Desayuno con Dios (II)

por Juan Pablo Rebollo, LC

San Juan narra este episodio en el capítulo 21 de su Evangelio (recomiendo leerlo y saborearlo en algún momento). La tradición ubica el hecho en la zona de Tabgha, a orillas del Mar de Galilea. Pedro y otros apóstoles han vuelto a su tierra y a su oficio. Pasan toda la noche intentando pescar, sin fruto. Al amanecer, Cristo se hace presente.

En los tres momentos de esta aparición he encontrado algunos elementos que configuran la imagen que tengo del Sagrado Corazón. Se los comparto.

Al inicio Jesús se hace presente. Aparece en la orilla y desde ahí acompaña el trabajo y la frustración de sus discípulos, aunque éstos todavía no lo reconocen. Jesús rompe el silencio con una pregunta incisiva, irónica: ¿No tenéis nada que comer? (v. 5), como diciendo, “después de todo el esfuerzo, ¿tienes frutos?, o más aún, ¿estás satisfecho con tu vida?”. Para un pescador que lleva toda la noche intentando fallidamente hacer lo que sabe hacer, la pregunta debió ser muy incómoda, pues le pondría de manifiesto su fracaso. Pero luego Jesús añade un consejo: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis (v. 6). También el consejo parecía absurdo; a esas alturas habrían intentado de todo. ¿Pero qué sucedió? Bastó un poco de docilidad por parte de estos hombres, humildad para seguir el consejo de este desconocido y… se produjo el milagro.

Así creo que es el Sagrado Corazón de Jesús: se hace presente en mi vida concreta, me acompaña en mis trabajos y fatigas de cada día, aunque no siempre lo reconozca. Él tiene algo que decir sobre las cosas que yo creo dominar y tener bajo control. Me aconseja, y basta ser dócil y Él hace mi vida fecunda, cargada de frutos a tiempo y a destiempo, más allá de mis estrechas medidas y capacidades humanas. Es un Corazón Vivo, que quiere que yo tenga vida y la tenga en abundancia (cf. Jn 10, 10).

En un segundo momento los apóstoles se dirigen a la orilla, habiendo reconocido a Jesús y recogido su pesca milagrosa. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan (v. 9), y Jesús les invita a traer también algo de lo que han pescado y les dice venid y comed (v. 12), toma el pan y se lo da, y de igual modo el pez (v. 13). En nuestro mundo, raramente encontramos a “jefes” sirviendo con tanta sencillez y cariño a sus súbditos. Nos admira por eso ver al Maestro preparando el desayuno para sus discípulos. ¡Qué gesto, qué detalle de Jesús! Pero lo más grande de este gesto es precisamente que lo haga el Señor. Ya lo han reconocido, saben que es el Señor. Murió y ahora está vivo; resucitó (¿quién jamás lo ha hecho?, ¿quién iguala su poder?). Es el Mesías de Dios, que cumple en sí todas las promesas. Es la Palabra, por quien todas las cosas fueron hechas (cf. Jn 1, 1-3); por la palabra de Yahvé fueron hechos los cielos (Salmo 33, 6). Él formó el Sol, y ahora prepara un pequeño fuego con sus manos. Él mandó a las aguas bullir de animales vivientes (cf. Gen 1, 20) y prepara un pez para los suyos. Él es Creador y Señor de todo, pero no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida (Mt 20 28), y se sienta con infinita sencillez a tomar el desayuno con sus creaturas más amadas.

Así me figuro el Sagrado Corazón: es el Corazón de Dios, Creador y Señor de todo, Vencedor del mal y de la muerte, que tiene en sus manos todas las cosas y con sencillez desconcertante, abismal, se despoja de sí mismo (Fil 2, 7) se pone a mi lado, para servirme y manifestarme su Amor con detalles concretos, en apariencia insignificantes. Un Corazón que anhela entrar en intimidad conmigo. Basta acoger su invitación y dejarse amar y servir por Él, y hacer también lo mismo, unos con otros.

Finalmente se lleva aparte a Pedro y sostiene con él un diálogo entrañable. Tres veces pregunta el Maestro y tres veces el primero entre los apóstoles responde, confesando su amor. Jesús, pocos días antes, había probado hasta el fondo el cáliz del dolor. Se había hecho solidario con nosotros, que vivimos sometidos a la muerte y al pecado. Se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Fil 2, 8). Estando clavado, uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua (Jn 19, 34). Podríamos ver en la lanza nuestros pecados: fue traspasado por nuestras rebeldías, triturado por nuestras culpas (Isaías 53, 5). Pedro lloró amargamente la noche en que por tres veces negó a Jesús, empujando en tres momentos “la lanza de su negación” contra el Corazón del Maestro. Jesús ahora le sale al encuentro, no para exigir reparación, sino deseoso de verter sobre Pedro la gracia de su perdón y decirle que confía en él para la misión que le tiene reservada. Pedro podía haber desesperado antes y acabar por hundir la lanza hasta el fondo y alejarse para siempre del Señor (como hizo Judas). La triple confesión de amor por parte de Pedro le exigió frenar su saña, bajar la guardia, y retirar en tres movimientos la lanza que había clavado. Por la misma herida que él causó, le llegó la gracia del perdón, cuando supo retroceder, pedir perdón y confesar su amor.

Así creo que es el Sagrado Corazón: como una presa inmensa, rebosante de Amor, de perdón y misericordia; la cortina de esta presa está agrietada por la lanza de mis pecados que yo he clavado en ella. Basta que cese yo en mi ira, agache la cabeza, arrepentido confiese mi culpa y quiera retirar la lanza. En cada confesión hace esto Jesús conmigo, derrama sin medida su perdón y misericordia. Me busca no para pedirme cuentas, sino para darme todo el Amor que sólo se frena ante mi obstinación en el pecado o mi decisión libre de apartarme de Él. Más hondo le herí, más gracia brota para mí cuando sé reconocerlo. Mi miseria es el trono de su misericordia. ¡Dichoso al que perdonan su culpa y queda cubierto su pecado! (Salmo 32, 1)

Con estas pinceladas he trazado mi imagen del Sagrado Corazón. Es el Corazón Vivo, de Cristo resucitado, que ha sido herido profundamente y por ello es capaz de compadecerse. Es el Corazón de Dios, a quien no le basta redimir a todos los hombres así, en general, sino que quiere ofrecerme personalmente su perdón y su bondad, en mis actividades de cada día, en la intimidad de un desayuno, que no es una cita cualquiera, sino que ¡es un desayuno con Dios!

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