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El agua es vida

Dicen que los sonorenses (provenientes del estado de Sonora, México) tenemos un síndrome especial llamado “el síndrome del norte”. Al parecer, consiste en arrancar cuanta hojita o rama verde nos encontramos en los árboles que tenemos al alcance de la mano cuando vamos paseando por ahí. Vemos una hoja al verde vivo y la arrancamos sin más explicaciones, la empezamos a hacer pedacitos y si no nos detienen, vamos por la que sigue. Según sabios filósofos de calle, la explicación es la siguiente: en nuestra querida tierra no hay agua, y por lo tanto no hay muchos árboles. Hay sequía. Desde niños, crecemos con la aguda conciencia de que si el Señor no manda lluvia, no hay mucho que hacerle. Y por lo tanto, hay arbustos, sahuaros y choyas, pero no los frondosos árboles verdes que encontramos en otras partes del mundo. Y cuando los vemos, hay algo dentro de nosotros que se maravilla ante el milagro de una planta verde, y te la quieres llevar contigo. Porque Sonora es desierto, con todo lo que eso implica. Conocemos como pocos el principio vital de que el agua, valga la redundancia, es vida.

El paisaje que contemplaba Nuestro Señor Jesucristo en Palestina era muy parecido. Dice la Escritura que después de estar 40 días en el desierto, se fue a bautizar con su primo el Bautista. En un río que atravesaba un desierto muy parecido al de Sonora.

El Señor, cuando vio a Juan después de tantos días en el desierto, decidió bautizarse. Se aventó un clavado al Jordán, y su cuerpo recuperó la frescura que había perdido. Se hidrató, seguramente, no sólo bebiendo, sino que su piel entera devoraba el agua al entrar en contacto de nuevo con este elemento vital.

Pero la materialidad no era todo. La vida física que le proporcionaba el agua, por muy humano que fuera, no era lo más extraordinario del chapuzón en el Jordán. La realidad espiritual se une a la material, y se da un fenómeno espectacular. Dice Proclo de Constantinopla en una de sus disertaciones que ese día el mar saltó de gozo y se regocijo alborozadamente. Porque recibió en pleno Jordán la bendición santificadora. Todo un Dios estaba siendo bautizado en sus aguas.

En el Antiguo Testamento, el Pueblo de Israel, después de 40 años de vagancia por el desierto, por fin entra a la tierra prometida, dirigidos por Josué. Josué tiene que atravesar el Jordán, para introducir a su pueblo a la Tierra Prometida. Nos podemos imaginar el ansia de estos hombres que después de varias generaciones por fin tenían ante sus ojos el añorado sueño de sus padres: una tierra propia y fecunda, que manaba leche y miel. La tierra de Dios. Y para entrar, era necesario cruzar el río. Ahora Jesús, después de 40 días, introduce en el mismo Jordán a la humanidad entera a una nueva vida. Una nueva creación. Un nuevo comienzo. Una nueva purificación, no de agua, sino del Espíritu. El agua que en el diluvio fue causa de muerte, ahora vuelve a los muertos a la vida. El bautismo de Juan que era sólo un signo del que vendría, se convierte con Jesús en el bautismo del Espíritu.

Juan se niega a bautizar a Jesús, al menos al inicio. ¿Cómo va a bautizar él al Mesías? ¿Qué necesidad? Pero Jesús, siendo el mejor maestro que ha tenido la humanidad, sabe que tiene que poner el ejemplo, no sólo para dar credibilidad sino para darle al signo la eficacia necesaria. Convierte el gesto en sacramento. Él hace nuevas todas las cosas. Y hoy, en esta fiesta, uno de los mensajes que nos manda es precisamente ese: con Dios las cosas pueden volver a empezar, pueden sanarse de raíz, pueden cambiar. Él hace posible lo imposible, y nos muestra con el ejemplo la necesidad de los sacramentos para podernos encontrar con el Dios que todo lo puede.

Cómo Hijo primogénito del Padre, decide él mismo empezar la nueva generación de hijos de Dios. Para que seamos todos hijos de Dios en el Hijo. Y eso al Padre le gusta. Prueba de ello es que al final del relato y como para cerrar con broche de oro, se abren los cielos y habla nada más y nada menos que el Padre. “Este es mi Hijo amado.” Aparece también el Espíritu Santo en forma de paloma. El día de hoy la liturgia nos hace una invitación atrevida: ¡siéntete hijo de Dios, porque lo eres! No somos ni “followers”, ni esclavos, ni “fans”, ni aprendices. Somos hijos. Y como dijo el Papa Francisco en su homilía de hace un par de días en Santa Marta: ni mil cursos de yoga te darán la libertad de hijo de Dios.

Soy mexicano. Me gusta tocar el piano y comer rico. Me encanta escribir y compartir experiencias con amigos. Me gusta viajar y conocer gente nueva. Estoy enamorado de Cristo y la Iglesia Católica por quien vivo y a quien busco servir con todo mi corazón. Soy Legionario de Cristo en formación.

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