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El corazón abierto

Por Ricardo Arriola, LC

En esta preparación a la fiesta del Sagrado Corazón ha habido una imagen que me ha impactado mucho y que le he ido dando vueltas en la oración: contemplar el corazón abierto de Cristo. Le han abierto el costado con una lanza, pero han penetrado hasta el corazón.

Cuando uno ve una cosa abierta, no se queda en la apertura, sino que trata de ver lo que está dentro. Y así debería ser nuestra contemplación del costado abierto. Tenemos que esforzarnos por ver más adentro y darnos cuenta de que no sólo el costado quedó herido, sino que el mismo corazón fue traspasado y quedó abierto para siempre.

De ese corazón abierto tenemos que sacar muchas gracias para nuestras vidas; creo, sin embargo que podemos pedir tres: bondad, caridad y misericordia. Son tres regalos que podemos ver en ese corazón abierto capaz de perdonar a los soldados que lo crucificaron, lleno de palabras buenas en ese momento culmen de su vida y su amor que trasciende el mundo terrenal.

La primera cosa que podemos ver al asomarnos en el costado abierto de Cristo es que de ese corazón emerge bondad. La bondad es algo propio de Dios. Cuántas veces hemos convivido con personas buenas. Esas personas que no dirán nunca algo negativo de otros, que siempre sacan algo bueno de su alrededor, incluso envueltas en sufrimiento o en situaciones difíciles. Cuando he hablado con una persona así, siempre he terminado mejor de como cuando me acerqué a esa persona. Me gusta pensar que Dios es bueno y que hace todo lo posible para que nos sintamos bien estando a su lado. La bondad es algo que sale de su corazón y que quiere regalarnos a todos.

El segundo elemento que descubrimos al contemplar el corazón de Cristo es la caridad. Su amor ha sido capaz de morir por nosotros, e incluso, en lugar de nosotros, de una forma tan inhumana. ¡Su amor es total por mí y por cada uno de mis hermanos! Si Cristo se atrevió a dar su vida por mí, le tengo que estar eternamente agradecido por su amor; pero nos debe de llevar a comprender que también dio su vida y derramó toda su sangre por los demás. Entonces, ¿cómo puedo ofender o buscar el mal de mi hermano si Dios murió por él?

Creo que es un pensamiento que solemos olvidar y que la fiesta que estamos por celebrar nos puede ayudar a refrescar. El amor a los demás me debe de llevar a hacer algo extra por ellos. Sobre todo, pero no únicamente, pidiendo en la oración por los demás, pero que esto se vea traducido en obras concretas para que se muestre un amor auténtico a Dios y, en Él, a mis hermanos.

El tercer elemento que contemplamos es la misericordia. ¿Quién no ha escuchado hablar de la misericordia en estos días? Es una idea que se ha puesto de moda, sobre todo ahora que iniciaremos en diciembre un año jubilar dedicado a ella. Pero, ¿qué es la misericordia?, en nuestra vida ¿en qué se traduce? Nos es difícil poner por palabras qué es la misericordia como tal, algunos dirán que es la forma específica como ama Dios. Sí, pero ¿qué es?

Cuando le hicieron esa pregunta a Cristo, él puso como ejemplo la parábola del Buen Samaritano. Es un ejemplo muy sencillo para comprender qué es el ayudar a los demás. No son buenas intenciones o buenos deseos simplemente, la misericordia se traduce en obras.

La Iglesia nos ha hecho un gran favor al identificar cuáles son las obras que siempre llevan misericordia, son 14. Siete de ellas tienen que ver con las necesidades materiales de los demás y siete con las necesidades espirituales. Como se puede ver, la misericordia tiene siempre relación con algo que le falta a la otra persona, porque tiene una necesidad. Por ello, siempre que podemos ayudar a alguien en alguna necesidad real que tenga, estamos actuando con misericordia. La misericordia es esa capacidad de darse cuenta de lo que el otro necesita y hacerlo desinteresadamente.

Como hemos visto, el contemplar el corazón traspasado de Cristo nos lleva a una gradualidad en el amor y en la entrega de nosotros a Dios y a los demás. Podemos quedarnos en el primer escalón y hacer las cosas por pura bondad natural, muchas veces, sin que nos cueste mucho trabajo. Podemos subir el siguiente peldaño y hacer actos de amor desinteresado por los demás y esto es ya vivir en la vida de gracia de Dios. Pero para asemejarnos a Dios y al tipo de amor que Él nos tiene, debemos arriesgarnos a subir más alto y buscar amar a los demás con misericordia, es decir, hacer un acto de caridad en el momento que el otro se encuentra con una necesidad real en su vida. Éste último esfuerzo es lo que nos va llenando más el corazón del amor como Dios ama y nos asemejaremos más a Él en esta vida.

Por último, creo que muchas veces nos podemos desesperar un poco en nuestra vida queriendo ser así, o habiendo ya alcanzado esto o eso otro, sobre todo en la vida espiritual. Nos gustaría que la oración no nos costara trabajo o que fuera más sencilla de llevar. Nos gustaría ser bondadosos, caritativos o misericordiosos siempre, pero nos damos cuenta de que aún nos falta mucho y que al mínimo descuido olvidamos o perdemos todo lo que habíamos construido. Para esto, me ha ayudado algo de la carta de Santiago, que dice que tenemos que tener paciencia, como lo hace el labrador que espera el fruto precioso de la tierra con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías (cf. St. 5,7). ¡Cuánto más nosotros que esperamos un fruto mucho más grande!

Dios nos va mandando la lluvia que vamos necesitando para cultivar nuestro corazón, a veces es mucha y a veces poca. No debemos acostumbrarnos, como el árbol que se acostumbra al agua de la lluvia y tal vez nunca ahonda sus raíces más profundamente en busca de las aguas más puras y profundas.

Para poder alcanzar estas gracias, como decía la inicio, creo que basta no dejar de contemplar el costado abierto de Cristo como una ventana para ver su corazón abierto de donde salen tantas gracias, sobre todo: su bondad, su amor y su misericordia para nosotros y que nosotros podemos imitar.

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