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El enfoque necesario

“Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».” (Mt 14,22-33 / XIX Domingo Ordinario A)

 

 

Quien usa lentes, no necesita explicación… y creo que el resto de nosotros, alguna vez en la vida, nos hemos puesto un par de lentes graduados para ver “qué se siente usar lentes”. Todavía recuerdo a un compañero de escuela que se tenía que sentar a medio metro de la pizarra para poder entender lo que estaba escrito en ella: no nos sorprendimos cuando le recetaron lentes de como -8.0… Gracias a Dios, muchos no necesitamos lentes, porque nuestros ojos del cuerpo funcionan sin tanto problema. Pero cuando hablamos de nuestra vida espiritual, todos necesitamos un par de lentes especiales: los lentes de la fe.

Allí tenemos el ejemplo de Pedro. Jesús ya lo había convencido de que lo siguiera; es decir, Jesús no era un “cualquiera” para Pedro. Ya lo había visto calmar una tormenta, a medio mar, con un par de palabras lanzadas al viento. Ya lo había visto curar a numerosos enfermos: un paralítico se levantó, agarró su camilla y se fue a su casa (Mt 9,1-8); una mujer hemorroisa se curó con sólo tocar la orla de su manto mientras iba de camino a reavivar a una niña que acababa de morir (Mt 9,18-26); también podemos recordar a los ciegos (Mt 9,27-31) y al hombre de la mano paralizada (Mt 12,9-20). Pedro incluso está a poco de reconocerlo como “el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16,16). Por si fuera poco, lo está viendo caminar sobre las aguas del Mar de Galilea. Es más, Pedro le pide caminar sobre las aguas – como niño chiquito: “¡yo también, yo también!”. Hasta aquí, la sencillez de niño con que está viviendo el momento es admirable. Y lo logra: ¡también Pedro está caminando sobre las aguas!

Sin embargo, parece que nada de lo anterior valió la pena, porque Pedro dudó y se empezó a hundir. Le dio un ataque de miopía espiritual, igual que a vos, igual que mí… Cuando Pedro se encontró con un problema, una situación desconocida, algo fuera de su control, todo lo demás que había vivido se perdió en lo borroso de la periferia y sólo tenía ojos para las olas que se le venían encima. Jesús, el mejor médico del mundo, le da la receta de inmediato: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”. El problema no se encontraba en el miedo que sentía, sino en fijarse tanto en el miedo que se le olvidó todo lo demás… ¡Estaba caminando sobre el agua con Jesús! ¡Por favor…!

¡Qué bueno que las recetas de Jesús vienen personalizadas con el nombre de cada uno de nosotros! Somos nosotros los que constantemente estamos caminando sobre el agua con Él. Somos nosotros los que nos empezamos a hundir cuando se nos olvidan las maravillas que el Señor ha hecho en nuestras vidas y nos fijamos sólo en el tamaño de las olas que se nos vienen encima. Somos nosotros los que tenemos que ver a través de los lentes de la fe para enfocar nuestra mirada. Así, podremos ver todo bajo una nueva luz, con un nuevo enfoque… y podremos seguir caminando a su lado, sobre las aguas turbulentas del mundo en el que vivimos.

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

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