El hombre y el león

“Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso.” Luego el uno desató las ligaduras al otro rey y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed”. (“Los dos reyes y los dos laberintos”. Jorge Luis Borges).

En el desierto se experimenta la soledad, el hambre, la sed. El hombre pierde todas sus seguridades y experimenta la necesidad. Es una experiencia difícil, pero ilustrativa. Quien experimenta el hambre, se conoce a sí mismo como necesitado de ayuda. No únicamente de ayuda humana, porque todos los hombres, de una u otra manera, son necesitados.

El San Jerónimo  inconcluso de Leonardo, muestra una cara de dolor, de desesperación. Su cuerpo está demacrado y desnutrido: sus clavículas resaltan grotescamente a la vista. Su cuerpo parece estar compuesto sólo de piel y hueso, desprovisto de la carne sustancial.

El alma de San Jerónimo, en cambio, es diversa. Su alma es tan fuerte e imponente como un feroz león. Un león que paraliza a su presa con una muestra de su regio rugido. Esa es el alma de San Jerónimo, contrapuesta magistralmente con su cuerpo por Da Vinci. En efecto, es en la penuria, en la soledad, en el desierto, donde encontramos a Dios, nuestra verdadera fuerza. El sufrimiento es como un gimnasio para ejercitar los músculos de nuestra alma. El mismo Cristo fue al desierto antes de su vida pública. ¿Y es que acaso el hombre vive sólo de pan?

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