El corazón del fariseo y del publicano, una lectura pausada

Extendiendo las enseñanzas sobre la oración, san Lucas introduce la parábola del fariseo y el publicano en el Templo para hacer notar la actitud que se encuentra a la base de una correcta relación con Dios y los hermanos. Hace notar más allá de la literalidad de las palabras de una oración adecuada, la auténtica piedad que se manifiesta por sí sola en la oración y que descubre el corazón humano. La perícopa permite denotar la concepción correcta de ser justo, que se diferencia de una visión helenística del término – como suma de virtudes – y de una visión judaica – como cumplimiento piadoso de la Ley – para pasar a una actitud interna de reconocimiento de la condición de pecador, de la necesidad de Dios y de su misericordia, de no tomar para sí el rol de Dios por medio del juicio de los demás, sino permanecer en la realidad y la verdad de creatura necesidad de Dios, y que se traduce en una vivencia mayor de la nueva Ley, resumida en el amor a Dios y amor al prójimo según Cristo.

I. Destinatarios (v.9)

Lucas introduce la perícopa con los destinatarios de la enseñanza de Jesús: “a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás” (v.9), subrayando la contradicción interna del adjetivo justo – que se aclarará en el trascurso del texto – con el hecho de despreciar a los demás. Dos consideraciones se pueden tomar en este momento,

  1. La forma verbal usada, para los que creen, (πεποιθότας) tiene como raíz la fe (πίστις), que en su sentido bíblico implica, además de la creencia, la estabilidad y confianza en una persona. De aquí que el complemento ἐφ’ἑαυτοῖς esclarece que los destinatarios de la parábola son aquellos que han logrado vivir ensimismados sin esperar de Dios la estabilidad ni colocar en Él la confianza sino en sí mismos. La relación de causalidad ὅτι εἰσὶν δίκαιοι describe ulteriormente que lo anterior se debe a la concepción de justicia como un cumplimiento de normas, vistas como un mero cumplimiento y sin carácter relacional como se verá más adelante. Esta visión moralista de la religión termina en aislar al “creyente”, separarlo de Dios y de sus hermanos, atribuyéndose a sí mismo en la mentira el atributo de justo. 
  2. En el mismo versículo se añade una ulterior especificación de los destinatarios de las palabras ἐξουθενοῦντας τοuς λοιποuς, literalmente considerar como nada a los sobrantes en sentido peyorativo. Lucas utiliza una terminología dura y cruel que demuestra desde el inicio como la errónea concepción de justicia coloca al hombre en el lugar de un “dios justiciero”, caracterizado por la exclusión y la autoglorificación egoísta. De este modo, se hace notar que la verdadera justicia implicará la inclusión, sin dar más detalles por ahora.

 II. La revelación de la oración (v.10)

El inicio del versículo deja en claro el contexto de la oración refiriéndose al acto de subir y el lugar del Templo. La oración se convierte en este momento como un lugar de revelación interior, donde el hombre se muestra realmente como es. También puede entenderse como en la presencia de Dios el hombre no puede ocultar su realidad, quien entra en el Templo se presenta a Dios. Estos dos hombres representan dos extremos opuestos en el ámbito del judaísmo. El fariseo es el hombre de dedicación completa a la Ley, como norma máxima de la fe y moral judaica. El publicano representa la clase más baja de la vida judaica, la más lejana de todos los ideales religiosos y éticos de la nación.

III. El corazón del fariseo (vv.11-12)

La oración del fariseo ocupa el lugar de un monologo con el cual se revela realmente su identidad. Su oración viene del corazón, como la del publicano, y nada de lo que dice es falso. Él se representa como el modelo del fariseo corriente. El estar de pie corresponde a la postura común de oración, por lo que no corresponde un signo de soberbia. Sin embargo, se entrevé en su modo de presentarse su concepción de un Dios justiciero al que casi se le iguala.

El fariseo comienza con un alegre agradecimiento a Dios por todas sus obras buenas sin lograr sin embargo salir de sí mismo, pues termina siendo una expresión de su estado de ánimo orgulloso y satisfecho de sí mismo. Él se cree a sí mismo como mejor que los demás, a los cuales comienza a contraponerse. De la gratitud pasa a tomar el lugar de Dios dando juicios de los demás, encontrando en sí mismo puro bien. Es en ese momento cuando sus ojos se fijan en el otro orante al que califica inmediatamente con desprecio. Se evidencia así las características de una falsa justicia: la autocomplacencia, el juicio sobre los demás, la comparación, el desprecio.

