Archivos

  • Home
  • /
  • Filosofía
  • /
  • El influjo trascendental del tiempo inmanente en el alma humana desde el pensamiento agustiniano

El influjo trascendental del tiempo inmanente en el alma humana desde el pensamiento agustiniano

Introducción:
Aristóteles así definió el tiempo: es la medida del movimiento. Sin embargo, san Agustín no se convenció, ya que en el libro XI de las Confesiones decidió trascender la mera concepción filosófica griega del tiempo ofrecida por el filósofo.

a. En primer lugar, a los que preguntan qué hacia Dios antes de crear el cielo y la tierra, Agustín responde con sarcasmo diciendo que a estos les preparaba el infierno. No por maldad de su parte, sino porque en las entrelíneas de la pregunta aparece la cuestión del tiempo, que, si lo consideramos desde nuestras categorías humanas ya es un trabajo hercúleo comprender, imaginemos entonces algo análogo si nos metemos en los zapatos de Dios. Mejor no imaginarlo.
Es evidente, sin embargo, que a una pregunta equivocada la única solución es una respuesta equivocada. San Agustín ofrece una respuesta sarcástica precisamente porque la pregunta brilla por una ausencia de sentido. ¿Creaba Dios, que es Amor (1), el infierno para el hombre que ni siquiera todavía había sido creado? El Amor no puede crear el infierno, pues el infierno es el sufrimiento de no poder amar (2). A esto se añade que Dios permite el infierno porque crea al hombre libre para amar. Ahora el amor es don y acogida del don de parte del hombre. Y cuando no existe acogida, empieza el infierno, es decir, una vida sin Dios, una vida sin amor.

b. En segundo lugar, la indignación de Agustín proviene precisamente del “antes”. ¿Cómo puede haber un “antes” en la eternidad de Dios? Si hubiese no sería eternidad, sería tiempo. Y si fuese tiempo, Dios Padre creador ahora entraría, en este sentido, en una concepción antropomórfica, siendo que para colmo, Dios, mientras hacía el cielo y la tierra, aún no había plasmado el hombre, obra de sus manos.
Y luego, cuando en su interior el santo de Hipona baja a las categorías humanas del tiempo, dice: si no me preguntan qué es el tiempo, lo sé; si, en cambio, me preguntan, entonces no sé. ¿San Agustín acaso roza la frontera del misterio sintiéndose intelectualmente incapaz de definir el tiempo? En este artículo nos atendremos al tiempo en las categorías humanas, que es para el hombre una cierta parte de la eternidad (3).

c. El hombre con la fuerza del intelecto es consciente de que existe el tiempo porque su existencia es-aludiendo a Heráclito-como el agua del rio que no pasa dos veces por el mismo lugar. Infancia, adolescencia, juventud, edad adulta, vejez y…he aquí la dinámica de nuestra existencia como movimiento mensurado de nuestro ser en el espacio y en el tiempo. Nuestras vidas son como los ríos que van a dar a la mar (4) y si todo pasa y corre veloz como algo que se suma en la corriente del devenir, el hombre que anhela trascendencia ahora se cuestiona, ¿Qué es el tiempo para mí, ser creado para la eternidad? ¿El tiempo existe? Y si existe, ¿Qué es?
El tiempo tiene, por un lado, una constelación cósmica-objetiva, espiritual y por otro, una constelación anímica-subjetiva, personal, que no es independiente de la primera. Una es de orden sobrenatural, la otra es de orden humano. Y sin embargo, ambas tejen la realidad del hombre sobre la tierra con un matiz de distinción, no de confusión. Y si este es el tiempo, ahora nos damos cuenta de algo tan intrínseco a nuestras almas como una realidad, incluso espiritual, que va dejando huella en todas las personas y en toda la persona, como ente creado, espíritu encarnado con múltiples posibilidades de desarrollo y crecimiento a lo largo de la vida (5).
Debemos explayarnos, por tanto, en este tiempo que se aloja dentro de nosotros y que se desarrolla desde dentro, al mismo tiempo con que nos contactamos con el mundo externo. Agustín resalta tres características del tiempo dentro del alma humana: presente del pasado (memoria); presente del presente (visión); presente del futuro (expectativa).

1. Presente del pasado-memoria en el alma:
Existen personas que no saben convivir con el tiempo, con ese compañero de camino que está con nosotros desde el primer instante en que vimos la luz del sol. No se abren a él y no se dejan ayudar de éste para prepararse y llegar a la eternidad. Se crea en el espíritu humano un síntoma de Dorian Gray, que a la medida que pasa el tiempo y con él la vida, la persona frena las ruedas del tiempo y va tirando hacia adelante con inmadurez e inconciencia en el proceso natural.

