El arte de primerear un viernes por la noche

Por Javier Gaxiola LC

Viernes por la noche. El barrio del Trastevere en Roma apenas despertaba. Los grupos de amigos, enamorados y turistas curiosos comenzaban a fluir por las angostas y secretas calles del barrio. Los golpes de percusión se cruzaban de bar a bar, declarando oficial y unánimemente un estado de fiesta. Algunos celebraban, otros hablaban, bebían, coqueteaban, ligaban o al menos lo intentaban. Esa noche había diversión, alcohol, un que otro porro seguramente y también… un seminarista. Yo, seminarista, también estaba ahí.

Lo sé. no tengo nada que hacer ahí. La música, los bares y las chicas guapas eran mayoría absoluta y no es precisamente el ambiente ideal para un candidato al sacerdocio. Trataba de no distraerme con todo esto y concentrarme en lo que me había llevado ahí esa noche. Por cierto… se me olvidaba algo importante. No estaba sólo; éramos sesenta jóvenes, hombres y mujeres, algunos compañeros sacerdotes y hermanas consagradas. Estábamos ahí para primerear. Sí, primerear. Yo primereo, tu primereas, el primerea. Ahora mismo veo como el autocorrector de Word subraya “primerear” por considerarlo un vocablo inexistente. Es un neologismo. Lo inventó alguien hace poco. Pero antes de decirte más sobre este verbo, explico lo que hicimos.

De diez a doce de la noche, estuvo expuesto el Santísimo Sacramento en Santa María delle Scale. Discreta y silenciosa, la iglesia se encuentra clavada como una aguja en el pajar de restaurantes, bares y pubs del Trastevere. Emmanuel: Dios con nosotros. Tan cerca y tan lejos. Dios en medio de su pueblo, también entre los jóvenes en juerga, un viernes por la noche.

La tarea de los curas era la de confesar y atender a quién lo pi diese. La de nosotros adorar, alabar, reparar… y primerear. Sesenta jóvenes salían de la Iglesia y se adentraban en el laberinto nocturno, confundiéndose completamente entre estar siendo víctimas de una broma pesada para algún programa televisivo.el resto. No se sabía quién era del grupo y quién no. Es una de las tácticas del primereo: quien primerea no es que sepa muchas cosas, sino que es uno más, común y corriente, que busca a Dios y quiere encontrarlo, e invita a los demás a hacerlo. “Pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den cursos o largas instrucciones.”[1] En un itañolo descarado (mezcla entre italiano y español), los jóvenes madrileños abordaban a otros chicos y chicas de su edad, menores o mayores, romanos y turistas, sobrios y ebrios, mujeres y hombres, justos y pecadores. Un espectáculo. Parecía un montaje. La gente se extrañaba y pensaban

-Buenas noches. ¿Tienes un minuto? Somos un grupo de jóvenes que estamos haciendo una actividad esta noche y queremos invitarte. Consiste en entrar un minuto a la Iglesia a dejar una intención por la que quieres que recemos y, si lo deseas, también puedes rezar un rato.

Los ojos de los invitados revelaban confusión y escepticismo. Si venían en grupo, se miraban entre sí, preguntándose qué responder, y cómo deshacerse de tan incómoda situación. Parecía una tomadura de pelo bastante extraña y encima, a la Iglesia si se va, se va en domingo, y ¡nunca en un viernes por la noche!

Los anfitriones ambulantes aprovechaban la perplejidad y volvían al ataque. Algunos invitados se negaban, otros se burlaban, pero otros se dejaban convencer o los seguían sin entender bien de qué se trataba, movidos más por curiosidad que por fervor. “Después de todo no debe ser tan malo.” “Sólo es un minuto y hace mucho que no lo hago.” “Parecen normales y no se ven tan frikis” pensaría más de alguno.

Ya dentro, las luces apagadas y un camino trazado por velas encendidas en el piso marcaban la dirección por la cual debían caminar. El requinteo, el piano y las voces de las consagradas cantándole a Su Esposo a un lado del altar, sugerían caminar despacio, recogimiento y paz. Al fondo del camino, una canasta con las famosas papeletas de intenciones se encontraba justo debajo del altar. Arriba, sobre el blanco mantel, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, tan callado y respetuoso como siempre. Además de la intención, podías tomar otro papelito a suertes con alguna frase evangélica o del Papa, para la reflexión personal.

Aquella noche, entró de todo. jóvenes y no tan jóvenes, novios, gente sola, matrimonios, una pareja de lesbianas y otra de homosexuales; vi  encuentros, reencuentros, una que otra lágrima, prejuicios derrumbados, pecados perdonados y caras como de alivio interior. “Venid a mi los que estéis cansados y fatigados y yo os aliviaré”. (Mt 11, 28)

Entonces me acordé de Francisco, y su “primereo”.  En el número 24 de su recién publicada Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium el Papa dice: 

“La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. «Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!”[2]

La Iglesia Católica se había declarado ya hacía tiempo en estado de misión. Esto no es nuevo. La nueva evangelización fue lanzada formalmente por el Papa Juan Pablo II. Francisco sin embargo nos invita a revisar los métodos, que no deben tener esquemas fijos[3]. Parece que es justo lo que el Espíritu Santo está buscando: la innovación en la transmisión de la fe nos empuja hacia afuera, y una vez fuera actúa dentro de quien primerea, no su propia fuerza, sino la fuerza del Mensaje.

