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El alma humana es naturalmente cristiana a la luz de un texto de Tertuliano (Apologeticum XVII)

Introducción:

El alma humana, principio de vida (1), solamente puede encontrar su origen y su fin en los brazos de Dios Creador que, siendo Acto Puro, no se cansa de crear el cosmos entrelazando simultáneamente en el amoroso acto de crear la armonía racional lógica y subsistente que desde el inicio de todas las cosas- (Εν τη αρχη) – es Palabra que es y que crea (dixit et factum est).

El hombre, reconociendo que no se hizo a sí mismo, que no fue capaz de existir de por sí solo con una unidad ontológica que participa del “Ipsum Esse Subsistens”; el hombre, alma y cuerpo, espíritu encarnado, está llamado a acoger con la mente y con el corazón la precedencia del “Verbo”, de la “Ratio”, de la “Virtus”, a la que se refiere Tertuliano al inicio del texto seleccionado. Dios que es Verbo y, que desde una terminología filosófica griega es, sobretodo, Logos, encuentra ahora su plenitud de significado y de transcendencia en la resolución de que el universo y también el alma humana es poesía cósmica de un Dios que, sembrando la semilla de la verdad en el campo del mundo, no hizo y no hace las cosas- tampoco el alma humana- desde la perspectiva de un hacer factible de cuyo fruto producido (factum) Él puede después sacar algún usufructo para sí mismo (2).

Con otras palabras, Dios que es Logos en la mentalidad griega y Ratio para la mentalidad latina, en una línea cronológica filosófica, no es, en este contexto, un mero operario de una gigantesca fábrica, en la que al final de la jornada exige su salario y se desentiende de todo. La prueba de esto es que Dios no se mueve en el simple concepto funcionalista, materialista y utilitarista del “πραττειν”, sino que, más bien, Dios crea y nos recrea en la dinámica del “ποιειν”, que se contrasta ahora totalmente con el concepto de “πραττειν”. Por consiguiente, todo el universo y, dentro de la sinfonía del cosmos el alma de cada hombre, no es fruto de una praxis, sino que maravillosamente es fruto de un Poeta, es, por tanto, una poesía bellísima.

Nuestro acercamiento al inicio del Génesis en lengua griega debe maravillarnos por lo que a primera vista salta a los ojos de nuestro intelecto y de nuestro corazón: “Εν τη αρχη ο θεος εποιεσεν” (En el principio Dios creó). El alma es infundida por Dios en el hombre y es bella porque es, en definitiva, poesía del Eterno Poeta (ποιειν – ποιητης) y si nos preguntamos, a fin de cuentas, porque cada poesía conlleva un sentido de belleza la razón no puede ser otra que la confirmación de que la esencia de la belleza poética es el hecho de decir la verdad con belleza y, de este modo, algo no aparece delante de los ojos del intelecto humano como verdadero porque es bello, sino que aparece bello porque simultáneamente se presenta verdadero.

Esta introducción, realizada de modo especial a la luz del pensamiento de Benedicto XVI, con un énfasis en la relación entre Logos y creación- en nuestro caso, Dios y el alma humana- se intensifica ontológicamente delante del acontecimiento innegable e histórico de la Encarnación, que no solamente dejó una profunda huella entre nosotros, sino que su intensidad, incluso de contenido está en el hecho de que la Luz invadió las tinieblas, el Verbo se hizo carne en el llanto y la sonrisa de un niño. Y en el nacer de Dios se esconde la predicación por antonomasia que entra en relación con el argumento tratado en este artículo, es decir, detrás de su nacer está su morir, y es en el laberinto de este misterio que el alma puede llegar a decir con certeza, como Tertuliano, que es naturalmente cristiana.

1.¡Hombre, testimonia al mundo que eres cristiano!

A este punto Tertuliano menciona que, aunque alguien no quiera reconocer la belleza divina y cristiana del alma humana, que lo es por participación, por lo menos ignorarla no podrá jamás. Si Aristóteles llegó a la conclusión de que el hombre es naturalmente filósofo (ξωον λογικον), Tertuliano nos está diciendo ahora, sin glosa, que el hombre es cristiano por naturaleza, por lo que en la esencia del ser humano, no hay consecuentemente nada de contradictorio al decir que es cristiano.

