El elogio que vale la pena

“Y él, instruyéndolos, les decía: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa».

Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante. Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».” (Mc 12,38-44 / XXXII Domingo Ordinario B)

 

Alguna vez en la vida, nuestra abuelita o nuestra mamá nos han dicho que somos muy buenos para algo: jugar futbol, cocinar, escribir, cantar… No importa qué sea lo que hagamos: lo importante es que ellas dicen que somos muy buenos. Sólo alguien con seria necesidad de atención caería en ese engaño. Si llegás a un lugar nuevo y te preguntan si sos bueno para hacer esto o aquello, y respondés: “Mi mamá dice que soy muy bueno”… se van a reír, y mucho.

Pero si un día que estoy jugando fútbol, me ve Messi o Ronaldo y ellos empiezan a decir que soy bueno… o si Gordon Ramsay opina que cocino bien… o si Spielberg cuenta mi película entre sus favoritas… ya es harina de otro costal. Si gente tan famosa hablara bien de nosotros, lo pregonaríamos por todo lo alto. En nuestra casa habría una foto, un recorte del periódico o un Twit impreso que conmemore el hecho.

Ahora, imaginemos la situación de esa viuda. No la está elogiando ni su mamá ni su abuela. Ni siquiera la elogia Michael Jordan, Beethoven o Bill Gates. ¡La está elogiando Jesucristo, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad! Por encima de eso, sólo la vida eterna.

Normalmente nos dicen que no actuemos para que nos vean o para que hablen bien de nosotros. Creo que hay una excepción: Dios. Vivamos para que Él, que todo lo ve, nos vea. Vivamos para que Él, que es la bondad infinita, pueda hablar maravillas de nosotros. Vivamos siempre con esa música de fondo: ¿esto le agradaría a mi Dios y Señor?

Previous post
No estás lejos del Reino de los Cielos
Next post
La bendición del Padre

No Comment

Deja un comentario

Back
SHARE

El elogio que vale la pena