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El Don de dones

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(Original en inglés)

Crédito de imagen: Eni Pu

Tres primas mías están a punto de ser mamás. Para dos de ellas, es la primera vez. Una incluso podría poner en peligro su vida: riesgo que está dispuesta a aceptar. Esto me hizo pensar en el amor de una madre: tan puro, tan… ¡perfecto! Ella introduce a la vida a este nuevo ser humano: el don más grande que una persona puede dar.

Pero hay alguien más que nos dio a cada uno el don más grande de todos (¡el don de ser!) y nos lo dio de manera gratuita, por puro amor. De entre la variedad de imágenes con las que nos hemos familiarizado para comprender el amor personal de Dios por cada uno de nosotros, creo que el amor de una madre sea la más semejante y la más cercana  a nuestra experiencia.

Un hombre y una mujer que se aman mutuamente deciden caminar juntos por esta vida: así comienza la aventura. Un hombre y una mujer se donan con totalidad. Un hombre y una mujer encarnan el amor de la manera más perfecta posible para seres humanos limitados. Y porque el amor por naturaleza engendra frutos, su amor mutuo genera una nueva creatura. No necesitaban un hijo. Quizá pensaban tenerlo, quizá lo querían, quizá rezaron para que llegara, pero no necesitaban un hijo. Podrían haber vivido, incluso haber sido felices, sin un hijo. Pero un amor mutuo tan profundo exige ser compartido con alguien más. Desean, con un ardor íntimo y santo,  tener un hijo. Quieren que participe de este increíble intercambio de amor. Y el bebé llega a este mundo. Engrandece la familia. La completa.

Podemos, luego, enmarcar esa épica escena: la mamá que abraza a su hijo por primera vez. Ella contempla esta pequeña creatura que acaba de salir de su seno y lo ama con un amor inefable que solo una mamá logra concebir. No está pensando en el futuro: qué grandes logros alcanzará, qué tan inteligente será, qué tan guapo, qué tan rico, qué tan… No. Ella solo ve un bebé, su bebé. No se lo está pensando dos veces, no tiene dobles intenciones, no deja lugar para sentimientos egoístas: sólo amor, ese amor puro que se encuentra en el corazón de una madre. Se trata de un amor tan raro que no reflexionamos en su profundidad, y si  alguna vez nos topamos con otro amor tan desinteresado – en alguien más a parte de nuestros padres – o lo rechazamos como falso, creyéndolo imposible, o permanecemos encantados y cautivados  por su hermosura.

Ahora, dirijamos nuestra mirada sobre el niño. No se preocupa por cocinar, trabajar o planear su futuro. Tampoco intenta averiguar por qué esa mujer se interesa tanto en él o qué provecho quiera sacarle. Él sólo sabe quién es – su mamá – y la ama porque es su mamá. Conforme crezca, podría comenzar a perder esa sencillez y va a preocuparse un poco (esperemos que no demasiado) por hacer sus deberes, portarse bien y sacar buenas notas. Pero incluso cuando sea un adulto y no dependa de su mamá para los quehaceres cotidianos, cualquier buen hijo seguirá amando a su mamá: no porque sea bonita ni porque cocine unas galletas exquisitas ni siquiera porque lo cuidó todos esos años de su infancia… La va a seguir queriendo porque es única: ¡es su mamá!

Dios es amor. Él no nos necesitaba, pero deseó crearnos para compartir su amor infinito con nosotros. Y no le puso precio a su amor. Él nos ama, punto: porque somos, porque somos suyos. ¿Parece una locura? ¿Cuesta asimilarlo? O todo esto es puro cuento o es una verdad tan grande que tiene que cambiar algo en nuestra vida. Pero sólo el amor gratuito es verdadero amor: aquí no hay rodeos. Uno no se lo puede perder. Incluso sin haber tenido esta experiencia en la propia familia, Dios sigue presente, siempre fiel: “¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré” (Is 49,15).

Cada vez que veamos una familia unida, cada vez que veamos una madre que abraza a su hijo, cada vez que nos acordemos de nuestros padres y digamos “te quiero”, recordemos también a nuestro Padre del cielo. Nos ama tanto que nos ha creado (¡valga la redundancia!) y nos lo ha dado todo. Quiere que lo amemos a Él, el Donante, y no sólo sus dones, porque nos ama no por nuestros logros, sino por lo que somos. Él nos trajo de ser nada a ser suyos.

 

"Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad!" (Sal 15,6) Nací en El Salvador. Sólo Dios sabe cómo llegué a la Legión: lo que importa es que ya estoy donde quiero estar. Ahora trabajo en la promoción vocacional en Centroamérica, mientras me acerco cada vez más al sacerdocio.

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