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Día 4: don de Piedad

Hemos visto que no hay porción del ser humano que no sea tocada por el Espíritu Santo a través de alguno de sus dones. Los dones de Temor y de Fortaleza trabajan en nuestra sensibilidad. Uno modera nuestras inclinaciones para no separarnos de Dios, y el otro nos da fuerza ante las dificultades y peligros. Estos dones, podríamos decir, son “interiores”. Trabajan dentro de nuestra propia alma. Pero la santidad no se puede quedar como algo solo interior. La vida diaria del cristiano está llena de relaciones con otras personas. El don de Piedad va dirigido a elevar nuestras relaciones con Dios y con los demás.

Hemos dicho que las herramientas humanas para santificarnos son las virtudes. En el campo del trato con los demás, tenemos, en primer lugar, la caridad. También la virtud cardinal de la justicia, y muchas que se derivan de ella como la gratitud, la religión y la equidad. La herramienta divina por la cual el Espíritu Santo interviene directamente en nuestras relaciones con los demás es el don de Piedad.

Se llama don de Piedad porque su punto de partida es nuestra relación con Dios. Podríamos decir que hay dos maneras de concebir esta relación:

La primera es humana, y se basa en la justicia o la religión. Podríamos decir que es un camino en dos direcciones: Dios es mi Creador y por eso le doy el culto que le debo. De Él he recibido muchos beneficios y me toca a mí agradecerlos. Esta visión es buena, porque Dios realmente es nuestro Soberano y Señor. Pero se queda corta.

La segunda manera es característica del cristianismo. Es precisamente el fruto del don de Piedad. Se trata de saber que Dios es mi Padre. Este camino es unidireccional, porque es totalmente gratuito. No importa qué haga o qué deje de hacer, Él me ama siempre con amor de Padre. Y yo respondo a su amor, no por lo que Él me dé o por lo que espero recibir, sino simplemente porque es mi Padre.

El don de Piedad me hace saber, más allá de cualquier cálculo humano, que Dios es un Padre bueno. Como consecuencia lógica sentiremos también un interés por todos nuestros hermanos. Y por eso el don de Piedad regula también nuestra relación con ellos.

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