El éxito de Benedicto: un éxito del humanismo

Por Alejandro Martín del Campo López, LC
Algunos esperaban un Papa frío y con poco sentido del humor; insensible a la jovialidad de los mexicanos y a la espontaneidad de los cubanos. La realidad fue radicalmente opuesta: la sonrisa en el rostro maduro de Benedicto XVI no se desvaneció durante su vista, principalmente al acercarse a los fieles para confirmarles en la fe. Todo esto a pesar de los años y del cansancio.
Se dice que el Papa Ratzinger nunca rompe un protocolo, pero en México hubo una excepción. El candor del pueblo y el mariachi tradicional durante la cena del domingo 25 de marzo de 2012, bastó para penetrar un profundo sentimiento en el corazón del Papa. “Muchísimas gracias”, dijo el pontífice, “por este entusiasmo. Nunca, nunca, he sido recibido con tanto entusiasmo. Debo decir que México va a permanecer siempre en mi corazón. Ahora puedo entender por qué el Papa Juan Pablo II decía ‘ahora me siento un Papa mexicano’ ”. Agregó ante la ovación de la multitud.
Los medios de comunicación atribuyeron a la cultura y tradición católicas el éxito de la visita papal y la resonancia del mensaje de Benedicto XVI. La afirmación mediática presenta, sin embargo, uno de los dos polos. No es conveniente ceder todo el peso del triunfo de estos días a la sola cultura, olvidando lo que sustenta el contenido de ella. El fundamento, en última instancia, es precisamente la naturaleza del hombre, su apertura intrínseca a los valores, al bien y a la verdad. El catolicismo en México, importado desde la península Ibérica en el siglo XVI, se ha convertido hasta nuestros días en raíz que favorece la expansión y el desarrollo de una sociedad con libertad interior.

El hombre de hoy está cansado y hastiado del sinsentido de los últimos años, fruto de ideologías reduccionistas: exaltación del sentimiento, la libertad o Dios, el hombre máquina de trabajo forzado, etc. Tiene sed de oír el canto de la verdad que la instrumentalización del cientificismo le ha arrebatado. La cultura de los valores auténticos y el éxito del humanismo integral es un desafío. La técnica y los valores artificiales pretenden abarcar más áreas de la vida del hombre, inclusive se ha llegado a afirmar la no existencia de la libertad, con fundamento en los movimientos del cerebro, como pretende la Neurociencia. Y, ¿dónde queda la mirada desinteresada por la belleza natural? No obstante el esfuerzo del pensamiento materialista, el hombre es consciente de la necesidad del pan para su espíritu; aspira a la verdad sobre su propio ser.
El mundo contemporáneo se asemeja a Pilato en el pretorio; interroga sobre la verdad y no persevera en su búsqueda. Conviene purificar las culturas y a cada hombre mediante el esfuerzo por pensar correctamente. Es famoso un pensamiento de Blaise Pascal: «Trabajemos hasta pensar bien» (Travaillons donc à bien penser). «Crear una civilización del amor» fue el esfuerzo del beato Juan Pablo II, y no deja de ser el mensaje de Benedicto XVI.
Separar radicalmente de la vida del hombre y del progreso de los pueblos a Dios, Sumo Bien, significa sustraerse, tarde o temprano, a lo que es el hombre mismo. Pablo VI, en su Populorum Progressio, afirma al respecto que una situación así comporta la destrucción del hombre. El verdadero humanismo que satisface las necesidades más profundas no se aparta de la libertad religiosa y de los valores trascendentes. Parafraseando a Joseph Ratzinger en “Jesús de Nazaret I”: «el reino de Dios es el reino del humanismo».
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