Deseo de amor, deseo de Dios

¿Qué es lo que en el fondo más deseamos? ¿Cuál es el anhelo último en nuestro obrar diario? Si bajamos hasta el fondo, vemos que hay un deseo esencial o, mejor aún, una necesidad más vital que la de comer, divertirse o ganar dinero y de la que es imposible huir. Una espinita incesante y omnipresente que nos lleva a realizar acciones insospechadas. Es algo que ha inspirado a tantos poetas y artistas, motivado las locuras más disparatadas, suscitado las hazañas más heroicas. Es eso por lo que una chica decide encerrarse en un convento, o por lo que un joven afronta la aventura de formar una nueva familia.

¿Qué será? Es ese anhelo que impulsa la vida de todo ser humano y que constituye el parteaguas de una vida dichosa y de una desgraciada.Aquella realidad a la que tristemente tantos han vapuleado, profanado o abusado. Y que sin embargo, permanece siempre ahí donde hay un hombre dispuesto a vivir realmente.

Sí, es el amor. Porque todos deseamos amar y ser amados, desde el niño que exige llorando la atención de sus padres, hasta el anciano que ansía abrazar a sus nietos; desde el adolescente que se siente incomprendido pasando por la chica que espera impaciente el anillo de compromiso. “El hombre– decía Martín Descalzo- es un mendigo de amor” y San Agustín -¡aquella alma tan apasionada!- escribía antes de su conversión: “¿Y qué es lo que más deseaba sino amar y ser amado?”. El hombre, limosnero de amor; un ser que camina por la vida exigiendo por todas partes amor. Y no hay nadie que pueda rechazarlo sin antes haber realizado en sí mismo un suicidio espiritual irreversible.

¿Pero qué clase de amor deseamos? Si nos atrevemos a recorrer los últimos rincones de nuestra alma, nos daremos cuenta de que no deseamos un amor pasajero, inestable y de pasada. ¡Queremos un amor eterno, un amor que dure para siempre! Y no descansamos hasta que lo encontramos. Quizá por esto, una de las mayores inquietudes de la vida de cualquier hombre es el pavor de perder al ser que tanto ama. Cierto, encontramos personas que se mofan de esto tachandolo de inútil cursilería o de ilusiones infantiles. O que confunden egoístamente amor con pasión o sexo, cómo si un placer pasajero y fugaz pudiera llenar este deseo, cómo si se pudiera llamar amor el usar al otro como objeto para mi provecho propio. Quién sabe si detrás de esta fachada de bravuconería o hedonismo barato sólo se esconde una mala experiencia, o un miedo no confesado a no ser correspondido.

Un amor eterno. El anhelo de encontrar a alguien que me quiera incondicionalmente, tal como soy, con virtudes y defectos. Y ahora aparece la pregunta fundamental que no se puede responder sin sentir antes en temblor en el alma: ¿Es posible encontrar un amor así? ¿Realmente existe alguien que ame de esta manera, que me ame sin esperar nada a cambio?

El amor humano es maravilloso, inefable. Pero no basta para saciar plenamente este deseo. “Ni siquiera la persona amada -escribe Benedicto XVI en una catequesis increíble que puedes ver aquí– es capaz de saciar el deseo que alberga en el corazón humano; es más, cuanto más auténtico es el amor por el otro, más deja que se entreabra el interrogante sobre su origen y su destino, sobre la posibilidad que tiene de durar para siempre.” El amor humano es pues la puerta del paraíso del amor divino, el umbral, el inicio, no el final.

Ser cristiano no es sólo creer en dogmas áridos, ser bueno, o ser pro-vida. “¿No hacen eso mismo también los paganos?” (Mt 5,46). La novedad especial del cristianismo consiste no en que el hombre “portándose bien” gane el favor de un Dios teórico e inalcanzable; sino en que Dios mismo por amor eterno desciende al hombre para saciar su sed de felicidad. ¡No somos siervos, sino hijos! No obedecemos para amar a Dios, más bien obedecemos porqueDios nos ama: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.” (1 Jn 4,10).

Hace falta hacer esta experiencia personal del amor de Cristo. Sin duda es un regalo que hay que pedir sin césar. Una cosa sí es clara: no esperes a ser perfecto para amar a Cristo. Lo único que Él quiere es que desde ahora llenar ese deseo de amor que tanto anhelas. Que te abras a su gracia, que aceptes su amor incondicional.

Si Dios te ha amado desde toda la eternidad, ¿cómo vas a esperar hasta el final para amar a quien te amó desde el principio?

Previous post
Viernes Santo y el Cristo muerto, día de conmoción
Next post
Ser madre de un consagrado… ¡Qué difícil y hermosa vocación!

No Comment

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Back
SHARE

Deseo de amor, deseo de Dios