El desierto

“A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían. Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».” (Mc 1,12-15 / I Domingo de Cuaresma B)

 

 

Cuando pensamos en el desierto, vemos calor, arena, sed. Al estudiarlo un poco mejor, nos damos cuenta de que está lleno de vida y que, en las noches, las temperaturas descienden incluso bajo 0ºC. Al parecer, el desierto, al igual que el león, no es como lo pintan.

Por eso mismo, en la vida espiritual, el desierto juega un lugar primordial. Dios guía al pueblo de Israel durante 40 años por el desierto, para purificar su corazón. Por medio del profeta Oseas (Os 2,16-25), el Señor nos dice que nos conducirá al desierto para hablarnos al corazón y volvernos a enamorar. Jesús mismo empezó su vida pública en el desierto. ¿qué tiene el desierto que atrae tanto a Dios?

El desierto es un lugar extremo, vacío, libre de las tentaciones y distracciones que nos atacan en el día a día. En el desierto hay silencio, hay serenidad, hay tiempo. Todavía recuerdo la vez que tuve la oportunidad de estar en medio del desierto, en Tierra Santa: el silencio llegaba a ser molesto, opresivo. Uno sentía la necesidad de hacer ruido.

Hoy día, no estamos acostumbrados a hacer silencio. Vivimos con los audífonos puestos 24/7. Pero en esta cuaresma, Dios nos dice algo muy importante: sólo en el silencio, sólo alejándonos – aunque sea por un momento – de todas esas distracciones, podremos encontrarnos con nosotros mismos y conocernos mejor. Y ese es el único camino para encontrarnos con Dios, conocerlo mejor, amarlo más y seguirlo hasta el cielo, para toda la eternidad.

 

Foto: Isa Sebastião

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