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El Papa Francisco y el Sobrino del Diablo

No deja de sorprenderme la agudeza con la que el Papa Francisco sigue invitándonos a vivir una caridad práctica y no sólo teórica: facta, non verba!

En su audiencia del miércoles 19 de octubre, Francisco habló de la necesidad de abrir los ojos para descubrir las necesidades de quienes nos rodean, y de actuar para hacer el bien a quienes podamos. El Papa Francisco señaló el riesgo de vivir en una comodidad que ignora las necesidades de los hermanos, la consecuencia de un «“bienestar” [que lleva] a las personas a encerrarse en sí mismas, haciéndolas insensibles a las exigencias de los demás».

Este mensaje me hizo recordar la Carta VI de las Cartas del Diablo a su Sobrino de C.S. Lewis; ahí el Diablo invita a su sobrino, un aprendiz de tentador, a que incite a su paciente a encauzar erróneamente sus esfuerzos, y le dice:

«Hagas lo que hagas, habrá cierta benevolencia, al igual que cierta malicia, en el alma de tu paciente [de todos los hombres]. Lo bueno es dirigir la malicia a sus vecinos inmediatos, a los que ve todos los días, y proyectar su benevolencia a la circunferencia remota, a gente que no conoce. Así, la malicia se hace totalmente real y la benevolencia en gran parte imaginaria».

El objetivo del tentador es, pues, que vivamos en esa «cultura del bienestar» de la que nos advierte el Papa Francisco; si no estamos atentos corremos el riesgo de olvidar que hay personas que sufren mientras nosotros llevamos una vida muy cómoda, sin mayores preocupaciones. En nuestro corazón hay un deseo innato de hacer el bien y también una fuerza para combatir el mal: el problema es que a veces los guiamos equivocadamente. Hacer el bien requiere esfuerzo y creatividad, y a veces también un sacrificio de tiempo y recursos. En una sociedad como la de hoy sí se hace el bien, pero en ocasiones esta práctica tiene sus bemoles…

Ordinariamente nos justificamos para no dar limosna a los pobres y nos repetimos que “eso es sólo una mafia” o que “el dinero que uno les da lo usan para comprar drogas…” Esto puede ser verdad, y no es fácil encontrar maneras eficientes de ayudar. El problema es cuando dejamos de buscar esas maneras y permanecemos en un egoísmo indiferente. Además podemos tener una actitud individualista que nos hace pensar que con nuestro esfuerzo hemos merecido lo que tenemos, y que darlo a los demás es, tal vez, un poco injusto. Aquí sí que se aplica lo de la «malicia a sus vecinos inmediatos» de la que hablaba Lewis: una malicia real y aplicada a nuestros propios hermanos sufrientes.

Por el contrario el Papa Francisco nos invita a que en nuestro corazón reine una caridad efectiva que se manifieste a través de nuestras acciones, no relegada a círculos de personas que no conocemos en maneras que están muy lejos de tener un impacto significativo. Porque a todos nos duele ver actos terroristas que dejan a centenares de personas muertas o heridas; o ver que hay zonas del mundo en donde la pobreza, la marginación y la violencia acaban con la paz y con la vida de la gente.

Sí, poner nuestra foto de perfil en redes sociales con los colores de una bandera expresa nuestra compasión con las víctimas de atentados terroristas o de la guerra en otras partes del mundo; pero no permitamos que nuestra caridad y benevolencia se reduzcan a eso y se queden en las circunferencias más remotas de nuestras vidas; porque así nuestra caridad es «en gran parte imaginaria»; seamos creativos para hacer nuestro amor real: ayudemos al pobre «que llama a la puerta de nuestra casa»: ¿no quieres dar dinero a los pobres porque no saben cómo usarlo o no pueden usarlo bien? Ten imaginación, usa tus recursos inteligentemente: compra alimentos, vestido, medicamentos y llévalo tú mismo a quienes sabes que lo necesitan; ¿no puedes dar ayuda material? Dona tu tiempo: visita a los enfermos, comenzando por tus familiares y amigos; dales consejo, tiempo y escucha. O soporta, enseña y trata con paciencia a quienes te rodean en tus actividades diarias… eso también es ayudar a un necesitado.

A veces sentimos miedo de ayudar porque la donación de bienes materiales o de tiempo podría redundar en detrimento de nuestros propios recursos. Pero así como en una familia se comparten los bienes, en la gran familia humana es necesario el sacrificio generoso y libre de todos por el bien de cada uno. Con una visión de fe se alcanza a entender que así se construye más que con el almacenamiento avaro de bienes materiales y con el cuidado excesivo de nuestros tiempos.

Salgamos a la calle y seamos canales reales y eficaces del amor que Dios tiene por todos los hombres.

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