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Dios nos da una vida feliz a su lado

Cuando Cristo nos cuenta este domingo las dos parábolas – la del campesino que siembra una semilla y ve como con el tiempo ésta va creciendo por el obrar de Dios hasta convertirse en una gran cosecha, y la de la pequeña semilla de mostaza que se convierte en un árbol grande que da mucha sombra – nos quiere decir una cosa muy sencilla: Él ha tomado la decisión de darnos una vida plenamente feliz y fecunda. Para ello, nos quiere dar a cada uno tres ideas sencillas: que estamos en sus manos; que permanezcamos unidos a Él; que nos entreguemos a los demás con generosidad como Él.

Estamos en sus manos, ¡y en qué manos! Dios que hizo todo lo que vemos: el cielo, la tierra y todas las maravillas del universo entero, no nos dejará jamás solos, nunca nos abandonará. Él ha apostado todo por cada uno de nosotros, y confía en cada uno. Sueña con nosotros. Todo lo dispone para nuestro bien. Es muy provechoso buscar hoy un lugar de silencio frente al sagrario o un crucifijo y decir con sencillez: «estoy en tus manos, Señor» y escuchar con el corazón como Dios nos responde diciendo: «Sí, siempre lo has estado y siempre lo estarás».

Permanezcamos unidos a Él, esta es nuestra humilde labor. Permanecer junto a Jesús con el corazón. Todo lo que nos lleve a Él será bueno. Son los pequeños gestos de amor y generosidad de cada día los que hacen fuerte esta unión. Toda pequeña acción de amor a Dios y al prójimo  tarde o temprano siempre germina y florece, aunque no siempre veamos los frutos de inmediato. Quien tiene a Dios de compañero nada teme.

Entreguémonos al servicio de los demás, de manera sencilla, con una sonrisa o un mano de ayuda. Cristo nos invita a compartir con Él su obrar, dando y sirviendo con generosidad y alegría. Amar como Él es el camino a la paz del corazón y la felicidad profunda. Es un gran regalo el que Dios nos haya invitado a colaborar con Él.

Dios nos promete hoy su amistad y una vida feliz. Caminemos con mucha alegría a su lado.

Legionario de Cristo por Misericordia de Dios, que anhela para todos el don de abrir el corazón a Cristo, plenitud de la vida.

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