Si la razón es natural al hombre y, ya hemos visto que Dios es Logos, es Razón que san Juan Evangelista resalta en las primeras líneas de su evangelio, llamándolo por su nombre- Εν τη αρχη ο Λόγος – ahora, este Logos creador del hombre, regalando al mismo hombre un alma, le grita al corazón: “¡hombre, testimonia al mundo que eres cristiano!”, pues el Verbo, Dios se hizo carne en la Persona del Hijo Jesucristo. Por tanto, ser cristiano es natural al alma de todo hombre, pues no menos de esto el Logos vivió con un corazón humano y nos quiso hacer partícipes de la Verdad Lógica y Subsistente en la que, por participación, estamos diariamente inmersos.

Entrando en profundidad, notamos que a este punto es necesario considerar que el alma humana ha sido uno de los temas que más han inquietado los pensadores y filósofos de todos los tiempos y culturas, desde los presocráticos hasta los más contemporáneos, como el ensayista español Miguel de Unamuno. Si el alma existe o no existe y si es inmortal o no lo es han sido los grandes temas que han sido discutidos por tantos y que en este artículo no me explayaré en ellos.

A penas recordemos un poco a Platón. A la luz de lo que hemos dicho hasta aquí, la creación y la existencia de un Logos que en el acto de ser subsistente va dirigiendo con una batuta (dixit et factum est) todo el cosmos ahora queda minusvalorada, pues para Platón el alma es eterna, y si es eterna, descartamos tanto la creación como el acto de amor de un Dios creador que, consecuentemente, jamás ha infundido el alma en un determinado cuerpo dentro del espacio-temporalidad. Al respecto es clarividente que la precedencia cronológica de Platón con relación a la Revelación, a la Encarnación, al cristianismo, y ahora el pensamiento expuesto por Tertuliano de si el alma es cristiana no es compatible en argumentos.

2.El alma humana busca el Rostro de Dios:

Tertuliano en el primer párrafo ya deja a la vista del lector algo que no parece entrar dentro de los parámetros de la racionalidad. Dice que “el que es invisible, se ve; el que es incomprensible, se comprende por la gracia; y el que es impensable; puede ser pensado”. Tertuliano parece referirse al grandioso misterio de Dios Uno, de Dios que se hizo carne, al que nosotros adoramos, al Logos que ordena, que crea todos los elementos básicos de la naturaleza y crea y ordena con amor, en definitiva, al hombre, espíritu encarnado, obra de sus manos. En este contexto, nuestra admiración se vuelca totalmente al misterio del alma humana que por naturaleza halla su unidad esencial en el Verdadero y Único Dios, que es alfa y omega no porque es libro del cual sólo podemos conocer el prólogo y el epílogo, sino que podemos, leyendo todo el universo creado por sus manos, enamorarnos y conocer no solamente la estrechez y la finitud de los entes que son semillas de bondad y de amor esparcidas por el cosmos, sino que podemos enamorarnos de modo especial de Él mismo, del autor de este libro, que escribió también el alma humana, seguramente su mejor poesía. Y para rematar no podemos dejar de rezar con el salmista después de esta nuestra reflexión: “sí, Yahvé, tu rostro busco: no me ocultes tu rostro” (3).

La preocupación filosófica presocrática sobre el principio de todas las cosas o la concepción platónica del alma como reminiscencia, ya en época de Tertuliano no sólo había sido superada, más completada con el insondable misterio de la kénosis del Hijo de Dios que, viendo su poesía sucia-la creación-a causa de la soberbia de poder y conocer de los hombres, se hizo visible, comprensible y pensable no porque el hombre haya sido capaz de escudriñar las alturas del cielo con los ojos del alma o con la sagacidad de su intelecto, sino que es Dios, -según Tertuliano-invisible, incompresible e impensable-, que bajó hacia nosotros.

A nuestra memoria viene lo que aconteció en Babel (4). La soberbia de los hombres les hechizó de tal forma que, queriendo tocar el cielo con la fuerza de sus manos en acción y con la soberbia de su corazón decidieron levantar una torre, un rascacielos jamás construido por manos humanas. Y de repente, ¡qué ironía la de Dios! Tuvo que descender para darles una lección que les pusiese en su lugar: les confundió las lenguas. Sin comprenderse mutuamente la construcción de su soberbia monumental se detuvo y Babel pasó a significar para la posteridad una bella invitación, especialmente al hombre y al filósofo moderno, al científico de este siglo, ¿cómo no?, a recordar siempre de mirar al cielo (ad caelum respicit), como dice Tertuliano al final del texto.