ACTITUDES DEL PRIMEREO

Para quien quisiera hacer una experiencia semejante, es necesario adoptar las siguientes actitudes:

1) Memoria agradecida: Dios primerea primero. “En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios.”[4] Cuando el Rey David se sintió mal por tener una mejor casa que la de Yahveh y decide construirle una casa de cedro, Dios le responde lo siguiente: “Me vas a edificar tú una casa para que yo habite? … Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de Israel. Yahveh te anuncia que Yahveh te edificará una casa.” Dios primerea mucho antes que nosotros. Si nosotros primereamos, es porque el primerea primero en nuestra vida. Una primera actitud para la comunidad evangelizadora es experimentar el primereo de Dios en la propia vida. Leer la propia historia con ojos de fe, detectar su paso por mi alma con corazón agradecido. Quien no haya contemplado y meditado suficientemente el primereo de Dios en su vida personal, no está completamente listo para primerear.

2) Segundear: otro neologismo. Quien primerea, no sólo sabe que Dios primereo primero, sino que sabe que es instrumento de Dios. La comunidad evangelizadora al primerear, siente la tentación de a soberbia y de pensar que su salida, su búsqueda de los más lejanos, es idea suya y que son sus cualidades y su generosidad las que logran convertir los corazones de sus hermanos hacia Dios. Es en realidad el error de pensar que somos proveedores de la gracia. Debemos ser conscientes en todo momento que por más que nos esforcemos y que prediquemos elocuentemente, no somos capaces de suscitar ni un gramo de gracia por nuestra cuenta, ni para nosotros ni para los demás. “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles.”(Salmo 126) Segundear, pues, es fundamental para primerear. El instrumento es importante, pero no lo más importante. Entre menos brille mejor. Cristo es el protagonista del primereo.

3) Salir: para primerear hay que hacerlo con quien no está cerca. Primerear implica necesariamente salir al encuentro de los alejados. No podemos esperar que nuestros hermanos que no están cerca lleguen sólos. Los Obispos latinoamericanos reconocían con sinceridad en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe que “ya no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos.”[5] Debemos salir a buscar a las ovejas perdidas. Dejar nuestros esquemas, nuestra zona de confort, nuestro círculo habitual. Ir en búsqueda de los más necesitados, de los pobres, de los que sufren, a las periferias reales y también a las existenciales. En el trabajo, en la calle, en las reuniones sociales, en un encuentro fortuito, en grupos de amigos. Cada momento de nuestra vida puede el areópago perfecto para primerear. El truco es salir de uno mismo y transmitir sin miedo.

4) Misericordia: el arma principal del primereo es la misericordia. Quien primerea, ha experimentado en su propia vida el pecado y se ha dejado curar por el corazón amoroso de Jesús. No puede no compartir su experiencia de sentirse amado y perdonado. Cuando se encuentra con sus hermanos heridos y lejanos no se detiene en discusiones secundarias o clichés. No tiene respuestas prefabricadas para todo. Busca por encima de todo el bien de sus hermanos y que los que se han alejado de Dios y de su Iglesia regresen y encuentren paz. El primereo sabe ceder en lo circunstancial y tiene en su esencia una jerarquía muy clara de lo más importante en la vida cristiana, de lo fundamental y que sostiene todas las demás consecuencias morales. Insiste en la raíz, que es el amor infinito de Dios. Primerear supone que Dios no se cansa de perdonarnos, y por ello la comunidad evangelizadora que primerea no juzga ni se escandaliza del pecado. “La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio.

5) Paciencia: quien primerea sabe esperar. Los tiempos de Dios no son siempre nuestros tiempos. El hecho de ser instrumentos de la gracia no implica que todas las personas vayan a estar receptivas en todo momento. Algunos no podrán recibir el Mensaje en el momento en el que quien primerea lo propone, por más que tenga todas las actitudes previas y sea muy respetuoso y entusiasta. Quien primerea ha de aprender a esperar y acompañar, para estar disponible y listo cuando Dios indique que es momento para que algún alma se encuentre con él y requiera nuestra ayuda para lograrlo. Quien primerea todo lo espera, todo lo soporta, todo lo aguanta. No se cansa de hacer el bien, pues su fortaleza es Dios mismo. “El hace a sus fieles siempre nuevos; aunque sean ancianos, les renovará el vigor, subirán con alas como de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse.”[6]

EFECTOS DEL PRIMEREO

Primerear no sólo implica actitudes de fondo, sino que provoca consecuencias evidentes. Efectos en el alma de quien primerea y de quien recibe el Evangelio. He aquí algunos efectos que esa noche en el Trastevere se manifestaron de un modo claro:

1) Alegría: El primer efecto del primereo es la alegría. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”. Es la primera frase de Francisco en el número uno de su exhortación. Continua después, asegurando que “al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien le da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con brazos abiertos.” El entusiasmo de la transmisión de la fe se contagia fuertemente en el mismo momento en que se actúa, y esta alegría llena el corazón del hombre y responde a sus más íntimos anhelos existenciales. Francisco lo dice con una bella expresión en su exhortación cuando exclama: “Que bueno es que los jóvenes sean callejeros de la fe, felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!”[7]

2) Comunión: “Nadie se salva sólo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana.” Cuando primereas, no lo haces sólo. Te unes a la comunidad evangelizadora de la Iglesia y evangelizas en la Iglesia, cuerpo místico. Cada quién pondrá su grano de arena en el proyecto del primereo de Dios. Cada instrumento tocará con su timbre y su tono, pero juntos ensamblarán la melodía armoniosa de la Buena Nueva que ansía escuchar toda alma humana en el fondo de su ser. La comunión de los que primerean en el nombre de Cristo es más fuerte que una simple relación humana, pues los une la fe y la misión evangelizadora.

3) Atracción: “la Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción[8].” Cuando convivimos con personas que viven su fe con coherencia y radicalidad, no podemos más que admirar y desear, aunque no lo manifestemos, esa felicidad auténtica que irradian incluso con una sonrisa o en unos ojos radiantes. Cuando vemos el entusiasmo de la Iglesia que primerea, sentimos que dentro de nosotros se despierta desde el fondo de nuestro corazón un deseo de compartir esa alegría, de tener a Cristo dentro y de acercarnos a Él para que nos sane. Como la samaritana, que al hablar unos momentos con Cristo le expresa su deseo de ser feliz con esa conocida frase de Juan 4, 15: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla”.

4) Auténtico interés: la acción evangelizadora de la Iglesia en salida, si de verdad primerea, es muchas veces invisible, inaferrable y no puede ser contabilizada[9]. “Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida.” Cuando primereas, aprendes que Dios tiene sus tiempos y sus modos de actuar, que a veces no coinciden con nuestras expectativas.  Uno siembra, sabiendo que la semilla es de Dios, y también su crecimiento. No sabemos ni cuándo ni cómo crecerá. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria y que nuestra oración es intercesora[10].

5) Fervor: la fe se fortalece cuando se comparte. Cuando primereas, la fe que viene de Dios se acrecienta y se arraiga más fuertemente en nuestra alma. Dios nos concede que inmediatamente sintamos la necesidad de orar, de acompañar a nuestro hermano en la oración. El discípulo misionero, cuando primerea, “sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”.

6) Frutos: La Iglesia que primerea sabe fructificar. La comunidad evangelizadora está atenta a los frutos, porque Dios la quiere fecunda. La celebración y la alegría por una sóla oveja que vuelve al redil, llena de satisfacción al discípulo misionero. En palabras de Francisco, “la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe festejar. Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización”.

Seguramente el tema tiene mucha más miga, y entre más se excava, más descubrimos la urgente necesidad de renovarnos. El tema parece inagotable, y al adentrarnos en el primereo percibimos que Dios busca una auténtica reforma en el método de evangelizar a nuestro mundo contemporáneo. Una figura que encarna de un modo armónico y completo el arte de primerear es María. La Virgen, Estrella de la Evangelización, primereó toda su vida. Primereó en la Encarnación. Primereó con su prima Isabel, subiendo al encuentro de su pariente encinta “sin demora”[11] en cuando escuchó la noticia del ángel. Primereó en Belén, en Nazaret, en Caná. Primereó al pie de la cruz, y con los apóstoles antes y después de Pentecostés. “Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. “[12]

En conclusión: cuando primereas por primera vez, te da miedo. Sientes que evangelizar sin esquemas y fuera de tu zona de confort es rechazar la ortodoxia, y parece que flotas, que no vas a ningún lado, que divagas. Pero primerear no es sólo llegar primero, sino (como dice la canción) saber llegar. Primerear es un arte, es dejar que Dios tome las riendas y dirija la misión evangelizadora de la Iglesia. Es hacer que los hombres y mujeres modernos sean contemporáneos a Jesús de Nazaret. Es salir, adelantarse, tomar la iniciativa, salir al encuentro. Y así, cuando comienzas a primerear, te das cuenta que no primereas tú. Que Dios primereó, y que la Iglesia primerea cada vez que te prestas como instrumento y sales a compartir la alegría de la fe.

 

 

 

 



[1] Evangelii Gaudium 120

[2] Evangelii Gaudium 24

[3] Evangelii Gaudium 11

[4] Evangelii Gaudium 12

[5] Documento de Aparecida 548

[6] Evangelii Gaudium 11

[7] Evangelii Gaudium 106

[8] Evangelii Gaudium 14

[9] Evengelii Gaudium 279

[10] Evengelii Gaudium 281

[11] Lc 1, 39

[12] Evangelii Gaudium 286

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