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El Dios de los niños

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por Javier Rubio

Decía Chesterton que no son los poetas los que se vuelven locos, sino los lógicos. Porque un lógico pretende meter el cielo en su cabeza, mientras que al poeta le basta con elevar sus ojos. La consecuencia más natural es que al lógico se le estalle la cabeza en mil pedazos, mientras que al poeta, si se fija más de lo imprescindible en el sol, como mucho se le acabará estropeando la vista.

Todos los hombres tenemos algo de lógico y algo de poeta. Y esto no debe resultar un problema. Sólo Dios sabe cuánta perfección ha nacido de las manos del hombre cuando se han conjugado rectamente estas dos dimensiones. Los problemas nacen cuando pretendemos ver la poesía con ojos estrictamente lógicos, o las ecuaciones matemáticas como fruto de nuestra más profunda inspiración irracional.

Algo paralelo ocurre en nuestra visión de Dios. La fe y la filosofía –una filosofía trascendente, por supuesto- son las escaleras para que el hombre pueda subir, armado con todo su “lógos” y con toda su “poiesis, a los umbrales del cielo y atravesar la puerta o, simplemente, contemplar con satisfacción el mundo a nuestros pies. Algo de esto hay en el mito de la caverna de Platón.

Por eso el pecado de los ateos no consiste en no elevar sus ojos, sino en tratar de meter en su cabeza todo cuanto han sabido ver los poetas “más allá del arcoíris”. Es más, si algún ateo sincero se esfuerza por subir algún tramo de la escalera para volver a fijar sus ojos en la tierra, descubrirá en los números y en los versos que la fuente de la luz se encuentra arriba y no tendrá más remedio que elevar sus ojos al cielo y murmurar la palabra mágica: “creo”. Recurriendo de nuevo a las palabras de Chesterton: “si Dios no existiera, tampoco existirían los ateos”. Traducir la doctrina de los ateos en fórmulas demostrativas sólo produce simples condicionales –que tienen más de sospecha que de prueba- y quebraderos de cabeza.

“Si el Dios Infinito de los cristianos existiera, el hombre no podría ser libre. Como el hombre es libre, el Dios infinito de los cristianos no existe”. Si Sartre se hubiera molestado por subir algunos peldaños de la escalera y hubiera visto el mundo como lo ve un cristiano, no se le hubiera ocurrido establecer la comparación. Porque un cristiano –incluso el peor informado- sabe que él está abajo y que Dios está arriba. Y ni las matemáticas ni las leyes de la poesía permiten poner en el mismo nivel a Dios y al hombre.

“Participación” es una palabra que jamás podrá comprender un ateo, porque tiene mucho de lógica y mucho de poesía. Cuando Santo Tomás la introdujo en el río del pensamiento humano se produjo la misma conmoción en el universo que cuando Dante describió su encuentro con Beatriz. Ambos destellos tienen el sabor de la Navidad: de lo divino que se acerca al hombre para llenarlo de sentido. ¿En qué cabeza cabe que nuestra libertad finita y creada se compare con la Libertad Infinita y Creadora que le dio el ser?

Pero un ateo nunca aceptará la paradoja, como nunca se cuestionará los fundamentos de su ciega fe en las matemáticas. Nunca comprenderá que un hombre sea más libre en cuanto más dependiente se hace de la fuente de la libertad, como nunca se preguntará por qué artificio mágico la multiplicación de dos signos negativos produce uno positivo. Y sin embargo lo primero está mucho más cerca de la experiencia humana que lo segundo: nada más normal hoy en día que un ministro se acurruque al amparo del presidente para conseguir más poder.

Y es que la paradoja es, en cierto modo, la justa reacción de la lógica contra quien trata de monopolizarla. Sin embargo el principal enemigo del ateo no es ni la religión, ni la fe, ni Dios, ni el sentido común, ni la filosofía, ni todas las paradojas del mundo. El principal enemigo del ateo son los ojos de los niños. Esos ojos que tienen la peligrosísima facultad de ver las cosas como son y de maravillarse por cuanto los rodea.

Los ojos de los niños están llenos de lógica y de poesía. Las bocas de los niños están llenas de preguntas y sus ojos están llenos de respuestas. Los ojos de los niños están siempre a la caza de los porqués. Y los descubre, desde lo más alto de la escalera, en la tierra, en la escalera misma y en el cielo. Sabe que todo tiene que tener una causa. Y Dios es mucho más lógico y más poético que Darwin. A un niño no le importa en nombre científico de un manzano. Le importa que sus hojas son hermosas y que Quien las hizo tuvo que ser el mismo Señor de la belleza. Aprecia al Creador de la belleza porque sabe apreciar la belleza y no se preocupa por meter el universo en su cabeza: le basta con saber valorarlo.

Para los ateos la libertad consiste en carecer de obstáculos para su desarrollo. El niño, no ve ningún obstáculo que pueda frenar de una forma definitiva su desarrollo. Los niños ven y los ateos no. Los niños creen y los ateos no. Los niños son verdaderamente libres y los ateos no.

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