El camino de la Cruz

No es sencillo para nuestro corazón recorrer con gozo el áspero camino de la abnegación. No lo es. A cada paso pareciera endurecerse sus pies, como quien va pisando el lodo. Entre nuestras acciones y sufrimientos se esconde un profundo deseo de ser exitosos, de alcanzar nuestras metas, de hacer algo que la devoradora Historia no logre digerir con el tiempo. Lograr cosas, querer otras, buscar medios, hallar respuestas. Si bien, todas ellas por los caminos subalternos, no por el de la Cruz. La pregunta es: ¿se podría llegar a algo fuera del camino estrecho? Cristo es claro y se muestra sin parábolas ante estas realidades.

San Juan de la Cruz tiene una frase que es digna de leer cada día: «no es voluntad de Dios que el alma se turbe de nada ni que padezca trabajos; que, si los padece en los adversos casos del mundo, es por la flaqueza de su virtud, porque el alma del perfecto se goza en lo que se pena la imperfecta». 500 años lleva esta frase empolvándose para algunos. ¡Qué pena! Quien busca avanzar tras una santidad ilusoria en donde no hay espacio a las adversidades está errando el camino. Nunca encontrará sino un acumularse de años… vacíos. El enemigo está en casa.

¡Nos hace falta leer y meditar con más frecuencia el estribillo del medio fraile «para llegar al todo…» y recordar nuestra humilde condición junto a la realidad que no hay otro camino para seguir a Jesús que el de la Cruz, y está, como Él la vivió, no como la pintan los artistas! Humildad y rendimiento del corazón, unidos a Jesús de camino al Calvario por amor. Quien huye de este camino, huye de todo. En definitiva, el Evangelio sin Cruz no es Evangelio. El relato de la Pasión corona la Buena Nueva. No hay otro modo de alcanzar la intimidad con Dios: la Cruz de Cristo es el verdadero garante de la fecundidad espiritual y apostólica.

Ser amigo más de dar contento a otros que a sí, ver a Dios detrás de todo – lo adverso y lo próspero – no desmayar ante la dificultad, reconocer la miseria y la inclinación natural a caer si Dios no nos sostiene, siempre lo más bajo y el lugar más ínfimo, nunca faltar a  la oración, en todo sólo a Dios como fin, en la presencia de Dios consumirse y desgastarse como servidor humilde, muriendo a sí para que brille la gloria de Dios, siguiendo como línea de vida la consigna del Divino Maestro: «qui se humiliaverit, exaltabitur»… humiliaverit en activo… exaltabitur… en pasivo. ¡Feliz andanza por el camino de la nada!

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1 Comment

  1. Reme
    18 enero, 2016 at 22:38 — Responder

    Ciertamente padre feliz camino ese ……..encontrarse con El en ese abismo del no ser

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