El Dios de las alturas

¿Dónde y cómo encontrarse con Dios? En la práctica, ¿Cómo se reza? ¿Cómo puedo tener la certeza de conectar en verdad con Dios y no sugestionarme psicológicamente?

A veces pensamos que para los contemporáneos de Jesús, era facilísimo seguirlo. “Si yo hubiera tenido la oportunidad de verlo y tocarlo, también lo hubiera seguido” decimos excusándonos. En realidad, yo creo que era más dificil de lo que pensamos. Lo que estos hombres y mujeres veían en Jesús, era un hombre común y corriente como ellos. Con sus límites, sus necesidades, y sus achaques. Algún día se habrá levantado con torticulis, o habrá sufrido algo de migraña después de un intenso viaje de trabajo. ¡Vamos! Que era en todo igual que nosotros, menos en el pecado.

En el Evangelio de este domingo aparece una escena extraordinaria de la vida de Jesús. Nos revela una faceta que había brillado por su ausencia hasta ese momento. Lo habían visto hacer milagros, es verdad. Pero para los judíos, eso no quería decir que era Dios. Otros profetas habían realizado milagros, como Elías y Eliseo por ejemplo. Hacía falta algo más para creer que era Dios, y en el fondo los apóstoles todavía no veían cómo conciliar al carpintero nazareno con su idea de Yahveh trascendente.

En el Antiguo Testamento resultan pocas escenas en las que Dios se manifiesta directamente al Pueblo. De entre las que quedan registradas en la Escritura, llaman la atención dos.

A MOISES: Se le revela a Moises en el monte Sinaí, después de ratificar la alianza con el Pueblo. “Después Moises subió al monte. La nube cubría al monte. La gloria de Yahveh descansaba sobre el monte Sinaí, que estuvo cubierto por la nube durante seis días. Al séptimo día Yahveh llamó a Moisés de en medio de la nube”.

A ELÍAS: Se le revela a Elías, cuando está escapando de la Reina Jezabel, que lo persigue para darle muerte. Elías lo busca en el mismo monte Sinaí. “Entonces Yahveh pasó y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas a su paso. Pero en el huracán no estaba Yahveh. Después del huracán, un terremoto. Pero en el terremoto no estaba Yahveh. Después del terremoto, fuego. Pero en el fuego no estaba Yahveh. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, enfundó su rostro en el manto, salió y se mantuvo en pie delante de la cueva”.

Jesús, con su paseo a la montaña con sus discípulos, está revelándose como el único Dios verdadero. Les habla con una referencia clara a los dos momentos del Antiguo Testamento que acabamos de exponer. Y en esas coincidencias de los pasajes, sacamos la llave para entender lo que Cristo busca con su transfiguración. Lecciones también válidas para nosotros, que en pleno siglo XXI buscamos desesperadamente encontrarnos con el verdadero Dios.

1) Subir a un monte alto: para encontrarse con el Dios verdadero y no hablar sólos, hace falta subir a un monte. Apartarse del plano horizontal y materialista que nos rodea. Hace falta ayuno digital, abstenernos de placercillos distractores y encontrar lugares y momentos de verdadero encuentro. No basta decir que “tu vida es una oración”. Hace falta ponerse en camino y subir a buscarlo, aunque a veces la subida signifique más bien bajar a las profundidades de nuestra soledad y nuestro interior.

2) La nube: en la manifestación de Dios, tanto a Moisés como a Elías, aparece una nube. En el caso de Elías se habla de una brisa suave. El relato Evangélico de la Transfiguración termina diciendo que “se formó una nube y los cubrió con su sombra, y llegó una voz de la nube”. Cuando hay nubes, se “nubla” también nuestra vista. La nube nos obstaculiza la mirada y nos obliga a detenernos. Cuando está nublado lo que hay que hacer es detenerse y esperar que la luz nos vuelva a señalar el camino. Y en la oración es lo mismo. Siempre hay una parte misteriosa que no veremos del todo claro por nuestra condición de hombres limitados. Hay que ver las cosas con ojos nuevos, con los ojos de la fe. Con los ojos de Dios, que todo lo iluminan.

3) Moisés y Elías: los judíos se referían a la Biblia con el apelativo “la ley y los profetas”. La ley, en este caso es representada por Moisés, y Elías representa a los profetas. Es en la Biblia donde nos encontramos con Jesús. Es en la obediencia a la palabra de Dios donde encontramos la verdadera sabiduría para tomar buenas decisiones. Es su voluntad la que nos confirma en nuestras decisiones, y nos alcanza la verdadera felicidad. En la escucha diaria y atenta de la Palabra de Dios encontramos las únicas y verdaderas respuestas de nuestra existencia.

4) El gozo y la paz del alma: Pedro está fascinado con la experiencia en la montaña. Propone a Jesús armar tres tiendas, hacer una fogata y quedarse ahí para siempre. Dice la Escritura que no sabía lo que decía, pero lo que sintió es una profunda alegría, y lo único que se le ocurre es acampar ahí. Cuando conectas con Dios, se produce en tu interior una paz sin comparaciones. Una alegría profunda, diferente a la que nos da el mundo y sus ruidos, pero mucho más auténtica y poderosa. Esa paz surge sólo como consecuencia de un encuentro auténtico con el Dios verdadero.

5) La escucha: La voz que venía de la nube, pronunció las siguientes palabras: “Este es mi hijo amado, escuchadle”. La oración no es tanto hablar nosotros, sino escuchar a Dios. Una escucha que refleja una actitud de seres creados y débiles, incapaces de llegar a Él. Sólo con Él podemos ser cristianos. Sólo con él podemos cumplir los mandamientos. Sólo si él quiere, podemos responder al Amor con amor, y ser fieles a nuestras promesas.

Al final, los apóstoles entendieron que ese Jesús que parecía tan normal, era el Dios del Sinaí, el Dios del Horeb. Jesús era el Dios de las alturas. Era la fuente y culmen de sus vidas. ¡Tan cerquita que lo tenían! ¡Tan accesible! ¿Eso era hablar con Dios? ¿Encontrarse con Jesús? Lo hacían todos los días. Al fin y al cuento, no era tan complicado. Curioso lo que se descubre en un paseo por la montaña.

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