Domingo de Ramos: La Alegría del reino

Por Andrés Orellana, LC

La Alegría del reino

“Si ellos no dicen nada, las piedras hablarán” La alegría en Jerusalén aquel domingo era verdaderamente incontenible. ¿Por qué se alegraban tanto? ¿Qué esperanzas veían en un hombre humilde, que venía montado en un burro? ¿Cómo puedo yo compartir esa alegría que nacía del corazón de los judíos, de los habitantes de Jerusalén?

Ponernos en contexto

Se alegraban porque veían el cumplimiento de una promesa divina, la promesa del Mesías. Si recordamos bien, Dios libró del poder del Faraón al pueblo de Israel. Con obras milagrosas los sacó del Egipto. Los libró de la esclavitud para hacerlos un pueblo libre. Ahora, el pueblo le pertenecía  a Dios. Dios era su rey, su soberano; y ellos eran su pueblo. Tenían un soberano que los amaba. Porque los ama les dio la ley, y los guió a través de Moisés en el desierto.

Una vez que llegan a la tierra prometida, los judíos quieren un rey, “como los otros pueblos”. No eran capaces de mantener su fidelidad a Dios, y ya estaban cansados de ser invadidos por otros pueblos. Dios les da al rey Saúl, y luego al rey David, a quien le hace una promesa: tu descendencia durará en el trono para siempre.

Después de Salomón el reino se divide, y el pueblo de Israel vuelve a ser dominado. Estuvieron bajo el dominio de los persas, los babilonios, los sirios, Alejandro Magno, el reino ptolemaico y el imperio seleucida, y ahora por los romanos. Pero Israel confiaba en la promesa que Dios le había hecho a David, la promesa del Mesías, y por eso se alegraron tanto los habitantes de Jerusalén cuando vieron a Jesús entrar con una multitud en la ciudad. Cantaban “hosanna” y alababan a Dios, y salieron multitudes alegres a recibir a Jesús, el Hijo de David; al que viene en nombre del Señor.

¿Falsas esperanzas?

Pero Jesús no venía con un ejército, ni con planes militares. Más bien venía montado en un burro. Sus discípulos eran los pobres, la gente sencilla. ¿Había en verdad algún motivo para pensar que éste era el Mesías, el que iba a restablecer el reino?

En realidad la gente confiaba en Dios, que cumple sus promesas a veces de formas inesperadas. De hecho, Dios estaba cumpliendo su promesa, pero los judíos, incluso los apóstoles tendrían que hacer un esfuerzo inmenso para entender sus planes. Una vez más, Dios rompe nuestros esquemas, pero sólo porque sus planes son más de mil veces mejor.

El viernes santo en la Liturgia, escucharemos a Jesús decir: “Mi reino no es de este mundo”. Sin embargo, Jesús ya había declarado: “Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mt 12,24). Al morir en la cruz, un soldado abrió su corazón con su lanza y de ahí salieron sangre y agua. La Iglesia ha interpretado esto desde los inicios como la efusión del Espíritu, y san Juan Crisóstomo nos explica que simbolizan los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía.

Entrar en el Reino

Si dejamos entrar al Espíritu de Cristo en nuestros corazones, si nos dejamos guiar por Él, ya hemos entrado en su reino. El reino de justicia, de caridad y de paz en el que cada corazón humano aspira vivir en verdad ha llegado, si dejamos que en nosotros Cristo reine. Para eso hace falta desprendernos de aquellos otros reyes que podamos tener en nuestro corazón, despojarnos del dinero y de la fama como las metas de nuestra vida. Hace falta desprendernos de las ataduras que no nos permiten pertenecer totalmente a Cristo, de nuestra comodidad y de nuestros proyectos, que muchas veces son cosas buenas. Hace falta hacer nuestros los deseos de su corazón, dejar que en nosotros reine ese amor que, olvidándose de sí mismo, hace suyas las preocupaciones y problemas de los demás, y con su mismo Espíritu de caridad ponerme a trabajar por aquél y con aquél que me liberó, dando su vida por mí.

Sí, Cristo es exigente y nos pide todo. No nos pide algo, sino que desea que seamos de Él: que amemos lo que Él ama, que queramos lo que Él quiere. Que lo imitemos en su paciencia y en su mansedumbre, en su servicio y en su entrega, en su verdad y en su amor. Vivamos esta Semana Santa con la mirada puesta en Cristo. Dejemos que este rey manso y bondadoso nos conquiste con su amor. Sirvámosle en el cumplimiento de nuestros deberes y aprendamos a verlo en los demás. Amémoslo osadamente en los pobres, especialmente en los más cercanos a nosotros. Entonces tendremos en nosotros la alegría del reino, una alegría que nadie nos podrá quitar. Digámosle una vez más con alegría: Cristo Rey nuestro: ¡Venga tu Reino!

Previous post
Los tres pilares del hombre
Next post
Caballeros de Dios: Juan XXIII y Juan Pablo II

No Comment

Deja un comentario

Back
SHARE

Domingo de Ramos: La Alegría del reino