte guiar.

Buscarlo: Quizás la mejor motivación para buscarlo es darte cuenta de que tú también tienes una misión. Tienes una misión, y para cumplirla, necesitas al Espíritu Santo.

No podemos ver nuestra misión si nos quedamos encerrados en nosotros mismos. Dios quiere que salgamos de nosotros mismos para empezar a encontrarlo en los demás. Él quiere que nos demos cuenta que nos ha dado muchos talentos y oportunidades, no para guardárnoslos para quién sabe cuándo, sino para ponerlos al servicio de los demás. Jesús pasó su vida haciendo el bien, y yo, haciendo el bien, puedo encontrar a Jesús en los demás. Un día un amigo me enseñó una hermosa oración: “¡Jesús, que te vea en los demás para que los demás te vean en mi!”.

Así como Jesús se compadeció de nosotros y vino a bautizarse en el Jordán, así también nosotros debemos abrir los ojos, ver las necesidades de los demás y salir de nosotros mismos para reconocer nuestra misión. Dios nos creó con un proyecto en mente. Pero tu misión no es una misión cualquiera. . Tu misión es única e irreemplazable. Sólo tú la puedes cumplir. Dios, en su infinita misericordia, quiere compartir su misión con nosotros. Tu misión se inserta en la misión de Jesús. Él quiere que lo ayudemos a traer al mundo su salvación, empezando contigo mismo y después con los más cercanos a tí: familia, amigos, compañeros de trabajo, el que te vas a encontrar en la calle, etc. Si no sé cuál es mi misión específica, tengo que buscarla. Mientras más clara tengas tu misión, más claro verás las tentaciones del enemigo. Por eso, ¡Búscalo! como dice el salmista, “Mi alma tiene sed de Ti, Dios de la Vida” (sal 42,2).

Dejarte guiar: por el Espíritu Santo… ¡al desierto!
Si alguna vez has estado en un desierto, sabrás que ahí puedes escuchar algo que casi nunca puedes escuchar: el silencio. En la vida normal, estamos constantemente escuchando ruidos. Ya casi no nos damos cuenta, pero son muchos: el sonido del teclear, un pájaro que canta, los carros que pasan, un avión, un tren, la puerta que se cierra, el teléfono, el celular, el aire acondicionado, la  computadora, etc. Haz la prueba y verás cuántos ruidos escuchas en este mismo momento. Ahora imagínate lo contrario: No tienes celular, ni radio, ni computadora, ni periódico, ni a más nadie: estás en medio del desierto. Así quisieras, no puedes hacer nada, y es inútil empezar a hacer planes. Al principio puede ser muy costoso: siento que necesito los whatsapps, las noticias, el facebook, el teléfono. Pero aguanto la parte dolorosa y siento que, uno a uno, se van apagando los ruidos que hay en mi interior; como si poco a poco me fuera centrando en lo esencial de la vida. Veo el paisaje árido y el azul del cielo sin nubes, y poco a poco empiezo a disfrutar de la soledad del silencio, y a pensar en la eternidad. Lejos de la civilización y de los problemas, tu mente empieza a descansar, y empiezas a viajar a ese encuentro profundo contigo mismo y con Dios.

Para escuchar a Dios necesitamos silencio, necesitamos desierto. Esa es la acción que nos pide el Espíritu: Ir al desierto. Significa ir a ese lugar donde estoy yo sólo con Él, en lo íntimo de mi conciencia. Toma la decisión de buscar ese momento, de darle ese espacio a Dios.
Pueden ser 10 minutos al levantarte, o un rato antes de irte a la cama, meditando sobre la Biblia. El domingo puedo llegar un poco antes a Misa, para tener un momento de íntimo de oración. De vez en cuando todos necesitamos ir a un retiro espiritual. Hay diversas opciones, basta con preguntar a un párroco, a un amigo o buscar en internet. Pero el Espíritu nos lleva a la oración, al desierto, a estar un rato con Él, lejos de las distracciones de todos los días. Ahí crecerá nuestra amistad, mi seguridad en Él, mi virtud con su gracia. Ir al desierto es ir al silencio de mi interior, donde puedo escuchar su voz. Es ir a lo profundo de mi corazón, donde Él habita; y escucharlo.

El verdadero campo de batalla es la oración. Es ahí, en la oración, donde se ganan las guerras espirituales. Ese es el lugar del encuentro, el lugar de la decisión. Es ahí donde se ganan las batallas, en ese dejarse mirar por Cristo, que te creó para amarte; en ese luchar junto a él y vencer con él.

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