Como el joven Dorian Gray, el ser humano corre el riesgo de ocultar en la pieza de la conciencia su retrato, su verdad, que naturalmente con el pasar del tiempo va coleccionando en su rostro las arrugas y las canas, que significan empíricamente el paso del tiempo sobre un determinado ente creado, pero a la vez pregonan la sabiduría y la experiencia de quien ha disfrutado y aprendido de muchas bellas primaveras y-¿cómo no?-también de crudos inviernos.

Dorian Gray quería ser eternamente joven y terminó por ocultar no sólo el cuadro de su verdadera juventud física, que se fue envejeciendo con los golpes brutales del tiempo, sino que también escondió toda la amargura de una vida atormentada por pecados y dolos que no quiso madurar, crecer y envejecer a través de una sana corrección y arrepentimiento. La vida en el tiempo para él se volvió un tormento por no amar el paso del tiempo presente, que volviéndose pasado, no se arroja al olvido de la nada, sino que fortalece al hombre para aceptar y superar con realismo los retos de la vida presente. Esta es la desgracia de este personaje que refleja la potencia del tiempo sobre la condición humana:

Su belleza le inspiró una infinita repugnancia y, arrojando el espejo al suelo, lo aplastó con el talón hasta reducirlo a astillas de plata. Su belleza le había perdido, su belleza y la juventud por la que había rezado. Sin la una y sin la otra, quizá su vida hubiera quedado libre de mancha. La belleza sólo había sido una máscara, y su juventud, una burla. ¿Qué era la juventud en el mejor de los casos? Una época de inexperiencia, de inmadurez, un tiempo de estados de ánimo pasajeros y de pensamientos morbosos. ¿Por qué se había empeñado en vestir su uniforme? La juventud lo había echado a perder. Era mejor no pensar en el pasado. Nada podía cambiarlo. Tenía que pensar en sí mismo, en su futuro (6).

La gran paradoja de Dorian Gray es la paradoja de cada ser humano que no se fija en la carrera de las manecillas del reloj, que de vez en cuando al pasar las hojas del calendario anual, no medita en que la vida es una y el tiempo es fugaz. Y así el tiempo influye en nuestro peregrinar terreno, queramos o no. El joven de Oscar Wilde anhela ser eternamente bello, fuerte, atrayente y, al pasar por inúmeros avatares y jirones de caídas y desconciertos, acaba por descuidar su alma. El tiempo le enseñó a regañadientes que “de que sirve al hombre ganar al mundo entero, si pierde su alma” (7). No asimilando con naturalidad y armonía psicológica el influjo del tiempo que fue, que es y que de repente ya no vuelve, decidió amar su cuerpo y perder su alma. He aquí como el autor remata contundentemente el destino de este joven:

¡Una vida nueva! Eso era lo que necesitaba. Eso era lo que estaba esperando. Sin duda la había empezado ya. Había evitado, al menos, la perdición de una criatura inocente. Nunca volvería a poner la tentación en el camino de la inocencia. Sería bueno. (…) Mataría el pasado y, cuando estuviera muerto, él recobraría la libertad. Acabaría con aquella monstruosa vida del alma y, sin sus odiosas advertencias, recobraría la paz. Empuñó el arma y con ella apuñaló el retrato (8).

Por otro lado, la fuerza imperadora del tiempo sobre el hombre hace a otros exclamar su preponderancia y existencia de formas tan bellas y llenas de conmoción:

Ai, que saudades que eu tenho da aurora da minha vida, da minha infância querida que os anos não trazem mais! Que amor, que sonhos, que flores, naquelas tardes fagueiras, à sombra das bananeiras, debaixo dos laranjais! (…) Oh! Dias da minha infância! Oh! Meu céu de primavera! Que doce a vida não era naquela risonha manhã; em vez das mágoas de agora, eu tinha nessas delícias, de minha mãe as caricias e beijos de minha irmã!(9).

Como vemos, hay los que se vuelven poetas y cantan el señorío del tiempo y hay otros que lloran nostálgicos delante de las pruebas que la vida arroja sobre el tapete de la existencia como cuando en la obra El camino el protagonista, Daniel, el Mochuelo, pierde su querido amigo de infancia en un trágico incidente:

Le dolía que los hechos pasasen con esa facilidad a ser recuerdos; notar la sensación de que nada, nada de lo pasado, podría reproducirse. Era aquella una sensación angustiosa de dependencia y sujeción. Le ponía nervioso la imposibilidad de dar marcha atrás en el reloj del tiempo y resignarse a saber que nadie volvería a hablarle, con la precisión y el conocimiento con que el Tiñoso lo hacía, de los rendajos y de los perdices y los martines pescadores y las pollas de agua (10).