3.Desde la tierra el alma contempla el cielo:

El alma humana es cristiana porque, aunque inconscientemente, aunque incapaz de alzar la cabeza y contemplar el cielo, sabe en la profundidad de su ser que lo que le dará felicidad y plenitud es lo “unum necessarium” que Jesús indica a Marta (5). Y al final de nuestro camino por esta vida podremos decir haber visto lo invisible, gracias a la Luz que ilumina todo el cosmos. Podremos decir que hemos comprendido lo incomprensible, pese a todo el dolor, el mal y el sufrimiento que haya implicado vivir sobre esta tierra, a ejemplo del cura rural de Bernanos que consumido por la enfermedad expiró rezando con la exactitud y sencillez de esta oración: “todo es gracia” (6). Diremos haber pensado lo impensable durante toda la vida para responder a la pregunta fundamental del examen final que desciende del cielo: “Tomás, has hablado bien de mí, ¿qué recompensa quieres?- ¡Señor, sólo te quiero a Ti!”(7).

Y a estas alturas viene en consideración que el alma humana ha sido un problema filosófico. Algo que es entrañablemente cristiano de por sí se ha vuelto en el campo del pensamiento filosófico de todas las épocas un problema que ha generado la incomprensión del hombre sobre el hombre mismo. Basta leer, por ejemplo, la obra “Así habló Zarathustra” de Nietzsche para percibir que no podemos tampoco saber, según él, si tenemos alma, pues la vida del hombre parece estar dando vueltas día a día alrededor de una montaña y nunca llegaremos al fin del camino, nunca tocaremos la cima, el “unum necessarium”. Esto genera enseguida un problema ético, pues en este caso, estando así las cosas, lo que hay que hacer es tender a ser un súper hombre, ser lo mejor que puedas, sin estar preocupado por el alma y, sobretodo, sin miedo a la muerte, sin miedo de ir adonde tendemos todos por naturaleza.

Siempre la temática que procede a la del alma es la de la muerte. Si el tema del alma ha inquietado a tantos, pensemos ahora el tema de la muerte, ya mencionado antes. Mi propósito es no extenderme en este tema de la muerte, pelo lo cierto es que el hombre cae en la tentación de ver la muerte solamente desde la barrera como se ven los toros, es decir, siempre es la muerte de los demás y por ello ésta no le asusta y no le causa interrogaciones trascendentes porque todavía no toca su puerta y, olvidando la trascendencia de su propia vida y de su alma, vive los días sobre la tierra como quien dice: “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

Otro pensador ensayista es el español Miguel de Unamuno que parece zozobrar no sólo en argumentos de fe y razón, religiosidad y ateísmo-desde una perspectiva de su propia vida-sino que en el “Del Sentimiento Trágico de la Vida” él llega a sostener que el alma es inmortal-por tanto creada y dependiente de Dios creador-; pero sostiene esto como una verdad racional y cordial a la vez, por lo que citando anteriormente a Kierkegaard, quien decía ser la fe una salida desesperada del ser humano que, crucificando la razón, se engarza a la religiosidad para dar sentido a lo que de por sí mismo no parece comportar ninguna trascendencia, refiriéndose al alma humana que, en este sentido, según Unamuno no es naturalmente cristiana, sino halla en la fe y la práctica de la religión un escape (8).

Evidentemente Unamuno atravesó como todos los mortales el umbral misterioso y divino de la muerte. Misterioso porque quien lo atraviesa no vuelve para contarnos cómo es y divino porque Cristo pasó por ella y resucitó para que por su esplendor y gloria resucitásemos todos en cuerpos gloriosos. “Méteme, Padre, en tu pecho, misterioso hogar; allí dormiré, pues vengo desecho del duro bregar”; son palabras profundas que custodian el humilde nicho de Unamuno en Salamanca y que manifiestan la claridad de un alma que tarde o temprano sabe reconocer de dónde viene y adónde va. Es por eso que Tertuliano nos habla de un Dios que realmente se da a conocer- “notum hominibus” (conocido a los hombres)-, pero que también se queda envuelto en la burbuja del misterio-“ignotum” (desconocido)-.

