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“El juego de la vida”

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«El deporte nos enseña que para ganar hay que entrenarse. Podemos ver, en esta práctica deportiva, una metáfora de la vida. En la vida hay que luchar, “entrenarse”, esforzarse para lograr resultados significativos. El espíritu deportivo nos remite, de esta manera, una imagen de los sacrificios necesarios para crecer en las virtudes que construyen el carácter de una persona».

(Mensaje del Papa Francisco para el mundial de fútbol de Brasil 2014)

Francisco Echávarri se había preparado bastante para el partido de ese día. No se trataba de cualquier partido: nos referimos a la final de básquetbol juvenil de preparatorias. Su entrenador —no sobra decirlo, hombre muy exigente—citaba a sus pupilos todos los días, incluyendo los fines de semana, a entrenar. La preparación conllevaba muchos sacrificios: «no» a las salidas con los amigos por las noches, «no» a la pereza, «no» a las bebidas, «no»…, «no»…, «no»… Al final, todos los «no» que se puedan agregar, se diluyen ante el atractivo y cautivador «sí» del triunfo.

Comienza el encuentro. El «coach» decide mandar al ataque a sus hombres con la táctica de la presión-al-saque-inicial del contrario: no quiere, por ningún motivo, que el equipo contrario cruce la media cancha. Parece efectiva la resolución, pero resulta una tarea cansada. Será difícil mantener el ritmo de la presión. El juego se vuelve tenso. Pese a que hacen bien su trabajo, los rivales resultaron tener un as bajo la manga: habían revisado los juegos anteriores. Con un inteligencia plausible, formularon una táctica anti-presión, cuyo principio propulsor fue el pase rápido.

El equipo de Echávarri comienza a perder. Se nota el cansancio, la frustración en toda la escuadra. Al parecer, el tiro les salió por la culata: los presionados ahora resultaron ser ellos. Un compañero de Echávarri intentó colarse en un contragolpe, pero fue alcanzado por un defensivo, el cual, sin misericordia, detuvo toda su aspiración con un bloqueo contundente. El ofensivo cayó al piso, derrotado. El ánimo del equipo quedó por los suelos. La porra de los Linces comenzó a ovacionar al autor de tan gran acción.

En medio de todo el tumulto, se escuchó una voz:  «¡Vamos hijo, no te des por vencido!». Era el papá de Echávarri, el cual, levantaba su voz lo más alto posible con el fin de ser escuchado por su hijo. Regresando a la cancha, Echávarri escuchó a su padre y lo localizó en la tribuna. Su presencia la renovó las agallas. A continuación las voces de los padres de los otros Leones alzaron sus voces. A ellos se aunaban paulatinamente los compañeros de clase y los demás espectadores presentes en la gimnasio.

En el último cuarto, con nuevos bríos, los Leones cambiaron de estrategia: ofensivamente formularon una jugada-única con tres variantes, permitiéndoles anotar puntos con gran agilidad (ahora lo que importaba era ganar tiempo al tiempo). Defensivamente, recurrieron a la defensa uno-a-uno: no podían permitirles un punto más. Terminó el partido. Los Leones ganaron el juego y el campeonato.

Pasaron ya diez años de aquel juego. Ahora, Echávarri se encuentra en la Plaza de San Pedro contemplando aquella majestuosa columnata hecha por Bernini. Subitamente se le vino el recuerdo de aquél juego. Con sus recuerdos trasladó aquél episodio de su vida al presente. Veía ahora en la plaza, el gimnasio de los Linces. Se veía  participar de un juego. No ya aquellla final juvenil, sino un partido mucho más importante: el partido de su vida, el de su salvación. Luego paseaba su mirada a su alrededor. En la plaza (el gimnasio) había una gran cantidad de personas, jugadores. Todos los que estaban ahí junto con él en ese día, formaban parte de su equipo, al mismo tiempo que cada persona jugaba su propio juego.

Echávarri dirigía su mirada hacia arriba de las columnas, en donde estaban las esculturas de los santos: personajes que, como él,  jugaron el juego de su salvación, que sacrificaron mucho, pero que ahora han triunfado. Ahora están de espectadores apoyando a quienes juegan aún el partido. Poco a poco repasaba cada uno de los santos. A un cierto punto, se detuvo en la parte central de la Basílica, arriba de la fachada de San Pedro, lugar en el cual estaba Jesucristo. Él es el primer gran triunfador, Él es quien se encontraba en el palco de ese gran estadio animando a todos los jugadores. Él es el Padre que apoya a su hijo y le da su Gracia para que salga adelante y gane.  ¿Quién no se animara a jugar el partido de su vida si cuenta tan gran apoyo?

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