Esta es el alma del hombre que sujeto al tiempo, es un poeta que canta su fuerza y su belleza sobre la vida terrena, que naturalmente pasa y deja en su ser una huella indeleble. Es alguien que ha dejado que el tiempo fuese su maestro de cabecera. El hombre recuerda, hace memoria, a diferencia de los otros entes creados. Discurre con la mente el pasado en el presente, se deleita en el tiempo que fue y que es en este instante sólo presente del pasado, como nos revela el obispo de Hipona. Y el hombre en sintonía con este tiempo que es fuerza del pasado que lo empuja en el presente hacia el futuro con esperanza, descubre que la vida es historia, porque en el fondo es memoria.

Recordar es vivir (11). Por eso, el sentido de la existencia humana aunada con el tiempo pasado, es la comprensión de una única realidad que se desarrolla en la actualidad de ser “hic et nunc” y, que al mismo tiempo, está vinculado a una historia, sea aquella particular, sea comunitaria. En esto vemos la armonía del hombre que es historia, intersubjetividad y corporeidad dentro de un dinamismo armónico y que siempre camina en el tiempo hacia lo eterno.

2. Presente del presente-visión en el alma:
Este es para el hombre el mejor regalo que Dios le puede dar. El tiempo presente es don que la sabiduría clásica latina ya había asimilado de alguna manera cuando hizo Horacio exclamar su celebérrimo “carpe diem, quam mínimum crédula postero” (12).

Curiosamente a penas mi pluma va corriendo por encima del papel, donde voy exponiendo mis pensamientos sobre el tiempo presente que me circunda y me invade en lo profundo mi existencia, me doy cuenta que es presente del presente, pero he aquí que ya es presente del pasado. Si el tiempo presente es un regalo, hay que disfrutarlo con toda el alma y con toda la intensidad posible.

El hombre a causa de su condición creada y contingente no goza del tiempo como eterno presente en el sentido propio de eterno presente que es, en definitiva, eternidad. Por tanto, el presente es análogamente para cada ser humano-ya que es un regalo- el eco siempre eterno de la eternidad, pero siempre un eco sujeto a desvanecerse. Y ¿qué es el eco?, sino el retumbar de un sonido o de una palabra originaria que través del aire va bailando bella y diestramente por el espacio-temporalidad. Y cuán acuciante es el anhelo del hombre de conocer no sólo el eco que es fidedigno a su origen, sino llegar a conocer la Palabra misma, que desde siempre abriendo su boca para exclamar “fiat” en el eco del tiempo regaló al hombre el don y el misterio de añorar ser, no para el tiempo presente que pasa, sino más bien para el eterno presente que es abrazo definitivo con el que existe desde siempre y para siempre.

Cierto es que Dios busca al hombre en el presente del presente de su alma. Por ello, la vida aquí y en este instante no cuesta nada, no nos pide nada costoso. Simplemente saber que este presente no es el origen ni es el fin, sino que es solamente la gracia que, perfeccionando nuestra naturaleza, nos permite extrañar la eternidad en el tiempo. No como insatisfechos por el instante que es y que ya pasó, sino como una oportunidad más para trascender en el amor. De los particulares a lo universal, de lo temporal a lo eterno, de los grados de los entes hacia la realización de esta resolución ontológica que ansían el alma y la mente humana y en donde descansan, en Dios, eterno presente, donde descansaremos del devenir del tiempo que nos empuja hacia la única meta para la que fuimos creados, sujetos a las categorías temporales, es decir, a las apuradas manecillas del reloj.

He aquí un pasaje iluminador y extraordinario de Von Balthasar sobre el tiempo presente como gracia que continuamente se escapa de nuestro alcance:

El tiempo es, a la vez, amenaza e inaudita promesa: deja que pase, ahora nos llama, no hay otra posibilidad respecto a este. ¡Deja que pase, muéstrale tus manos vacías, ya que en cambio no puedo llenarlas más! Sin embargo, yo paso a tu lado con mis frescos dones y te abandono a tus baratijas que envejecen. ¡Créeme, eres más rico que yo, cuando eres capaz de terminar y truncar la felicidad y tu gran hora, más rico cuando puedes ser pobre, de todos modos abierto como un mendigo a la puerta del devenir! ¡No te entretengas, no te apegues, no te adhieras! ¡Tú no puedes hacer un acaparamiento de tiempo, aprende de éste la prodigalidad! (…) El tiempo es la escuela de la abundancia, de la magnanimidad. Es la escuela superior del amor. Y si el tiempo es el terreno de nuestra existencia, ahora de nuestra existencia el terreno es el amor. Tiempo es existencia que fluye; amor es vida que se da a los demás. Tiempo es existencia que inerme se expropia sin hacerse muchos ruegos; amor se expropia a sí mismo y se deja desarmar voluntariamente a sí mismo (13).