4.El alma humana sólo se comprende a la luz del Logos Eterno Encarnado, Cristo:

Cuando la filosofía se ocupa del tema del alma y después de un largo tiempo de discusión y de opiniones diversas no llega a definir o a confirmar en su absoluta integridad de principio constitutivo del ente en su composición forma en la materia, alma y cuerpo- hombre- espíritu encarnado el problema del alma humana; ahora también cristiana, se vuelve un pensamiento flácido, y vivir no es otra cosa que un cantar orgiástico, donde parece que estamos felices y conscientes de lo que sale de nuestra boca, pero en el fondo es una pura embriaguez de los sentidos. La razón, la presencia del Logos del universo se torna consecuentemente adormilada (9).

La riqueza del cristianismo en el contexto de la historia y del pensamiento occidental nos afirma que el alma humana agustinianamente canta y camina de acuerdo con el Logos, con una Lógica que, según Henri Newman, se trata de la primacía del Logos, la sensatez humana de aceptar que si algo es lógico, no es porque es precisamente la verdad, sino que es verdad porque es lógico, es Logos, es Cristo, es la Verdad, que se me presenta como Lógica, como Logos creador y redentor de nuestras almas.

Conclusión:

Quisiera subrayar que lo que Tertuliano dice al final del texto seleccionado entra en consonancia con la profundización filosófica posterior de la interioridad del hombre de San Agustín, en la cual el santo de Hipona afirma que el hombre descubre la Verdad que solamente le responde desde dentro (10). Imbuidos, por consiguiente de un aire teresiano fresco y espiritual, en el que sostenidos simultáneamente por una voz interior que nos dice a cada instante-“¡mira que te mira!”, se constata así el testimonio del alma cristiana, que ya no se vuelve precisamente hacia el Capitolio, adonde los paganos levantaban su mirada para adorar a los dioses que satisficiesen sus necesidades inmediatas y atendiesen sus súplicas, sino que ahora mira hacia el cielo y adora y bendice a un sólo Dios, que es Bueno y Grande, que no sólo decidió contemplar la tierra, obra de sus manos, desde el trono celestial, sino que encarnándose quiso contemplar el cielo desde la tierra. Y es de este modo que Tertuliano concluye afirmando una verdad histórica y divina (et inde descendit), y bajó; sí, bajó para decir a los hombres en la Segunda Persona de la Trinidad que nuestras almas son naturalmente cristianas y esto sin prescindir del don de la libertad y la voluntad, guiadas por la inteligencia; que alimentada por la fe, ya que la gracia perfecciona la naturaleza, nos invita a volver a un sólo Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo o simplemente no querer abrirnos a la gracia, pero sin ser capaces de ignorarla totalmente.

Así Tertuliano nos está diciendo y, más tarde San Agustín hará una profundización, que la respuesta de Dios a las inquietudes del alma humana y sobre el alma humana no provienen solamente desde fuera, sino que emanan desde dentro del hombre mismo, cuando con humildad y admiración acepta escuchar al “Maestro interior más interior que el hombre dentro de sí mismo”.

Bibliografia:
1)DE AQUINO, SANTO TOMAS, Summa Theologiae, I pars, q.75, a.1.
2)RATZINGER JOSEPH, Introduzione al cristianesimo, Ed. Queriniana, Decima edizione, pag. 30ss.
3)SALMO 26/27.
4)GENESIS 11, 1-9.
5)LUCAS 10, 41-42.
6)BERNANOS GEORGES, Diario di un curato di campagna, Arnoldo Mondadori Editore, pag. 274.
7)DE WOHL LOUIS, La luz apacible-Novela sobre Santo Tomás de Aquino y su tiempo, Editora Palabra, 17 edición.
8)UNAMUNO MIGUEL, Del Sentimiento Trágico de la Vida, ESPASA, Madrid 1997.
9)RATZINGER JOSEPH, Un canto nuevo para el Señor, Ed. Sígueme Salamanca, Segunda edición, pág. 118.
10)GILSON ETIENE, La filosofía en la Edad Media; Platonismo Latino: san Agustín.

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