El Hijo del hombre tiene que ser elevado…

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».” (Jn 3,14-21 / IV Domingo de Cuaresma B)

 

 

En estos días, algunos alumnos del colegio Highlands de El Salvador están presentando un musical estilo Broadway que preparan cada año. Este año decidieron actuar Hércules. Los he acompañado en algunos de sus ensayos y presentaciones. Esto me llevó a pensar en nuestra actitud ante un héroe. ¿Qué hacemos los seres humanos frente a un Hércules, un Aquiles, un Odiseo, un Cid campeador, un Martin Luther King Jr.? Los admiramos, los seguimos, les construimos monumentos, contamos sus historias… Personajes reales o ficticios, ellos lograron objetivos casi inhumanos, que muchos considerarían inalcanzables. Por eso, se vuelven modelos de vida para miles de personas: sabemos que, si imitamos todo lo bueno que hicieron, nosotros también podríamos llegar a ser héroes.

Y con Jesucristo a veces hacemos lo mismo: lo vemos como un héroe. Él nos vino a salvar. Venció a la misma muerte para darnos vida. Por eso, colocamos su cruz en todas partes, así como Moisés levantó la serpiente en el desierto: para que lo veamos, lo admiremos y lo imitemos.

Pero aquí aplica un antiguo principio: con Dios, se pueden hacer analogías… porque hay semejanzas entre Él y nosotros, entre su forma de actuar y la nuestra (¡a fin de cuentas, fuimos creados a su imagen y semejanza!)… pero la diferencia siempre será mayor que la semejanza.

Cristo no está en la cruz como cualquier otro héroe está en su pedestal. Sería un verdadero insulta para nuestro Salvador rebajarlo a ese nivel. Cristo aceptó ser elevado en la cruz porque así nos salvó de nuestra condena eterna. Él no es un héroe… ni siquiera “El Héroe“… Cristo es lo que un héroe meramente humano nunca podría llegar a ser: Él es nuestro Dios y creador, hecho hombre, que ha ofrecido su vida por nosotros, por nuestra salvación. Y como decía Pascal: Cristo va a estar en agonía, clavado en esa cruz, hasta el fin del mundo… hasta que cada uno de nosotros, miembros de su cuerpo místico, completemos en nosotros lo que falta a su pasión (Col 1,24).

Esto celebramos cada año en la Semana Santa: no es sólo un recuerdo bonito de unos hechos de hace 2,000 años, como ir a ver una película de la segunda guerra mundial. Estamos actualizando, viviendo en el presente, el sacrificio de Cristo. Por eso, podría ser un buen momento para preguntarte: ¿Estoy acompañando a Jesús en la Cruz? ¿Lo vivo como algo real? ¿Estoy completando en mí lo que falta a su pasión? Porque “si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6,8).

 

Foto: Personajes de Hércules (Disney)

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