Lucas introduce toda una línea donde el fariseo describe sus propias obras. Así, el fariseo que se siente libre de toda culpa, termina colocando a Dios en la posición de deudor hacia su persona, a la cual debe corresponder casi obligatoriamente. Una de sus obras es el ayuno voluntario, que hace dos veces por semana, como los más celosos de los fariseos hacían para expiar las culpas de pueblo. De este modo, el fariseo demuestra que él mismo no tiene necesidad de expiación, dado que no hace nada de lo que Dios ha prohibido, además que afirma implícitamente la ira de Dios sobre todo el pueblo. Además, él da a Dios con exactitud lo que le espera. En vez de dar solo los frutos principales mencionados en la Ley, él paga la décima parte de todos sus haberes. Presenta así a Dios las maravillas de sus obras, sin necesitar nada de Él.

Un texto del Talmud puede mostrar como la presentación del fariseo no es una caricatura de lo que se daba en la realidad.

Yo te doy gracias, Señor, Dios mío, porque me has dado mi parte entre aquellos que tienen su sede en la escuela, y no entre aquellos que se asientan por las esquinas (cambistas y los comerciantes callejeros). Yo me pongo en camino temprano y ellos se ponen en camino temprano. Yo me pongo en camino temprano para las palabras de la Toráh y ellos se ponen en marcha temprano para cosas fútiles. Yo me afano y ellos se afanan. Yo me afano y recibo mi recompensa, y ellos se afanan y no reciben recompensa alguna. Yo corro y ellos corren. Yo corro hacia la vida del mundo futuro y ellos corren hacia el pozo de la fosa (la gehenna).

Talmud bab., Berahhot 28b; cit. por Schmid, nota a Lc 18, 12, p. 381.

IV. El corazón del publicano (v.13)

Las actitudes externas comienzan a revelarnos al publicano. En primer lugar, la distancia nos refleja el cómo se consideraba en relación con Dios y a su vez su atribución de indignidad de entrar en el Templo. Además de reconocer así su realidad, sus ojos no son altaneros mostrándose como un esclavo malvado que no busca siquiera obtener inteligencia de lo sucedido. Los golpes en el pecho resumen la actitud de quien intenta simular con sus manos la vida que reconoce haber perdido en su interior.

La forma verbal utilizada coloca toda la acción en Dios, en espera, sin voz activa. El publicano solo tiene conciencia de su propia culpa, no reconoce en sí nada de bueno, ni se compara con los demás, incluso se reconoce a sí mismo como pecador. Es la única cosa que puede hacer en su situación de pobreza interior, mostrar su enfermedad. Su oración se convierte así en un llanto del corazón, un llanto de petición de perdón.

V. El justo (v.14)

Si los fariseos escucharon la parábola es de suponer que su conclusión podría ser que Dios no escucha a los pecadores (cf Jn 9,31) o que Dios perdonó al publicano en virtud de las grandes virtudes del fariseo. Sin embargo, el veredicto de Cristo justifica al publicano. El fariseo no fue justificado porque no pidió perdón por sus pecados. Su ceguera y error no le permitió ver quién era realmente. La oración del fariseo no tuvo valor a los ojos de Dios porque en ella solo se había visto a sí mismo con autocomplacencia. El publicano por el contrario muestra como es más difícil confesar las propias culpas que las virtudes, confesar las enfermedades propias.

De lo anterior, el concepto de justicia implica una relación justo de cara a Dios, no de los hombres, donde se ocupa el lugar que corresponde a cada uno y, por ende, cumplimiento de la síntesis de la Ley: amar a Dios y amar al prójimo, con la conciencia de ser un hombre pecador. Solo el publicano regresó de un modo diverso, a pesar de que externamente a los ojos de los hombres nada había aparentemente sucedido. Lo que demuestra también que el juicio corresponde sólo a Dios y en el interno de su relación con el alma.

Todo lo anterior se concluye con el juego de pasivo y activo para subrayar el valor de la auténtica justicia, lo que puede alargarse al ejemplo magistral de Jesucristo, como el verdadero Justo, que se humilla por la salvación de los hombres y el cumplimiento de la voluntad de su Padre, y el cual es exaltado sobre todo nombre (Cf Fil 2, 9). De aquí san Basilio afirma: “por tu parte, tú no te exaltes nunca sobre nadie, aunque sea el mayor de los pecadores. Muchas veces la humildad salva al que cometió muchos y grandes pecados” (Basilio de Cesarea, Sobre la humildad, PG 31, 533).

Imagen de krystianwin en Pixabay

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