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El padre que era adicto a dar

“Mi vida está en mis dos hijas. Si ellas se divierten, si ellas son felices, si van bien vestidas, si caminan sobre alfombras, ¿qué importa la tela con que yo vaya vestido y cómo pueda ser el lugar en que me acueste? No tengo frío si ellas tienen calor, no me aburro nunca si ellas ríen. No tengo más penas que las suyas. Un día sabrás que uno se siente más feliz con la felicidad de los hijos que con la propia.”

El hombre que pronunciaba estas tremendas palabras era llamado Papá Goriot, personaje de la novela de Honoré de Balzac que lleva su nombre. Vivía en un cuchitril y le faltaba lo más básico para vivir. No es porque le faltara dinero, de hecho, era muy rico; pero había dado todo su dinero a sus dos hijas que vivían en el lujo más exquisito. Cualquiera creería que las hijas estarían eternamente agradecidas con su padre. Sin embargo, no era así. Casi nunca lo visitaban, y si lo hacían era para pedirle más dinero con que pagar algún capricho que sus esposos no querían patrocinar. Ni siquiera se dignaban recibirlo en su casa, porque no era noble y la sociedad “no lo veía bien”. Llegaron al extremo de asistir a un baile en lugar de acudir a velar a su padre en su lecho de muerte. El padre nunca dejó de quererlas.

Ciertamente,  el Padre tuvo mucha culpa de la actitud de sus hijas. Las amaba sinceramente pero nunca les negó nada. Crecieron creyendo que todo se les debía y se volvieron incapaces de valorar y agradecer; no solo el dinero o los regalos, sino de valorar y agradecer el amor. Se volvió adicto a darles y las volvió adictas a recibir.

El corazón humano es curioso, sediento de amor es capaz de devorar el afecto sin hartarse, pero también está ansioso de amar y, como Papá Goriot, es capaz de darse hasta el absurdo. El amor verdadero es dar y recibir, esto lo hemos oído muchas veces. El problema viene cuando nos acostumbramos a únicamente recibir, como las hijas, o únicamente dar, como Papá Goriot. Sobre el mucho recibir se ha hablado bastante, pero me intriga profundamente el mucho dar.

No hay amor verdadero cuando solo nos dedicamos a dar. Porque el que no sabe recibir es, paradójicamente, un egoísta, un soberbio. Recibir bien exige una buena cantidad de humildad. Hay personas adictas a dar, les gusta sentirse bienhechores. Les gusta poder decir dentro de su corazón: “me lo debes a mí”. Disfrutan observando a los “receptores” desde la altura del “dador”. Les molesta sentir que deben algo. Les perturbaría tener que agradecer. En el fondo, no aman al otro, lo usan como una fuente de gratificación moral. Lo usan, para poder decir: “me necesita”.

No se trata de exigir que se nos dé, pero si de saber pedir con humildad. Aprender a hacernos vulnerables frente a la persona amada. Aprender a decir “Te necesito”.

Esto puede pasar también en la relación de amor con Dios. Cuando nos dedicamos solo a “dar todo” a Dios. Cuando basamos nuestra vida espiritual en nuestro propio esfuerzo. Cuando no soportamos nuestro pecado no por amor a Dios sino por orgullo herido. Cuando somos incapaces de decir: “Padre, no me lo merezco, pero lo necesito”.

Otra vez se comprueba: “In medius est virtus”

Soy un religioso legionario que se prepara para el sacerdocio. Estoy enamorado de mi vocación y de mi familia religiosa. Me encanta leer y compartir lo que leo. Disfruto mucho del arte. Mi hobby: cocinar. Persona a la que admiro: Benedicto XVI. Sueño: Re-evangelizar la cultura.

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