El amor sin sacrificio se hace insípido, el sacrificio sin amor es infértil

GUSTAVO GODÍNEZ, LC

Recuerdo que hace algunos años, antes de consagrar mi vida a Dios, sentía una gran repulsión ante la idea del sacrificio y no entendía como la Iglesia podía proponer algo así. ¿Por qué la Iglesia propone a los cristianos el sacrificio como virtud y los invita a vivirlo especialmente en este periodo de cuaresma? ¿Qué sentido tiene el sacrificio?

¡Qué paradoja que sintamos tanto fastidio ante la “necesidad” de hacer sacrificios por Dios, mientras que nos “gozamos” de los muchos sacrificios que hacemos por nosotros mismos! ¿Cuántos de nosotros no sacrificamos una buena cantidad de horas al día en el gym? ¿No renunciamos a comidas que nos encantan a cambio de una buena figura? ¿No soportamos dolores increíbles después de cirugías estéticas para mejorar nuestra apariencia? Así, podría seguir la lista.

Es un hecho, en nuestra vida hacemos muchos sacrificios, unas veces superficiales y otras veces sacrificios más nobles, como pasar varias horas del día trabajando para darle a mi familia lo mejor o dejar de comprar algo para mí para poder darle un regalo a alguien más. Sin hacer juicios sobre el valor de estos sacrificios o la necesidad de los sacrificios a Dios, quiero hacer una reflexión sobre el amor, como fuente del sacrificio.

Cuando estaba en la prepa me encantaban las fiestas y el antro. ¡Difícilmente me perdía una! Una vez, mi novia me pidió que me quedara con ella en su casa, viéramos películas y no fuéramos al antro. Esto implicaba evidentemente una gran renuncia, un gran sacrificio para mí. Después de mucha insistencia acepté quedarme con ella, aceptar su plan. Toda la noche estuve pensando en lo que había renunciado, no podía dejar de imaginar lo que estaría haciendo si estuviera en el antro, y para ser sincero, no disfruté nada el sacrificio. Algunos años después, ya en la universidad, me pasó algo similar con otra novia. Esta vez era elegir entre ir con ella a platicar a su casa o ir a un bar con unos amigos. La decisión fue la misa que unos años atrás, ir con ella sacrificando algo que me gustaba, pero el resultado fue muy distinto. Esta vez me la pasé tan bien que no tuve tiempo de pensar en el bar. ¿Por qué ésta vez era diferente a la anterior, cuando las circunstancias eran las mismas?

Tengo que admitir que esta mujer me traía loco, verdaderamente estaba enamorado de ella, había cambiado mi vida y yo estaba dispuesto a todo por hacerla feliz. Ésta era la gran diferencia entre las dos experiencias. En la primera, mis ojos estaban fijos en el sacrificio, en la segunda, mis ojos estaban fijos en la persona que amaba.

Las privaciones y sacrificios son buenos únicamente cuando tenemos los ojos bien fijos en el amado y los hacemos para pintar una sonrisa en su rostro, y no sólo para que “yo crezca” o para que “yo me haga mejor persona”. El sacrificio nace del amor y no al revés. Es decir, no es que los sacrificios que hago por alguien me van a hacer amarlo más, sino que, porque ya lo amo, empiezo a renunciar a algunas cosas para amar más a esa persona, para hacerla feliz.

Cuando nos hablamos de hacer sacrificios por Dios, debemos recordar que, en cierta medida, Dios no necesita nuestro sacrificio. “Misericordia quiero y no sacrificios” dice Jesús en el Evangelio. Existe siempre una tensión cuando pensamos en “lo que yo puedo hacer por Dios” “lo que yo puedo sacrificar por él”, porque podemos perder de vista lo esencial y que debe ser el fundamento de nuestra vida cristiana, esto es: el amor gratuito de Dios Padre. Dios me ama infinitamente, y lo hará siempre, independientemente de lo que yo haga o deje de hacer por él.

Ahora bien, esto no significa que entonces no tenemos que hacer nada por él. ¡Al contrario! El deseo auténtico del sacrificio de amor nace precisamente en esa contemplación de la gratuidad de Dios. Al darme cuenta de esto, y mientras voy creciendo en una amistad íntima con él, me voy dando cuenta que hay cosas que a él le encantan y que a mí no tanto. Es en este contexto, aquí y solo aquí, donde los sacrificios empiezan a tener un sentido diferente.

Yo no me tengo que ganar el amor del Padre, ¡ya lo tengo! Gracias a Cristo, quien tomó mi lugar en la cruz, el Padre no puede verme sin ver a Cristo en mí. Al contemplar esto en profundidad, no puede no nacer en nosotros un deseo de perfección, una perfección en el amor. Es aquí donde vuelven a tener sentido los sacrificios. Siempre en el contexto del amor. ¡Sólo en el contexto del amor!

Respondiendo a la pregunta inicial, ¿qué sentido tiene el sacrificio? Considerado en sí mismo, tiene sólo un sentido de auto perfección, es decir, el sacrificio me hace ser más dueño de mí mismo. Considerado en el contexto del amor, el sacrificio “sazona” la relación. Todo lo que pueda hacer y ofrecer para amar más es lo que le pone sabor al amor, por eso: “el amor sin sacrificio es insípido, el sacrificio sin amor es infértil”.

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