El tiempo presente es el continuo reclamo de nuestra silenciosa conciencia que repite incesantemente dentro de nosotros la siguiente máxima:

Omnia aliena sunt, tempus tantum nostrum est(14).

3. Presente del futuro-expectación en el alma:
Pensar que para el hombre el futuro es sólo la mayor incerteza que provoca inseguridad y temor en su interior es no haber considerado la filigrana antropológica que lo caracteriza como ser que ansía el más allá de las inmediateces que lo circundan. Y es que cada ser humano es una puerta abierta hacia el futuro. No tener esto presente es la peor desgracia que puede ocurrir dentro del corazón humano, porque se termina por focalizar intensamente el temor natural al porvenir y no relevar el hecho de que el futuro es esperanza dentro de nosotros, y por tanto, es un horno de anhelos. Incluso aquellas personas más tímidas, que casi nunca hablan, con certeza llevan en su interior la expectación que es presente del futuro, de que sus deseos se vuelvan realidad.

El futuro, por un lado, no ha llegado, pero por otro, ya llegó. Una vez que la realidad presente suscita en el alma algo que sea más duradero y mejor para el porvenir. Si el futuro se puede considerar un misterio, ahora el querer y el amar humanos asumen metafóricamente en el pasillo del tiempo la fuerza de un alud que no cesa de empujar la existencia náufraga, inmersa en el presente del futuro misterioso, hacia el Misterio, que es más fuerte y maravilloso que el mar en el que la existencia está metida. Sin embargo, delante de esta verdad, el suicidio de un hombre se da cuando ya no desea nada más y, por tanto, se cierra al tiempo futuro, permaneciendo sólo el deseo de no desear, el deseo de no esperar, por tanto, el deseo de morir (15). Pues llegados a este punto recordemos el consejo de san Agustín: “si autem dixeris sufficit, et peristi” (16).

Así el hombre sólo podrá entonces proyectar su futuro si se apropia y ordena hoy los deseos y proyectos que van surgiendo en su ánimo. En parte, esto explica que el futuro se construye hoy. Se construye en el ánimo de cada hombre que no apaga la mecha de los deseos más profundos albergados en su interior y el futuro es siempre un reto que pide de cada hombre “confianza en Aquel que es el Alfa y el Omega de la historia humana” (17); “de Aquel que tiene en las manos la suerte de este mundo que pasa, de Aquel que tiene las llaves de la muerte y del infierno” (18).

Nosotros de cara al tiempo futuro no debemos tener miedo. San Juan Pablo II tenía esto muy grabado en el corazón. Por tanto, para disolver cualquier temor hacia el tiempo futuro he aquí estas palabras contundentes del Santo Padre:

¡No tengáis miedo de lo que vosotros mismos habéis creado, no tengáis miedo tampoco de todo lo que el hombre ha producido y que se está volviendo cada día más un peligro para él! En fin, no tengáis miedo de vosotros mismos. (…) Pues el hombre ya ha sido redimido por Cristo (19).

Conclusión:
La trascendencia del tiempo para el hombre no puede simplificarse a un mero devenir, sino que está llamado a cada instante a ser recuerdo, visión y expectación del alma como dinámica de vida y como significado profundo de un camino que encierra un destino.

En el fondo de la cuestión, el hombre siempre vive entre la tensión bipolar de plenitud y límite durante toda la vida. Y de aquí, como bien subrayó el papa Francisco en la Evangelii Gaudium, que el tiempo es superior al espacio. El tiempo es un horizonte que se abre delante de cada uno de nosotros a cada instante y el instante, por su lado, es ese límite que todos experimentamos como creaturas (20). El instante nos apremia y huye como el tren que va veloz por los carriles e impone sobre nosotros su señorío que nos permite seguir un único camino, u ordenando la propia vida dentro dichos límites o rebelándonos a menudo contra él. Por ello, el tiempo es maestro de la vida.

