El anhelo de Cristo

El Evangelio del domingo pasado nos presenta el anhelo constante de Cristo de acercarse a cada uno de nosotros para sanar nuestras heridas y transformar aquellas situaciones que nos han hecho perder la ilusión y la paz.

La iniciativa de Jesucristo. El obrar de Dios no es como el nuestro. A nosotros nos gusta aparecer como los primeros y tomar protagonismo. Cristo, por el contrario, aun tomando la iniciativa, se hace el oculto. Esta actitud humilde y mansa de su corazón es la del que busca el bien de quien ama, como un Padre o una Madre a sus hijos.  ¿Por qué quiso Jesús pasar a la otra orilla? ¿Por qué caminó entre la gente? ¿Por qué se dejó interpelar por Jairo? Cristo lo hizo porque conocía la necesidad de la mujer y de Jairo, y anhelaba sanarlos. Ningún dolor nuestro es extraño a los ojos de Dios. No somos indiferentes para Él. Su obrar, sin embargo, es un acercarse y dejarse encontrar. Por ello, en los momentos de dificultad vemos aparecer muchas oportunidades en las que Dios nos invita a ir a Él. Veamos siempre en nuestra vida las muchas iniciativas que Dios toma y ha tomado para acercarse a nosotros: una invitación de un amigo a ir a Misa, un mensaje de reflexión que nos ayuda, un pensamiento que nos lleva a Él, una Iglesia cercana a la cual podemos acudir… son todos muestras del gran amor que Dios nos tiene y de su gran anhelo de estar cercano para sanarnos.

La mujer enferma. Es la situación de quien sufre hace muchos años sin poder curarse. Se tratan de esas heridas que no sanan y que las inversiones que hacemos para curarlas parecen agraviarlas. Malas experiencias del pasado, pecados que no nos perdonamos, algún perdón que no hemos otorgado… heridas que siempre sangran y no nos abandonan. El pensamiento de esta mujer nos dice el modo en que Cristo quiere curarnos: “si sólo pudiera tocar su manto, sanaré”. Esta mujer quería sanarse en secreto, porque experimentaba una gran vergüenza de su situación. Y así fue, Cristo la sanó en el secreto, hasta tal punto que dijo: “¿Quién me ha tocado?” Esta es una gran muestra de la acción de Dios en la confesión. Muchos temblamos del sólo pensar que tenemos que ir a decir nuestros pecados. Sentimos vergüenza. Dios sabe que nos cuesta, pero también que necesitamos escuchar con una voz material: «Te perdono», porque sólo diciendo con arrepentimiento nuestros pecados y escuchando su voz, en la del sacerdote, se puede sanar definitivamente nuestro dolor dándonos la seguridad de que es Él mismo quien nos perdona.

La niña enferma. La siguiente escena es muy conmovedora. Anuncian que la niña ya ha muerto. Cristo ve el rostro de Jairo, su padre, que comienza a entristecerse y conmovido dice: “no está muerta, está dormida”. Y a pesar de las burlas, Cristo da un paso adelante y sana a la niña. No hay casos perdidos para Cristo. Incluso aquellos que nos parecen irreversibles. Personalmente me ayuda mucho pensar esta escena recordando mi conversión. Quizás nuestra alma puede parecernos indefensa y débil, incluso muerta, pero la voz de Cristo puede hacerla renacer con una fuerza que no nos imaginamos. Sólo Él puede hacerlo. «Nada puede separarnos del amor de Cristo». Escuchemos los pasos de Cristo que se acerca cada día a nosotros para decirnos con una voz llena de compasión y misericordia: “Levántate”.

Cristo anhela y desea nuestro bien. Sueña con perdonarnos. Pasa a la orilla de nuestra vida y siempre está de camino a nuestro alcance. «Dios perdona siempre» dice el Papa Francisco. Estiremos la mano a su manto, mandemos a alguien a ir por Él, digámosle en confesión con confianza lo que nos sucede y experimentemos el gran amor que Dios nos tiene. Todos recordamos la inmensa paz que experimentamos tras su perdón, el despuntar de nuestra vida y la alegría. Que nada nos detenga en el anhelo de confesar a Dios nuestra enfermedad: ni la vergüenza, ni la burlas… Cristo se ha quedado con nosotros, cercano a todos, lleno de misericordia. Imitémoslo, perdonando sin excluir a nadie. Tomando la iniciativa, saliendo al encuentro, sin cansarnos de hacer el bien. Es Él, quien vive y obra en nosotros.

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