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El Ancla

“Tal esperanza es como el ancla firme y segura

De nuestra alma” (Hbr. 6,19)

Normalmente nos gusta ponernos al frente del escenario de nuestras vidas y tomar el papel principal. Los reflectores del escenario son todas las atenciones que nos damos, algunos son más intensos que otros. Al estar allí enfrente pensamos en nuestras victorias y fallos, en nuestros defectos y virtudes, en nuestros proyectos y límites. Todo enfocado en nosotros, anclado en nosotros pues estamos, o al menos parecemos, seguros de nosotros mismos.

Ciertamente nos gusta el protagonismo, pero… ¿Qué pasaría si sedemos el papel principal a Otro por un momento? Sólo por un momento… un momento en el que dejemos de iluminarnos, en el que dejemos nuestras seguridades, en el que dejemos ser a Dios el protagonista.

Este ceder el lugar supone una gran inversión de esperanza, pero “es grande la fuerza de un alma llena de confianza” (diario de santa Maria Faustina Kowalska). De hecho la carta a los hebreos describe a la esperanza como un ancla[1] firme y segura de nuestra alma (Hbr. 6, 19).

Así es, con la esperanza nos afianzamos en Dios, la roca firme. Sin embargo constatamos lo pesada que es el ancla, las fuerzas no nos bastan para cargarla y lanzarla. Por paradójico que suene, la fuerza que nos falta proviene de la humildad. La humildad es la base de la esperanza, y no es otra cosa que reconocernos como somos ante Dios.

Con la humildad me veo como me ve Dios y para el cristiano esto cobra un valor enorme al saber que Él “me amó y se entregó por mí” (Gal. 4, 6), no porque me lo merezco, sino porque me ama. Porque reconozco que nada que yo haga puede hacer que me deje de amar, pues su amor a mí está en Él.

Y a raíz de la humildad se sucede una serie en cadena: al reconocernos como somos ante Dios reconocemos también su amor único y personal hacia nosotros, del saberme amado así, brota la fuerza para anclarme en Dios.

Así que hagamos “la prueba y veremos qué bueno es el Señor” (Sal. 34), bajemos del escenario al menos un día y dejamos a Dios actuar en nuestra vida.

[1] El ancla ha sido una imagen popular desde la antigüedad, representa estabilidad. Es a partir del siglo II d.C. cuando la iconografía cristiana la convertirá en símbolo de la esperanza.

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