¿Quién no quisiera entender mejor el influjo del tiempo en la vida diaria? El pintor surrealista Salvador Dalí con su obra de los “Relojes blandos” nos muestra con la potencia creativa de su arte que la vida es una, que hasta las mismas carreras de las manecillas se van derritiendo en el devenir junto con todo el reloj que como una gelatina se va deshaciendo. Nos muestra que el tiempo es una ayuda, una antelación para la eternidad y que por tanto, aprovechemos el tiempo, que se va descuajándose a medida que avanzamos y que hoy entra en juego nuestra felicidad y la de los que nos rodean. Podrá el artista soñar con relojes flojos descolgándose, nosotros, después de estas reflexiones desde la consideración agustiniana del tiempo, deseamos valorar la riqueza de cada momento y la trascendencia de cada instante de nuestra vida. Nada es casual, todo está programado en el tiempo con vistas a la eternidad.

Finalmente, la manera más esbelta y divina de concluir estas consideraciones es rezar con la Sagrada Escritura, permitir que las letras sagradas del Eclesiastés horaden nuestras almas con la ciencia que viene de lo alto:

Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: su tiempo el nacer, y su tiempo el morir; su tiempo el plantar, y su tiempo el cosechar; su tiempo el matar; su tiempo el sanar; su tiempo el destruir; y su tiempo el edificar. Su tiempo el llorar, y su tiempo el reír; su tiempo el lamentarse, y su tiempo el danzar. Su tiempo el lanzar piedras, y su tiempo el recogerlas; su tiempo el abrazarse, y su tiempo el separarse. Su tiempo el buscar, y su tiempo el perder; su tiempo el guardar, y su tiempo el tirar. Su tiempo el rasgar, y su tiempo el coser; su tiempo el callar, y su tiempo el hablar. Su tiempo el amar, y su tiempo el odiar; su tiempo la guerra, y su tiempo la paz (…) Nada hay que añadir ni nada que quitar. Y así hace Dios que se le tema. Lo que es, ya antes fue; lo que será, ya es. Y Dios restaura lo pasado (21).

Bibliografía:

1 Cf. 1 Jn 4, 16.

2 FIODOR DOSTOIEVSKY, Los hermanos Karamazov, Testamento del Starets Zósimo escrito por Alexei Fiodorovitch tras la muerte de éste.

3 MARCO TULIO CICERON, Inv ret 1 26 39.

4 JORGE MANRIQUE, Coplas por la muerte de su padre, III. El poeta español canta con añoranza la persona de su padre fallecido y medita sobre la caducidad y la fugacidad de la existencia humana que se pierde en inúmeras banalidades de este mundo y no vive de cara a la eternidad.
5 R. LUCAS LUCAS, Orizzonte verticale, senso e significato della persona umana, Edizione San Paolo, 2007; La spazialità, la temporalità, l’essere nel mondo- b. La temporalità umana e la speranza, pag.260.

6 OSCAR WILDE, El retrato de Dorian Gray, Edición planeta S.A. 1983; pag.220.
7 Cfr. Mt 16,25; Mc 8,36; Lc 9,24.

8 Ibidem, pag.220.

9 CASIMIRO DE ABREU, Meus oito anos, poesia romancista brasileira. O Poeta, ao ver passar o tempo sobre a sua vida, recorda e revive através da beleza poética a sua vida infantil e a sua juventude.

10 MIGUEL DELIBES, El camino, Ediciones Destino, Volumen 100, cap. XX, pág. 211.

11 MARCO TULIO CICERON, máxima ciceroniana que habla mucho de la importancia de recordar y hacer historia en el presente.

12 HORACIO, Carmina 1 11 8.

13 HANS URS VON BALTHASAR, Il Cuore del mondo; I. Prigione del infinito. (La traducción del italiano es mía)

14 SENECA, Epistula 1 3.

15 CARLO MARIA MARTINI, Incontro al Signore Risorto, Cap.2: L”inizio del camino, Chiamati a qualcosa di più, pag.49; Edizioni Sao Paolo, 2012.

16 SAN AGUSTIN Sermones de Scripturis, Sermo CLXIX, De verbis apostolis, Philipp., cap III, 3-16,… cap.XV, n.18.

17 Cf. APOCALIPSIS, 22,13.

18 Cf. Idem, 1,18.

19 SAN JUAN PABLO II, Varcare la soglia della speranza, Per non avere paura, Arnoldo Mondadori Editore, 1994; pag.249.

20 PAPA FRANCISCO, Evangelii Gaudium, n.222.
21 Cf. ECLESIASTES, 3, 1-8;14-15.

Crédito de foto: Lawrence OP 

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario